Opinión

La mala literatura como aire que se respira

Escribir malos libros debería ser un delito tipificado en el código penal. Y para nada excarcelable

Por:
octubre 28, 2016
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A simple vista el título invita a no seguir leyendo la columna. Algunos, muy pocos, continuarán soslayándose por entre las líneas para ver si se dice algo nuevo o se descubre algo diferente. Total. También los buenos y malos lectores como nosotros, somos también culpables y responsables de que exista la mala literatura.

A los críticos literarios le debemos la buena mala fortuna de esas taxonomías que establecen fronteras inciertas sobre lo que se escribe. Buena, regular o mala literatura se mezcla con los humores diarios de quien escribe y lee para gozo, martirio o egocentrismo de cualquiera de las partes.

El determinismo del mercado editorial establece una perversa distinción que a veces suele convencer: la buena literatura es la que se inserta en los circuitos de las grandes editoriales y de los premios más anhelados (con la cúspide del nobel) y que se produce en las altas esferas del centro literario. La periferia, a su vez, solo reproduce lo que no alcanza a clasificar para el centro iluminado y los grandes mercados de los libros y lo poco que los autores regionales escriben, lo hacen a tropezones y en medio de una precariedad de estilo, forma y fondo.

¿Por qué escribimos tan mal en la periferia o en las regiones? ¿O será que escribimos bien pero no tenemos chance en el mercado editorial de amplia circulación?

Ambas preguntas tienen un sentido de respuesta.

Los malos y buenos escritores abundan en todas partes. En el centro del mundo editorial y en la periferia. La diferencia, es que, al convertirse el libro en un producto, se le atribuyen virtudes cuasi mágicas que desaparecen lo malo que en él se contiene, cuando de venderlo se trata.

Mientras el centro vende libros, la periferia los regala. Se ruega a veces para que se compren las limitadas ediciones que casi nadie lee o son motivo de coleccionistas raros o de admirable bochorno nominativo (es decir, tienen un nombre feo que para nada atrae lectores).

El listado de “best sellers” regionales no pasa de dos o tres ejemplares. La memoria no me recuerda alguno en estos tiempos recientes. Aunque los best sellers no son garantía de buena literatura. Pero por lo menos son referencias de ventas y supuestas lecturas.

A pesar que la tecnología acorta distancias, los autores regionales
siguen embebidos en una parroquia cercada por cosas repetidas,
temas desgastados y mal abordados desde lo literario

A pesar que la tecnología acorta distancias, los autores regionales siguen embebidos en una parroquia cercada por cosas repetidas, temas desgastados y mal abordados desde lo literario. Una pobreza estilística que raya en la pena ajena.

No se trata de lapidar a cuanto escritor produce su obra en estos medios regionales con tantas limitaciones, sino incitar con la sana crítica a que deben escribir con orgullo y altivez y desde el convencimiento real de hacer buena literatura. Es un esfuerzo que cuesta, pero que se filtra en el cedazo de las pretensiones infundadas de amigos y conocidos que se encandilan con las luces de los celulares y fotografías el día del lanzamiento de su libro; con fondo de cortinas chinas, el “bienvenidos” en icopor de colores y cadenetas en papel de barrilete.

Escribir malos libros debería ser un delito tipificado en el código penal. Y para nada excarcelable.

La mala literatura como aire que se respira es asfixiante. Deja poco margen para refrescar los sentimientos de un lector esperanzado en encontrar laberintos plagados de conejos, niños-hombres viviendo entre los árboles, ballenas obsesionadas con marineros altivos, calles de París atiborradas de frustraciones en forma de rayuela, poetas malditos sembrando flores del mal, un negro prisionero en un pueblito rural del Japón en la segunda guerra mundial, Trotsky perdido entre los sueños y vapores de Frida Khalo y un verso perdido entre veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Coda: “Avanzaba mucho la diligencia sobre la nieve ya endurecida, y hasta Dieppe, durante las eternas horas de aquel viaje, sobre los baches del camino, bajo el cielo pálido y triste del anochecer, en la oscuridad lóbrega del coche, proseguía con una obstinación rabiosa el canturreo vengativo y monótono, obligando a sus irascibles oyentes a rimar sus crispaciones con la medida y los compases del odioso cántico. Y la moza lloraba sin cesar; a veces un sollozo, que no podía contener, se mezclaba con las notas del himno entre las tinieblas de la noche”. (Bola de Sebo. Guy de Maupassant 1850-1893). ¿Es difícil construir un final como este?

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