Opinión

Santos: una víctima más de las tareas escolares

Al presidente se le abona tratar de ayudar en su descabellada tarea a Gabriela Rico, pero debería instruir a su ministra en la necesidad de eliminarlas o “reducirlas a sus justas proporciones”

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marzo 01, 2017
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Las tareas que se colocan a los niños son un verdadero atentado a los más elementales principios de la pedagogía y la enseñanza. A Gabriela Rico, una niña de ocho años que estudia en el calcinante puerto de Barrancabermeja, le pusieron una tarea descomunal. Nada más y nada menos que responder la siguiente pregunta, digna de un ensayo de doctorado en Ciencias Políticas: ¿ha cumplido el presidente Santos con sus promesas?

La tarea se la pusieron un jueves para entregarla el lunes siguiente. Entre angustiada y recursiva decidió acudir al propio implicado . A través del Facebook de su abuela envió al Palacio de Nariño la pregunta, que textualmente decía: "Señor presidente Santos, mi nombre es Gabriela Rico y tengo ocho años. En el colegio me preguntaron cuáles propuestas a (sic) cumplido pero yo no encuentro nada en internet, usted puede hacerme el favor de ayudarme".

La pregunta de Gabriela cayó en las siempre listas y habilidosas manos de los asesores de imagen del presidente, quienes lo convencieron rápidamente que responder a esa desconocida niña de Barrancabermeja era una feliz oportunidad para remozar y enternecer la deteriorada imagen del presidente y su gobierno. Una oportunidad para intentar mejorar los inexplicables índices de baja popularidad que de tiempo atrás lo persiguen. La paz ya no da más réditos, hacerle la tarea a Gabriela podría resultar. Los asesores de imagen convirtieron a Santos en una víctima más de las tareas: lo colocaron en el trance de responder una pregunta que ni el país sabe su respuesta. Está dividido al intentar responderla.

El presidente se comunicó con la niña y vía Facebook respondió más como candidato que como presidente. Confundió respuestas concretas con promesas generales de campaña, como se puede constatar en el video que contiene la breve respuesta de un minuto y 56 segundos que le dio a Gabriela. Lo que no se sabe aún es si la tarea con las respuestas del presidente Santos le significaron una buena o una mala nota a Gabriela.

Las tareas, como la que le pusieron a Gabriela, son un atentado pedagógico y una violación al tiempo libre de los niños, especialmente al tiempo dedicado al juego, consagrado como derecho universal en la declaración de Derechos del Niño.  Afectan la vida familiar al colocar a padres y madres en la conflictiva y penosa labor de ayudar a resolver y hacer las tareas de sus hijos o conseguir los exóticos materiales que de un día para otro les piden para realizar una tarea de ciencias o de geografía.

Los usos y abusos de las tareas escolares han sido motivo de agudas polémicas entre pedagogos y maestros. El pedagogo italiano, Francesco Tonucci es categórico al afirmar que “los deberes o las tareas  son una equivocación pedagógica y un abuso. Nunca consiguen el resultado que la escuela presume. Deberían ser una ayuda para los más débiles pero estos no son tan capaces de acometerlos, y además en casa a menudo no encuentran ayuda, pues pertenecen a familias de bajo nivel social y cultural. Así, quienes más aprovechan los deberes son los que menos los necesitan: aquellos que tienen familias que les pueden ayudar.” Para Tonucci las tareas deberían realizarse en el tiempo escolar no en la casa.

Las tareas no son solo una pesada e indeseada carga para los estudiantes, lo son también para padres y madres de familia. Muchos de ellos son víctimas de su propio invento, pues consideran  que la cantidad de tareas que impongan a sus hijos son una muestra fehaciente de la calidad, seriedad y bondades del colegio. Para muchos hay que sospechar del colegio o del maestro que no ponga tareas.

Muchos colegios se ufanan de la disciplina y el abultado número de tareas que dejan a sus estudiantes. Se consideran a sí mismos colegios de excelencia y gran exigencia, pero se les olvida que la excelencia no es solo capacidad de alumno para hacer las tareas que el colegio le impone, sino también la capacidad de pensamiento crítico y creativo del niño, su capacidad de entusiasmarse con el conocimiento, de recorrer su propio camino, de estar “encarretado” aprendiendo. “Cuanta más tarea mecánica tenga un niño, menos pensamiento autónomo desarrolla”.

El mayor problema es que las tareas no cumplen con un fin formativo ni atienden las necesidades educativas de los alumnos. Se han convertido en un quehacer tradicional de la escuela. Son una imposición, un ritual mecánico, una mala disciplina, que antes que despertar el interés del niño por la ciencia, la historia o la geografía, se convierten en una fuente de insatisfacción y rechazo a la actividad escolar. Para los jóvenes las tareas no son una oportunidad para descubrir por sí mismo el conocimiento, sino un verdadera “mamera”, como coloquialmente suelen expresarlo.

 

Las tareas no gustan a nadie, ni a los alumnos que las encuentran tediosas,
monótonas y muchas veces no son revisadas y calificadas
tampoco son fuente de valoración por parte de los maestros

Las tareas no gustan a nadie, ni a los alumnos que las encuentran tediosas, monótonas y muchas veces no son revisadas y calificadas, tampoco son fuente de valoración por parte de los maestros. Son sencillamente una tarea más, un deber de forzoso cumplimento. Tampoco a los padres quienes ven que su vida familiar en las noches gira alrededor de las tareas y  su “deber” de revisarlas según sus precarios o muchos conocimientos. Los maestros se declaran agobiados por el sinnúmero de tareas que deben revisar y calificar.

No es extraño que la escuela esté llena de brillantes estudiantes que en clase se destacan, pero obtienen muy malas calificaciones por la “indisciplina de no hacer las tareas”, o lo contrario, estudiantes mediocres que obtienen mejores resultados gracias al cumplimiento estricto de las mismas.

Al presidente Santos se le abona su interés en ayudar a responder la descabellada tarea que le pusieron a la niña Gabriela Rico, pero debería aprovechar la ocasión para instruir a su ministra de Educación en la necesidad de eliminar o al menos “reducir a sus justas proporciones” el esperpento, la inutilidad y el dolor de cabeza que representan las tareas para las familias y, en especial, para los niños y jóvenes de nuestros colegios y escuelas.

 

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