Opinión

Las cenizas de Malcolm X

Vía Libre

Por:
octubre 03, 2013
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Se cumplieron 48 años del asesinato de Malcolm X y sus cenizas se extinguen. Su papel histórico en la defensa de los derechos civiles lo quieren reducir a una estampa de camiseta, a un afiche de taberna de salsa, a una nota de pie de página. Pero Malcolm es más que eso. Incluso es más que su propia biografía turbulenta llena de excesos que tanto explota el comercio para hacerlo parecer como un simple delincuente que se rehabilitó. Más allá de la marihuana y de las pandillas, de los atracos callejeros y de la cárcel, la vida de Malcolm X es una vida ejemplar: una vida de hombre, en el hondo sentido filosófico del término.

Su transformación política y humana no tiene nada que ver con eso que hoy en día llaman “superación personal”. Porque no fue solo la persona la que experimentó un cambio, sino una época entera. Malcolm transformó lo que los alemanes llaman Zeitgeist, es decir, el espíritu de época. ¿Cómo lo hizo? Levantó el puño contra una sociedad racista e hipócrita que despreciaba al ser humano por el color de la piel. Por eso sus soberbias proclamas eran entonadas con una voz de gasolina pura. Su mensaje no era de paz (como el de Luther King) sino de levantamiento, de insubordinación. Y eso mordía carne. Por eso fue acusado de radical. Y lo era, en el sentido etimológico del término: uno que va a la raíz del problema. Para entender su postura beligerante hay que tener en cuenta la época y su historia: desde la esclavitud hasta la segregación racial, pasando por el Ku Klux Klan y las constantes violaciones a los derechos fundamentales.

Hoy resulta un poco oxidado hablar de racismo. Quienes insisten en la separación de razas no han levantado el ojo de su propio ombligo. No hace mucho, es decir, hace 70 años, en plena Segunda Guerra Mundial, el Pentágono prohibió la transfusión de sangre de hombres negros a hombres blancos con el objetivo de que no se mezclaran las razas. Eso le costó el puesto a un científico negro que se negó a semejante disparate. Antes de renunciar, dijo: “La orden del Pentágono es una completa estupidez, ya que no hay sangre negra ni sangre blanca. La sangre es roja”

Contra ese disparate luchaba Malcolm. Alguna vez dijo: “normalmente cuando las personas están tristes, no hacen nada. Se limitan a llorar. Pero cuando su tristeza se convierte en indignación, son capaces de hacer cambiar las cosas”. Y  esa fue la base de su programa político: dejar de llorar y pasar a la acción. Es decir, armó trifulca. Por eso la prensa “políticamente correcta” explota la imagen de Luther King (ese pacifista que predicaba poner la otra mejilla al enemigo) y sepulta a Malcolm en un olvido miserable que es otra forma de racismo. Luther King y Malcolm X son dos caras de la misma moneda. Si King decía “tengo un sueño”, Malcolm gritaba “tengo una idea”. Luther King organizaba marchas para conquistar la igualdad entre hombres negros y blancos. Malcolm X, en cambio, no mendigaba esa igualdad poniendo la otra mejilla sino que la exigía con la fuerza de sus convicciones. King era un romántico, Malcolm, un bárbaro. Si King ponía la otra mejilla, Malcolm daba un puñetazo. Y fue el puñetazo de Malcolm el que permitió que un negro llegara a la presidencia de Estados Unidos.

Por eso hacen falta más puñetazos como el de Malcolm. Ahora, a 48 años de su asesinato, Malcolm es una voz colectiva. Sus cenizas no están en ese afiche que adorna la pared de la taberna de que hablé al comienzo. Sus cenizas somos todos nosotros.

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