Opinión

Matoneados y matones

Por:
enero 13, 2015
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Un niño de las nuevas generaciones de mi familia es víctima de intimidación escolar, bullying o matoneo, que llaman: cuando hay un trabajo en grupo, solo ve espaldas, en los recreos siempre sale solo, muchas veces debe rescatar el morral del basurero, otras tantas, su paso ligero se ve interrumpido por la zancadilla que lo precipita al suelo. El grupo, regodeado en la crueldad colectiva de la que somos capaces ante el débil, se pone de acuerdo para ofenderlo, ridiculizarlo y hacerlo sentir cada vez más aislado.  Ni docentes, ni directivas, ni la psicóloga del prestigioso colegio han tomado cartas en el asunto intentando detener el maltrato y la discriminación. Por el contrario, ante el reclamo de sus padres, un profesor le dice al grupo que si el abusado gana el año, será por la intervención de su padre. Una carcajada grupal sella la injusticia de esta condena.

Poco a poco, nuestro niño va cambiando el semblante, las ganas de ir al colegio han sido reemplazadas por tristeza, miedo y desgano, sus éxitos académicos, que lo mantenían a flote al principio,  han mermado notoriamente, así como sus ganas de nadar, salir, conseguir amistades. A veces escribe cartas suicidas, a veces busca navajas y otras armas que pueda llevar consigo y le quiten de encima a sus abusadores. Es muy posible que sea expulsado por portar armas o por agredir a alguien. Ha pasado muchas veces.

En nuestro caso hay muchos retos: para la familia, continuar dispuesta a no dejarlo solo, a transitar con él los caminos que sean necesarios para recuperarse de las heridas infringidas por el hecho de ser diferente, de no caer bien, de ser débil, de su imperioso afán de aceptacióno de cualquier otro rasgo que huelan los depredadores. Antes de que nuestro niño se convierta en un matón e intimidador, contará con una mirada generosa, una conversación a tiempo, una mano extendida que le muestre otras opciones.

Para el colegio (este o cualquiera que lo reciba), está el reto de aceptarlo como es, reconocer sus potenciales, desarrollarlos, enseñarle a convivir y aprender a tramitar los conflictos que se presenten por ser demasiado sensible, o proceder de otra región, o ser mejor en matemáticas, o cualquier otra diferencia. Mientras los colegios no sean escenarios para la aceptación, el respeto y la celebración de la diversidad humana, no tienen autoridad moral para sancionar a quien cansado de abusos, reacciona de manera abusiva.

Algo parecido pasa en el mundo: Las culturas que han sido humilladas, matoneadas, desconocidas, no encuentran una mirada generosa que las comprenda, las narre y las redima.

Hay individuos que tras siglos de opacamiento histórico, hoy matonean y siembran el miedo entre quienes se autodenominan civilizados y con bullicio hipócrita les llaman terroristas. (Fue increíble ver a Netanyahu encabezar marchas contra el terrorismo). Lo cierto es que es la propia civilización occidental, que siempre se ha considerado culta y civilizada y ha construido el miedo al diferente, llamándolo bárbaro, el principal caldo de cultivo de las ideologías fundamentalistas.

El mundo árabe, específicamente los pueblos musulmanes, han transitado una larga historia en la que el mundo occidental y las otras dos religiones monoteístas (cristianos y judíos), han ido distorsionando sus huellas, borrando sus aportes a las artes, las letras, la matemática, la astronomía, su religión basada en la paz y la hospitalidad, para convertirlos en “El eje del mal”, los bárbaros sospechosos de todos los males de estos tiempos. Mucho de este odio es miedo a la diferencia, otro tanto esconde intereses a sus territorios generosos en petróleo.

Gran parte del matoneo contra el pueblo musulmán ha consistido en masacres, invasiones y bloqueos. Y gran parte de la prensa occidental ha cumplido un papel nefasto, legitimando estos crímenes e incluso ridiculizando a las víctimas. El humor y la sátira, esas armas poderosas contra el poder, muchas veces se vuelven armas para humillar aún más a los débiles y matonearlos, como el caso de los caricaturistas de Charlie Hebdo. Obviamente me parece también abominable la masacre de periodistas, por muy distante que esté de sus visiones y prácticas.

Hoy el mundo musulmán tiene un reto parecido a nuestra familia: no alimentar el matoneo, no ceder a las corrientes fundamentalistas que por medio del terror solo logran ilegitimarse y aislarse más e impedir que se reconozca una cultura maravillosa.

El mundo entero tiene el reto de desmontar las teocracias y los fundamentalismos, de devolver las religiones a la esfera íntima, a la explicación que cada individuo y colectivo construya de su sentido de espiritualidad y trascendencia y diferenciar muy bien los acuerdos políticos de convivencia y de mínimos éticos, de los catecismos.

Quienes compartimos el legado de la cultura occidental también tenemos grandes retos: Hacer un alto, no caer en la tentación de las explicaciones de que estamos asistiendo al ataque de un mundo atrasado contra un mundo libre y civilizado, con la consecuente respuesta de más islamofobia, discriminación, muerte y aislamiento a quienes profesan las religiones musulmanas. Preguntarnos cómo una cultura tan “libre, democrática y respetuosa de las diferencias” como la occidental puede haber sido la protagonista de las principales matanzas de la historia reciente, del deterioro del planeta, de las desigualdades sociales y económicas. Y entonces sí, atrevernos a recomponer la manera de relacionarnos y tratar a las demás culturas, sin colonialismos ni jerarquías, y poder construir ambientes en los que no circule la consabida fórmula occidental de portarnos fuertes y crueles con quienes consideramos débiles y débiles y serviles con quienes reconocemos como fuertes. Tenemos la responsabilidad de reconocer las perversiones de nuestra cultura para no armar más historias de horror basadas en la mentirosa fábula de los buenos (nosotros) contra los malos (el resto).

@normaluber

 

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