Leer, escribir y opinar es contribuir al cambio

Las posturas críticas ante lo que pasa, ante lo que no sucede y ante aquello que anhelamos que ocurra son fundamentales, prioritarias

Por: Alejandro Sánchez Rondón
Enero 19, 2019
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Leer, escribir y opinar es contribuir al cambio
Foto: Pixabay

La importancia de leer, según Paulo Freire, es sin duda su posibilidad de contribuir en un inminente proceso de liberación, el cual va mucho más allá de una vulgar insurrección armada, para darle paso a una real emancipación de la mente del ser que se dice es el más evolucionado del conjunto de animales de la naturaleza.

A esto, y de manera tal vez un poco atrevida, le agregamos la importancia de escribir, en dicho proceso, escribir y contar lo que sucede en nuestro mundo. Dejar un registro de nuestro paso por estas tierras y contribuir de esta manera a su transformación, a corto, mediano y largo plazo.

Por consiguiente, leer el mundo y su realidad diversa es sin duda mucho más importante que decodificar unos cuantos caracteres. De esta manera, saber leer es también saber escribir, procesos que sin lugar a dudas permitirán a mediano plazo aprender a opinar, en otras palabras, contribuir al cambio.

Por el contrario, con el paso de los años, la alfabetización se ha convertido en una prioridad, en nuestra preferencia, pero el análisis de contextos, de situaciones dispares, similares, impensadas, inconcebibles, no se forja como algo permitido. La comprensión crítica se la dejamos a otros, a quienes tengan el tiempo y la quieran hacer existir, esperamos que algún día aparezcan esos otros.

Anular la creatividad, censurando textos, palabras, expresiones o dibujos que se salen de las convenciones establecidas por los docentes y que no tienen en cuenta las necesidades, los intereses, y las realidades vividas por nuestros estudiantes, es a nuestro modo de ver el error más grande que todos los días cometemos.

Nuestro sistema educativo, del cual somos hijos, titulares, dolientes, víctimas, se ha convertido en una máquina experta para clausurar las miradas divergentes sobre un solo hecho. Enseñamos y aprendemos, la decodificación, no siempre eficiente de signos que aparentemente son importantes para vivir, sin tener en cuenta que para respirar, ellos no son significativos, para comer no cuentan, menos cuando el aire está turbio y la comida en el plato escasea sin que podamos explicar el por qué.

Somos capaces de enseñar a pronunciar las mismas palabras con las cuales nosotros aprendimos a leer y a escribir; mamá, papá, casa. Así comenzó para la mayoría, el viaje a través de las letras, vendados con la esperanza de un “ser alguien en la vida”, de un “salir adelante”, nos esmeramos, algunos más, algunos menos, en leer bien, y cuando lo hacemos, no sabemos realmente para qué. Los objetivos se difuminan ágilmente como los tonos del arcoíris. Y así una y otra vez, año a año, curso a curso.

Pero aún no hemos llegado a la posibilidad de leer injusticias, de relatar alegrías, de posibilitar formas nuevas de relacionarnos, hasta allí, el abecedario se nos ha quedado corto y los actos maravillosos de transformación, la lectura y la escritura, se convierten en herramientas desaprovechadas, tal vez por falta de compromiso, quizá por falta de interés, seguramente porque a nosotros mismos nos resulta más cómodo hacer de la lectura y la escritura actos monótonos que nos permiten navegar en una sociedad de requisitos insulsos, pero no hacemos de ellos la espada primordial que pudiesen ser para que este mundo, nuestro mundo sea humanamente mucho mejor de lo que es, de lo que nos han dicho puede ser.

La voz, nuestra voz, debe salir a flote como posibilidad de ir más allá, más allá de aquello para lo que hemos sido condenados. En un lugar al cual la ciudad y el Estado le dan la espalda, las palabras y las formas de expresión son un vehículo en el que las ideas harán llamar la atención de quienes tapan sus ojos y clausuran sus oídos para simplemente desconocer que existe otro mundo en el que ustedes y nosotros vivimos, un universo que requiere de oportunidades para ser, para existir.

Pertenecemos a una generación bicentenaria, que encarna la ocasión de hacer viable la independencia de una nación, la independencia de pensamiento, la independencia de un ser que se reconoce a sí mismo como abanderado de un proceso de cambio social, político y ante todo cultural. Las posturas críticas ante lo que pasa, ante lo que no sucede, ante aquello que anhelamos que ocurra, son fundamentales, prioritarias, y este esfuerzo, estas páginas y lo que ellas implican solo son una contribución al este proceso de liberación mental que tanto requerimos como ciudad, como país.

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