Opinión

Luis Ospina sostiene la cámara que vence a la muerte

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Octubre 03, 2013
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Foto: El Espectador

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En la edición del 30 de diciembre de 1895 apareció en el periódico Poste  una breve referencia al aparato que los hermanos Lumière habían mostrado dos días antes en París. En la que sería la primera crítica cinematográfica de la historia, el desconocido cronista cerraba sus impresiones sobre el cinematógrafo con esta sentencia “La fotografía entonces ha cesado de fijar la inmovilidad. Perpetúa ahora la imagen del movimiento. Cuando todos estos aparatos sean de dominio público, cuando todos puedan fotografiar a los seres queridos, no ya en forma inmóvil sino en el movimiento de la acción, en sus gestos familiares y con las palabras a flor de labios, la muerte cesará de ser absoluta”.

En la ya extensa filmografía de Luis Ospina, se ve latente esa obsesión primigenia del cine de perpetuar la memoria, de ganarle la partida de ajedrez a la muerte a punta de retratar rostros. Desde la necesidad que tuvo de mostrar cómo Cali se había comido el recuerdo de Andrés Caicedo hasta ver cómo la enfermedad del siglo devoraba a Lorenzo Jaramillo en un par de meses, Ospina ha usado su cámara para inmortalizar recuerdos, legados, instantes imborrables. Pero también la ha usado para mostrar cómo la muerte hace su trabajo; cómo te quita la vista, el oído, los sentidos que te llevan a la felicidad. La muerte es la incapacidad de ver una película.

Porque el cine lo obsesiona como se puede apreciar en sus documentales, en sus películas de ficción. El cine fue su infancia, su juventud, lo único que le interesaba. Oiga vea no solo es el retrato de una ciudad y sus injusticias sino que es un homenaje al adorado Jean Vigo y su A propósito de Niza. Así como Agarrando pueblo no solo es una denuncia sobre todos esos cineastas que se aprovecharon de los más pobres para venderles a las televisiones europeas nuestra miseria, sino que es la pasión de contar una historia aprovechando los recursos del falso documental tal y como lo había dicho a principios de los setenta Orson Welles con su F de Fake.

Su necesidad de contar historias a 24 cuadros por segundo lo llevó a los pantanosos terrenos del largometraje. Allí luchó como tantos otros. Pura Sangre fue una película profundamente controvertida que le dio al director muchísimos premios, ganó la mención al guion en el segundo concurso de Focine en 1981; ganó el premio a la mejor actriz y al mejor sonido en el Festival Internacional de Cartagena de 1982. Fue mención del jurado de la crítica  en el Festival de Cine Fantástico de Sitges en 1983.

A principios de los años ochenta conoció de cerca las miserias que puede dejar la industria del cine en Colombia así que renunció al celuloide para aferrarse al video. Entonces la vocación de escritor que siempre tuvo renació con fuerza. Un escritor está solo, hace lo que se le da la gana y como la materia prima con la que escribe es solo un papel y un lápiz, puede darse el lujo de experimentar y si sale mal no tiene que vérselas con un productor amargado y ambicioso sino que arruga el papel y lo arroja a la basura. La cámara para Luis se transformó en una pluma y él comenzó a ensayar.

Lo primero que hizo fue empezar a retratar el canibalismo de Cali. En 1986 dirige Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos. A partir de allí el tema del olvido de Cali para con sus hijos más preciados se convierte en una obsesión. En el 87 rescata de la amnesia colectiva a Antonio María Valencia, un compositor caleño que dejó una brillante carrera musical en París para devolverse a su ciudad natal en donde pensaba formar una orquesta sinfónica. El experimento no resultó todo lo bien que se suponía y el medio comenzó a aborrecerlo. Debido a ese desprecio Valencia terminó sus días con el triste consuelo que le podía proporcionar la morfina.

Pero no solo retrató a los artistas sino a la ciudad como tal y la nostalgia de verla cambiar constantemente. En su tríptico Adiós a Cali muestra como las calles, las casas, los lugares que él vivió cuando niño ya no están, desaparecieron por un urbanismo que desprecia la estética para darle paso a la efectividad de lo práctico. Si un día bombardearan Cali y la borraran de la faz de la tierra, se volvería a construir a partir de sus documentales y de los cuentos de Caicedo.

Si me dieran la oportunidad de escoger dos películas de Luis Ospina creo que no dudaría. Para mi sus dos obras más importantes son Nuestra película y sobre todo Tigre de papel. La primera es una cosa inclasificable, algo que flota, que camina, que se parece a esos dibujitos que hacía André Michaux y que tanto le gustaba ver al despertarse a Lorenzo Jaramillo. Una cosita que uno no sabe bien qué es pero que taladra, que apasiona, que conmueve, que te inspira y que te exalta. Te indigna y te da rabia. ¿Cómo es posible que no sepamos nada de Lorenzo? Un artista que no se conformaba con pintar sino que escribía (esas cartas desde París y desde Nueva Delhi deberían estar en el panteón de nuestra literatura, al lado de los cuentos de Hernando Téllez, de los poemas de Gaitán Durán), hacía escenografías y sobre todo iba al cine. El mal de amor destruyó en pocos días el cuerpo de este hombre raro, cultísimo y sobre todo sensible. No se me van a caer los dedos al reconocer que disfruté más Nuestra película que relámpago sobre el agua de Win Wenders la obra que inspiró esta película hecha a cuatro manos.

Si no fuera por Nuestra película seguramente que muy pocos, poquísimos buenos amigos recordarían a uno de los hombres más inteligentes que ha dado este país.

Y, bueno, con justa razón críticos del continente dicen que Tigre de papel es de las mejores películas que se han hecho en Latinoamérica en los últimos 20 años. La historia de Colombia está allí, en  Pedro Manrique Figueroa, ese extraño personaje que se hizo célebre haciendo una de las formas de arte menos apreciada: el collage. Si se tuviera que explicarle a un grupo de muchachos como fue el siglo XX en Colombia yo les pondría a ver Tigre de papel. La ficción es la forma más veraz de captar la realidad.

A sus 64 años Luis Ospina continúa inquebrantable, consecuente. Es de los pocos que puede tener la dignidad de decir que nunca se vendió. Su cine sigue siendo el mismo que empezó en 1970, comprometido siempre con  nuestra trágica verdad nacional. Ospina sabe que para hacer una película no se necesitan ganar premios o buscar patrocinadores, tan sólo se necesita parafraseando a Godard, “un chico, una chica y una pistola”.

Y la inspiración, agregaría, con la que hace esos planos hermosos, esas imágenes cargadas de poesía. Por eso la gente que habita su cine permanece viva. Su mirada vence a la muerte.

 

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