Opinión

Para hablar del Carnaval (II)

Noticias de la otra orilla

Por:
marzo 14, 2020
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Para hablar del Carnaval (II)
Es imposible seguir pensando que una celebración de tal magnitud, se circunscriba solo a una determinada calle o escenario. Foto: Haroldo Varela

Siguiendo con estas reflexiones sobre distintos aspectos de esta fiesta, hay que decir que es necesario pensar que la ciudad con sus nuevas distancias, sus nuevos desarrollos urbanos y sus nuevos umbrales de acceso, hoy por hoy reclaman un Carnaval que involucre con su participación a muchas más personas.  Que toda la ciudad sea escenario de actos masivos de Carnaval.  Es imposible seguir pensando que una celebración de tal magnitud, se circunscriba solo a una  determinada calle o escenario, mientras queda gran parte de la ciudad indiferente y ajena a esta fuerza fundamental del ser barranquillero.

Se impone entonces la necesidad de crear una programación que desde los precarnavales hasta los cuatro días de la locura colectiva, se irrigue el carnaval a distintos espacios de la ciudad como parques, calles amplías, boulevares, canchas deportivas, y donde quiera que exista la posibilidad conveniente de reunión, en donde pueda hacerse sensible e interpelante el espíritu esencial de los carnavales.

De esta manera se rompería el monopolio del espacio, y la ciudad, enorme y anormal como es, puede ejercer la función de darle a la mayor cantidad de ciudadanos justa oportunidad de representar a su manera la ciudad que vive con los elementos mágicos que le proporciona ese estado de excepción que crea el espíritu del Carnaval.

Se impone  crear una programación desde los precarnavales

Y esto es posible si se piensa que los ensayos de los grupos folclóricos, de las comparsas, los bailes de las reinas populares y cualesquiera otros eventos de la  agenda  pública y privada  del  carnaval pueden escenificarse en espacios más plurales y diversos, y mucho más cerca de la vida cotidiana de las gentes que lo crean y lo enriquecen, pero que en estos momentos están prácticamente relegados de su influencia.

Por otra parte, todos los sectores productivos de la ciudad deberían vincularse organizadamente y de forma activa en la producción del Carnaval.  Las empresas, por ejemplo, atendiendo a lo establecido por la Ley en el sentido de que parte del tiempo de trabajo debe tener una compensación en recreación podrían auspiciar de forma sistemática y no de manera ocasional o circunstancial, modalidades de participación de sus funcionarios y empleados, así como apoyar, apadrinar, promover iniciativas interesantes y nuevas de carnaval. Lo que permitiría no sólo una mayor participación de la personas sino un importante beneficio corporativo para las empresas que estuviesen dispuestas a hacerlo.  En lo que a esto respecta, es claro que hace falta la creación de una cultura corporativa del carnaval que permita valorar más allá del hecho simple de la colaboración esporádica y asistemática el hecho de que el carnaval es la principal vitrina de la ciudad y de todos los productos que su vida industrial, comercial e institucional provee hacia los mercados hipotéticos que luego se hacen realidad en virtud del mundo de la publicidad y de las comunicaciones.

En este sentido es importante considerar el ejercicio de una pedagogía dirigida a estos sectores que lo miran sólo como un acontecimiento personal o familiar, pero que no lo han dimensionado en su verdadera magnitud en lo que tiene que ver con el fortalecimiento de una imagen corporativa de la ciudad, que de darse tendría inestimables beneficios para el sector productivo.

Las manifestaciones sonoras son cada año más anodinas y más precarias

Mirando otros aspectos de esta fiesta observamos que en lo que se refiere a la música del carnaval la situación de las manifestaciones sonoras de nuestro folclor carnavalero es cada año más anodina y más precaria.  Esta música, que está representada por las diferentes agrupaciones musicales que acompañan a las danzas y comparsas que participan en los desfiles tradicionales del carnaval, si bien en su presentación visual no han sufrido mayores cambios  (atuendo tradicional y demás), en el aspecto musical, y debido quizá a la compleja lectura del espacio sonoro en el que intervienen en los diferentes eventos, se ha identificado una crisis en los elementos musicales que le son absolutamente consubstanciales desde el punto de vista del mundo del Carnaval.

Un primer síntoma se evidencia en las transformaciones organológicas que han experimentado las cumbiambas, en las que encontramos, por ejemplo, dos tipos de instrumentos idiofónicos, formando parte de un mismo grupo:  maracas y guaches.  La gaita, por su parte, prácticamente ha desaparecido como instrumento melódico; al tiempo que anotamos que un gran número de grupos participan sin ningún instrumento melódico.  En las danzas de Congo, los esquemas rítmicos que identifican diferentes momentos de su estructura, no se han preservado, y los jóvenes tamboreros difícilmente pueden identificar los golpes que hay que interpretar en situaciones particulares del desarrollo escénico de estas danzas.  Las danzas del Paloteo y de los Diablos por ejemplo, han incluido en su organología instrumentos musicales que no consultan la tradición de esas danzas.

Fotos: Haroldo Varela

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