Un cuento indecente para tiempos de pandemia

Un osado relato posapocalíptico situado en un futuro no tan distante

Por: Harold Olave Martínez
enero 19, 2021
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Un cuento indecente para tiempos de pandemia
Foto: Pixabay

“¡El mar es cada vez más azul!”, con sus ojos iluminados exclama Amelia y le correspondo con el mismo entusiasmo: ¡me maravillo al ver tanta belleza junta!, mientras Amelia se embelesa viendo la marcha marcial de los cangrejos, pienso en lo que significa convocar los mejores actos de la naturaleza en un solo ínstate: venir con Amelia a la playa, contemplar su desnudez plena, y el acompasado susurro de las olas, me hace olvidar la tragedia que vive la humanidad, tras cincuenta años de pandemias, que han desolado vidas humanas, en regiones enteras del planeta.

Estas playas que hasta mediados del dos mil veinte se atestaban de turistas y nativos, como lo muestran los filmes, tomados por mis abuelos, donde un enjambre de hombres y mujeres se arremolinaba en una extraña relación de intereses y deseos; pero pareciera que la naturaleza recobró lo que por lo humano había perdido. La tercera ola de la pandemia exterminó con los últimos nativos de esta región y buena parte de la nación, haciendo que la costa del mar caribe recobre el esplendor natural que había perdido durante siglos de expansión humana.

Me encanta mirar su joven rostro sin su up (nuestros abuelos le decían barbijo), que me priva disfrutar de la sensualidad de sus labios y de sus prohibidos y anhelados besos. Extrañamente al ver su rostro desnudo, me trae a la memoria la canción de tonada entristecida, que un día encontré en los viejos anaqueles de los servidores obsoletos de mi abuelo… Besándome en la boca me dijiste solo la muerte podrá alejarlo, y fue tan hondo el beso que me diste y a mi cariño lo encadenó…

El sol no nos niega nada, él hace que su piel se torne cobriza y nuestro pequeño mundo se extienda hasta la inmensidad. Amelia, dejando diminutas huellas en la arena, se acerca traviesamente y tomando instintivamente la distancia social, con mirada picaresca, me dice en tono musical: "Te va a encantar". "¿Qué me va a encantar?", le pregunto, mientras la sigo a la sombra de una pequeña y acogedora troja. Me repite en susurro musical "te va a encantar".

Mientras Amelia, busca dentro su bolsa playera un no sé qué y me mira con su sabida complicidad del silencio, la incertidumbre y el deseo de todo lo profano, de lo prohibido, genera en mi ser, lo que los médicos les ha dado por llamar una tormenta de hormonas; esos arrebatos que sufrimos los humanos cuando estamos sometidos a distanciamientos y encierros prolongados, y para lo cual nos recomiendan asumir una dieta, evitando aquello, tomando una dosis de esto o lo otro… en fin control, control, control, ¿qué más es?

De pronto, mientras de un pequeño y potente dispositivo musical, suena una melodía, Amelia con su vaivén de palmera, dominando el horizonte se aproxima, y fundiendo en ese infinito instante su boca en la mía, hizo brotar obscenos y prohibidos besos que mojaron nuestras almas y nuestros deseosos cuerpos entrelazados se sembraron en la arena, donde fuimos de nuevo lo que somos: naturaleza… mientras en el fondo se escuchaba esa antigua canción que a pesar de sus veinte años le fascina a ella: Bésame, bésame mucho como si fuera esta noche la última vez… bésame, bésame mucho que tengo miedo a perderte poderte después…

Fueron días inolvidables amor mío, me dio el último beso y nos preparamos para tomar el aerotaxi que el Estado ha dispuesto en los programas vacacionales reservados para parejas en edad reproductiva. Ya en el aerotaxi volvemos a ser los mismos: seres con la misma vestimenta de bioseguridad, que no se diferencia el uno del otro; cada uno ensimismado en sus propios pensamientos.

Hace un año que vivimos juntos, recuerdo cuando la conocí por medio de su avatar, me pareció un poco distraída, pero su voz desde el primer instante fue música para mis oídos; puedo decir que desde el primer instante se dio ese juego amoroso de avatares, que determinaría que, al momento de nuestra graduación, solicitáramos al consejo ciudadano la autorización para vivir juntos. Nuestro amor y la vida productiva llegaron de la mano.

Ese primer día de la esencialidad presencial, nos dimos un abrazo y lloramos; recordando a nuestros padres, nos juramos que lo lograremos, que venceremos la adversidad y aquí estamos soñando un futuro. Ya en el apartamento, al despertar a un nuevo día, la sirena del distrito avisa que una oleada del virus llega a la ciudad con los vientos de agosto y, por tanto, nuevas normas son dictadas y estamos obligados a acatarlas por tres infinitos meses… me asombra que ya ni al jardín podamos salir —le digo a Amelia—, mientras a través del cristal protector, miro sus ojos de miel, haciéndose más vivaces, con su up puesto.

El uso cotidiano y permanente del up, se hace obligatorio casi desde el momento que inició la era de las pandemias, convirtiéndose en la prenda íntima más expuesta. Los estudiosos de la moda todos los días proponen nuevas formas, donde se combina tecnología con estética, las que serán lucidas por hombres y mujeres en espacios de socialización o empresarial, que se programan cotidianamente en la realidad virtual. A Amelia todo le luce y para nuestras veladas amorosas, su avatar siempre llega con un nuevo y seductor up que la hace ver más bella; inspiración que incita a una velada plena, y en mí, el sublime deseo de ver su boca.

Amelia, haciendo un corazón con sus manos sobre su vientre y con desbordante optimismo mediante el amplificador ambiental me dice: "Tranquilo, Lois, el mañana será nuestro". Sembrando así la esperanza que sobreviviéremos, que tendremos cría, aunque solo la podamos disfrutar hasta que termine la lactancia. Yo menos que ella, pues me mantendrá distanciado de ella y la descendencia, el frío vidrio de seguridad.

Las criaturas humanas, al cumplir los veinte meses de nacidos, son acogidas por el sistema en un programa de repoblamiento, garantizando su cuidado, educación y manutención. Si fuese así, Amelia y yo en menos de dos años volveremos a quedar solos. Quiero que el tiempo pase rápido y sueño por salir de nuestro confinado espacio de vidas compartimentadas, de distanciamiento de parejas para épocas de virus y pandemias, hacia una libertad vacacional reservada y un destino determinado.

Mientras retomo nuestra cotidianidad, vuelvo mis ojos a ella, que, en su sala de clase, parece una directora de orquesta al acompasar las herramientas hipercibernéticas motivadoras de estudiantes, que desde sus módulos-habitáculos remotos, asisten a la clase de Historia Universal.

Vuelvo en mí, al escuchar de Araky la supermáquina, que desde la nube controla nuestro hogar, “…el desayuno está servido”. Tomo la fórmula del servidor, correspondiente al día primero de mi nuevo ciclo, que según el Estado me mantendrá a salvo…

Mi staff, como la sala de clase de Amelia, fueron transformados en nuestra ausencia, haciéndolos lucir más futuristas e innovadores, me siento casi flotando mientras doy órdenes a la máquina: “últimos datos de sobrevivientes a nivel mundial, índice de natalidad…” para el final, en la confluencia de la estadística histórica me dé la proyección: promedio de esperanza de vida en el mundo, 28 años….

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