Opinión

Los hipster, ¿tribu urbana?

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julio 18, 2013
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De un tiempo para acá está de moda ser inteligente. No se preocupen si por parecerlo caigan en el odioso estereotipo del esnob y el sedointelectual. Es mejor pretender ser un genio que un idiota, como solía pasar en los años ochenta con toda esa basura que se destilaba desde MTV. El cambio empezó a ocurrir en 1999 en los barrios de Williambsburg y Lower East Side de Nueva York.  A todos esos jóvenes que salían las tardes de invierno con bufandas y gorros de apariencia artesanal y con chaquetas sacadas directamente del Flower Power más radical, que escuchaban una música que nadie, absolutamente nadie había escuchado antes, se les  puso un remoquete que no se usaba desde principios de los setenta. En esa época un hipster era un hippie superculto, un nombre que se asociaba más a hombres como Jack Kerouac o Allen Ginsberg y no a los jovencitos posudos que su rotunda incapacidad para crear no les impide ser fervorosos amantes del arte.

El hipster de nuestros días es aquel muchacho que después de saber por Google que un escritor checo llamado Franz Kafka cumple 130 años de nacido y que en una de sus creaciones más importantes escribió la historia de cómo un hombre se convertía en escarabajo sin ser un mutante sacado de los X-Men. Esa sola imagen hace que el muchacho ponga en su perfil de Facebook la foto del autor de La metamorfosis.

Para ellos la onda es lo retro y como se tiene la sensación de que antes la gente era más inteligente pues que bueno recuperar, así sea superficialmente las buenas costumbres. Por eso no es raro encontrar hipster en las librerías llevándose lo último de Paul Auster o la última edición de Los fantasmas del escritor argentino César Aira. Vaya usted a saber si los leen pero al menos los meten en el bolso para sacarlo mientras esperan el transporte público, complacidos de que el señor de al lado los mire de reojo y comprueben de que efectivamente ellos son gente muy inteligente que siempre están en la vanguardia.

Pero antes que ser un lector el hipster es ante todo un fotógrafo. Lo primero que le piden de regalo al papá es una Leika y salen a la calle a fotografiar nubes, perritos pasando una vía, mendigos, niños escarbando la basura, un árbol destrozado por una tormenta, o se hacen autorretratos de todas las formas, usando la totalidad de la ropa hipster que han venido acumulando durante meses. Eso sí, todas esas fotos dará una apariencia retro, como si por obra y gracia del click de la cámara te devolvieras cuarenta y cinco años en el tiempo.

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Sus posiciones ecológicas son inamovibles. Para ellos el humo es el gran enemigo de la humanidad. No comen carne, todo lo que consumen surge de sus improvisados cultivos hidropónicos que muchas veces también fuman. Si fuera posible volver a vivir en cuevas, sin luz eléctrica, contaminando lo menos posible,  eso sí, con la energía suficiente para alimentar sus iphone y poder escuchar todo el día a William Fitzsimmons, Wild Belle o TameImpale, en la búsqueda de lo no convencional están volviendo populares grupos y cantautores que hasta hace poco nadie conocía. Paradojas del hipsterismo.

Todo lo comercial o lo que huela a mainstream es condenado inmediatamente a la hoguera. Desprecian los éxitos de Hollywood y cuando van al cine es para ver lo último de Wes Anderson o de Paul Thomas Anderson, dormitan la mitad del filme y mientras la ven trinan sus emociones recomendando ver “La última joya del maestro”.

Si, a primera vista parecen dignos del más justo de los desprecios. Pero pensándolo un momento los nuevos hipster es el movimiento más interesante que ha dado la juventud desde finales de los años sesenta. Si van a ser consecuentes con lo que predican, con lo que dicen el mundo será un lugar mejor para vivir. Todas las revoluciones comienzan con las relecturas de los clásicos, con la búsqueda incesante de nuevos sonidos, con el culto a los pocos autores del cine que quedan. Soy optimista con esta generación, así no lean a Kafka, así digan que les fascina Buñuel aunque nunca hayan visto una sola de las películas, así sean pretenciosas sus conversaciones. No puede ser un defecto querer ser más inteligente de lo que se es. Si los hipster logran consolidarse y dejan de ser una moda pasajera para transformase en un movimiento, el mundo, seguramente, será un lugar mejor.

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