¡Somos las más bellas del mundo!
Opinión

¡Somos las más bellas del mundo!

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enero 27, 2015
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Lo siento por Cristina Plazas, la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, quien abrió un fuerte debate acerca de los reinados y la participación de las niñas en ellos. Además de cuestionar a padres y madres por la exposición de las hijas a ambientes de consumo de sustancias y a la objetivación e hipersexualización de los cuerpos infantiles, la doctora Plazas propició que circularan mil reflexiones y debates acerca de los posibles riesgos en la vida individual de las niñas y del efecto cultural nefasto que ubica a las mujeres como objetos de exposición o como ganado.

Eso, claro,  era antes de que tuviéramos Miss Universo. Ahora, que sabemos que somos las más bellas del universo, no podemos detenernos en tanta retórica. No hay tiempo que perder. Una vez descubierto el enorme potencial y el aporte estético que estamos llamadas a hacerle al planeta,  debemos empezar pronto.

Urge que la semilla se cuide desde la primera infancia: Desfile de pañales, con agarre sexi del biberón, control de calorías, fajas y cirugías, diademas que aprieten fuerte los cráneos, no vaya a ser que se cuele alguna idea rebelde.

Después, la tarea queda en el campo del Ministerio de Educación, a quien corresponde incluir en los currículos cursos de Belleza 1, 2, 3, Pasarela 1, 2, 3, Respuestas de reina 1, 2, 3  y así hasta que podamos tener graduandas dignas del título y edecanes que las controlen, admiren, acompañen, que las cuiden y protejan.

¿Imaginan ustedes un país, potencia en belleza a nivel mundial? ¿Un país de Barbies y Kents? ¿Con casitas, ponis y coches deportivos? En vez de elecciones, se harían reinados, que son más glamurosos y divertidos. Y los debates políticos se reemplazarían por los interesantes cuestionarios de Miss Universo. Además, no hay reinado en el que alguna o varias de las candidatas no hablen de terminar con el hambre y alcanzar la paz mundial. Claramente, tienen más claro el rumbo que los partidos políticos colombianos.

Incluso en sus programas de gobierno se podría incluir la lucha contra la fealdad, la gordura, el mal gusto y el resentimiento, de tanto feo y fea que no logra cuadrar en el modelo.

Ahora, volvamos un momentico al país real: como si fueran pocos los temas y dolencias que polarizan al país, el de los reinados tiene una fuerza que muchas y muchos desestimamos. En algunos sectores, el domingo a la medianoche sonaron sirenas y la gente izó banderas. El lunes, todos los noticieros abrieron con esa noticia y gran proporción de la agenda noticiosa, estuvo dedicada a los antecedentes, a los detalles y a las grandes oportunidades que se abrirían al país con este triunfo. Los involucrados en los escándalos de turno pudieron descansar un poco y las víctimas vieron cómo volvían a desaparecer de las prioridades. Niños y niñas muriendo de hambre y sed, sin acceso a la educación ni a la salud, fueron reemplazados por la “Cara bella del país”.

No quisiera juzgar ni descalificar a quienes son partidarios o partidarias de los reinados, ni azuzar para nada la polarización. He escuchado y leído testimonios de personas que tienen bellos recuerdos de los reinados como actividades sociales que unían de manera entusiasta y sana (o tal vez inconsciente) a familias, barrios y veredas.  Es un tema muy complicado, porque es muy sutil, pero desde mi punto de vista, por donde se le mire está relacionado con las violencias hacia las mujeres.

Hay un viejo chiste machista que habla del borracho que viendo el reinado, cada que desfila una candidata repite “¡Qué porquería!”. Hasta que alguien lo increpa y le pregunta el porqué de su dura expresión contra las reinas. A lo que el borracho responde: “Qué porquería la que tengo esperándome en la casa”. Ese chiste es una dura realidad. En los meses en los que hay reinados, baja la autoestima de las mujeres, quienes se comparan con eso cuerpos de belleza estándar y siempre salen perdedoras. Claro, son estándares de bellezas occidentales, producidos por fantasías de hombres y que no logran cumplir ni siquiera quienes los lucen en los desfiles, pues casi todas han tenido que someterse a cirugías, tratamientos, intervenciones, dietas y entrenamientos con regímenes espartanos. Los hombres también experimentan sentimientos de frustración por no tener acceso a esos cuerpos perfectos y en tiempos de reinados se disparan las cifras de violencias de pareja.

Además de alimentar tantas industrias y tantas violencias cotidianas, está el problema de fortalecer imaginarios que ubican a las mujeres como objetos decorativos, que existen en función de satisfacer el deseo masculino. Incluso la crítica implacable de las mujeres sobre las otras, obedece a que también las miramos con el ojo patriarcal, con el ojo del amo. Allí hay otro filón de violencias que hace víctimas a las mujeres, ejercida contra quienes participan de ese esfuerzo, o quienes disfrutan de ese tipo de eventos. Muchas personas, sobre todo de medios intelectuales, gozan humillando a las participantes de los reinados, sobreexponiendo sus errores, llamándolas burras, prepagos o putas y cayendo en otro estereotipo: el de que mujer bonita necesariamente es una bruta o una mujer interesada y calculadora que solo consigue cosas con el uso abusivo de sus atributos físicos.

Ni lo uno ni lo otro. El potencial enorme que tiene Colombia en sus mujeres se debe a su capacidad de amar, crear, luchar, hacerle el quite a las violencias, la ignorancia, las pobrezas, en dedicarse con juicio a proyectos deportivos, artísticos, productivos, a mejorar la vida en donde viven, a levantar familias solas o acompañadas, a tratar de hacer política de manera honesta, a pensarse un país que las reconozca, las respete y las valore sin juzgarlas por sus medidas, por su estatura, por la forma de sus cuerpos o el color de su piel. Claro que somos las más bellas del mundo y sus alrededores, solo que la belleza viene en todo tipo de presentaciones.

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