Perdóneme su educación
Opinión

Perdóneme su educación

De la pregunta sobre las plantas

Por:
abril 10, 2014
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No hace mucho, un siglo no es nada…como lo reza la historia, las familias, las nuestras, las colombianas, se regocijaban y, eran vistosas, en cuanto contaban entre sus miembros con uno que otro bachiller: el bachiller don fulano de tal. Casi una proeza. Una semblanza del acceso al conocimiento, a la educación; de él, se hacía en mucho, el ejemplo de abolengo, de sapiencia. Dotado de ciencia, de arte, de la historia. Cuenta la tradición que el bachiller era el preceptor[1], el educador y, quien refería, además, la costumbre, el buen comportamiento, la urbanidad. Excepcionalmente, se contaba con un doctor o, doctorando; los doctores lo eran, en ciencias religiosas, generalmente sacerdotes, en medicina. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia: en donde la ciencia tenía propietario, su acceso reducido, solo para iniciados: un club de privilegio. En suma, pocos los doctores, un tanto más los bachilleres, una sociedad cerrada, con acceso a la educación reducido; el saber, la educación dispensada por la religión.

No obstante, en este ambiente, se apuntaba que Colombia era la Atenas Suramericana, para indicar que era un país culto. ¡Qué satisfacción!…pero cría fama y acuéstate a dormir. Y, sin acostarnos, quedamos… dormidos.

Pasa la vida; mientras en la tendencia mundial el saber se socializó, se hizo de todos, en nuestro medio se remeda, la educación se convirtió en derecho y el Estado se declaró laico; en la práctica, aquí, más que un derecho la educación se convirtió en un negocio y, qué buen negocio. Allí el caldo de… este cultivo.

Desde luego, hay loables y destacables esfuerzos; pero los indicadores no se pueden ocultar. Un hecho indiscutible es que la educación, como factor de desarrollo y civilidad hace que una sociedad sea libre, autónoma y con futuro democrático, así, sus miembros solo son el reflejo de la educación.

Nuestra queja es la ausencia de civilidad y, ello está ni más ni menos en: (i) analfabetismo que, en cifras, se traduce en la ausencia de saber leer y escribir; pero, también, en carencia de conocimiento, del saber en general; (ii) negación a una información sobre el saber, así como de formación en el conocimiento; (iii) ruptura en la posibilidad de tiempo, como derecho, a la institución educativa, es decir, el reemplazo del aula por la subsistencia —el menor trabajador—; (iv) la ninguna importancia de acudir a los mecanismos formales e informales de educación; y, (v) en fin, la visión de la educación como artículo suntuario y no de primera necesidad. La ausencia de civilidad, lleva a la imposibilidad de cultura política y, así, a la ninguna participación en los derechos, en la vida pública, en la democracia.

Entonces, la educación, la libertad de cátedra, la ilustración con calidad y, por supuesto, el conocimiento, el saber, como estrategia de Estado, se desvanecen en Colombia en criterio de realidad. Grave, devastador, desolador.

Así los resultados, indicadores y cifras, nos van a marcar, como en cuerpo de esclavo se encontraba. La crisis amerita una solución de consideración y, obviamente, de acción. No es un punto de gobierno, es una estrategia de Estado; no es un tema de campaña, ahora que todo se encuentra en postura de contienda electoral, constituye toda una política pública, en donde la improvisación sea inexistente; la actitud reactiva sea reemplazada por los resultados observables. Se debe rescatar a la educación de la indigencia, según las cifras, vergonzantes.

El gobierno no puede darse el lujo de minimizar los hechos y, como siempre, producir noticias; una reiteración de políticas vacías o de experimentos fallidos sería un acercamiento a la involución total que no la detienen ni los festines de tabletas electrónicas, ni los bazares de conectividad, si los factores de educación no se encuentran enrutados y en la primera línea de las prioridades de gestión. Miren ustedes, se dice en la calle que, muchos doctores, tumultos de tecnología, sin saber ninguno, sin conocimiento alguno, es como alimentar un cadáver insepulto.

Perdóneme… su educación… pero las cifras ahí están; actuar en terapia de choque; no podemos contentarnos, cuando en clase de biología vegetal a la pregunta de cuántas clases de plantas conocemos, se responde: ‘las plantas de las manos y plantas de los pies’. ¡Qué pena!



[1]preceptor, ra. (Del lat. praeceptor, -ōris). 1. m. y f. Persona que enseña. 2. m. y f. Persona que enseñaba gramática latina. Real Academia Española. http://lema.rae.es/drae/?val=preceptor.

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