Los picaditos de fútbol

Esta práctica, especialmente popular en los barrios populares, es de vieja data en el país. Acá un relato que evoca a la memoria y a los tiempos de juventud

Por: RICARDO MEZAMELL
enero 19, 2021
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Los picaditos de fútbol
Foto: Pixabay

A mediados de la década de los sesenta, en el sector de la Calle 16 A, comprendido entre la casa esquina del doctor Miguel Blanco y la residencia de don Julián Cárcamo, se inició entre las galladas de las calles y barrios circunvecinos la tradición de jugar todos los días, a partir de las cuatro de la tarde, partidos de fútbol con bola de trapo, a los cuales se le denominó “picaditos”, por cuanto solo duraban el tiempo que tardara uno de los equipos en anotar dos goles, el cual se ganaba el partido y la apuesta, que no pasaba de los mil pesos. Terminado un juego, enseguida entraban otras alineaciones a disputar el siguiente partido. Y así continuaban hasta cuando por insuficiencia de alumbrado público ya no era posible ver la pelota.

Los precursores de esa tradición deportiva, concebida para integrar a los amantes del fútbol de los barrios populares de los alrededores fueron: los hermanos Gustavo “El Vampi” y David Alarcón; Cristo “El Profe” y su hermano Ricardo “EL Chingolo” Moreno; José Raúl “El Mecho” López; y, “La Viga” Campillo. Posteriormente se les unieron a esa iniciativa Fredy Catalino, Jorge “El Chueco” Chaparro, Cosito Centeno, Hugo Cure, El Popy y El Callejas.

Con esa misma visión, los sábados también se hacían picaditos de fútbol, pero ya con balones de cuero cocido, en una improvisada cancha de terreno irregular tapizada de verdolaga, ubicada detrás de la extinta Arrocera Bolívar. Era un bello paraje, armonizado en su entorno por la Ciénaga de Versalles.

A esos encuentros futbolísticos, tanto los que se realizaban de lunes a viernes en la Calle 16 A, como los que se llevaban a cabo los sábados en la cancha a orillas de la Ciénaga de Versalles, concurrían las siguientes galladas:

Del barrio Versalles: “El Libo”, “El Oso”, Fredy “El Tuerto” Ditta, “El Kuto” y “El Cachaco”, quienes por su apariencia desgreñada infundían más miedo que respeto. Del barrio Córdoba, la encabezaban Miguel “Mazamorra” Redondo y los hermanos Gino y Doménico Corcione.

Del barrio Olaya Herrera aparecían descamisados en fila india: los hermanos Cutilinos, los hermanos Mulet, los hermanos Julio, Osvaldo “Parafina” y Pedro Juan “El Pato” Tapia, los hermanos Rildo, Franklin y Julio “Pescao” Baldovino, los hermanos Rivera, los hermanos Iván y Tomás Mondragón, los hermanos Pitalúa, Moncada, Jairo Royé, El Gallina, El Parody, La Pelaita, y El Goyo.

De la Calle 16 A, los estelares arriba mencionados. Del sector de la Media Luna: los hermanos Nilo, Julio y Enrique Pérez Severiche, Salomón Severiche, los hermanos Ramón y Adriano Mejía (los hijos del Mono Guerra).

De la esquina de la tienda de don Enrique del Castillo, llegaba la patota encabezada por Mario Calavera, El Rocha, Kene, Ripio, Nicanor, El Cresu, Alvaro Arévalo, Basi, Lucho Chapotín, Toño Villegas, Capulina, El Chapo, Hernán “Perencho” Cárcamo y Wilberto “Pocho” Peñarredonda.

Como anfitriones, nacidos y forjados en ese populoso sector: los hermanos Gabriel y Oscar Gelves, Esteban, Adalberto, Ubadel, Tres Esquinas, Bisnel, Tanalejo, El Chico Viñas, El Cholo, El Chicle Menco y Julio.

Del sector de la Clínica Magdalena y el barrio San José, confluían El ñato Jairo y su hermano Jorge Acosta, Álvaro “El Mono” Meza, El “Piriyí” Díaz, los hermanos Faraón y “El Mimí” Rojas, y los hermanos Álvaro y Ricardo Morris.

De ese conjunto de jugadores había dos que se destacaban por sus contrastes: Gustavo “El Vampi” Alarcón, quien sobresalía por su genialidad, versatilidad y elegancia en el dominio de la pelota de trapo, lo mismo que del balón de cuero; su juego era limpio y refinado. Su contraste era Osvaldo “Parafina” Tapias, quien se caracterizaba por su juego recio, ordinario, brusco y de choque malintencionado.

Esos picaditos de fútbol terminaban, por lo general, en forma pacífica; de una que otra pelea entre solo dos oponentes con resultado de ojos moreteados no pasaba. En cambio, los que se realizaban los domingos a las nueve de la mañana en la cancha del barrio Olaya Herrera, siempre acaban en pelea grupal entre los oncenos, con heridos para el hospital, así como corrales de cañas de las casas vecinas desbastados.

En una ocasión, en esta cancha de Olaya, la trifulca se inició a los pocos minutos de empezar el partido. Fue tal la bailada que con el balón le dio “El Vampi” a “Parafina”, que este lo entendió como una burla, se le voló la piedra y lo encendió a patadas, armando la reyerta grupal con una más grave consecuencia a las de siempre, el fin de la tradición dominical de los picaditos de futbol con balón de cuero.

En cambio, la costumbre de esos picaditos de fútbol con bola de trapo en la Calle 16A se mantuvo un año más, cuando fue pavimentada y se convirtió en una vía principal con alto flujo vehicular.

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