La fiesta de disfraces del presidente

"En su soledad de poder, sueña con vestirse de príncipe para proclamarse dictador supremo y completar su obra de usurpación de todos los poderes del Estado"

Por: Luis Alfredo Muñoz Wilches
noviembre 05, 2020
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La fiesta de disfraces del presidente
Foto: Twitter @infopresidencia

“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Acton, historiador británico, 1887).

El señor presidente, ensimismado en la Sala del Consejo de Ministros de la Casa de Nariño —revisando los papeles que le había redactado su consejero comunicaciones—, estaba preparando su CXLII alocución vespertina, cuando se vio perturbado por unas voces que provenían del patio. Hizo un alto en su engorrosa tarea y aguzó el oído —que dicho sea de paso viene perdiendo y no escucha nada ni a nadie— para entender las vocecillas del cántico infantil que gritaban: “Trique, trique Halloween, quiero dulces para mi”. Entonces mandó a llamar a su consejero y le dijo: “Hassan Amín Abdul, ve a traer los chocobreak que nos sobraron de la visita al Chocó y se los repartes a esos niños que andan gritando en el patio y no me dejan concentrar”.

—Señor presidente, no son niños sino los parlamentarios de la coalición que votaron la jugadita de Macías para hundir la moción de censura al ministro Holmes, ¡y ahora quieren más!

—¡Ah, carajo! Entonces dile a Carrasquilla que les incluya unas partiditas en el presupuesto del 2021 que está preparando para llevar al Congreso.

—¡Presidente!, pero es que en la Comisión IV del Congreso ya se repartió todo y el presupuesto está desfinanciado!

—¡Entonces, dile que mire a ver cómo esparce la mermelada en las tajadas de la cena de Nochebuena para que todos queden satisfechos!

—Presidente, eso va a estar muy difícil porque ahora están gritando que “quiero todo para mí”.

—¡Vaya pues! ¡Entonces tocará organizar una fiesta de disfraces e invitarlos a todos a Palacio! Eso sí que se encargue a la “guarida presidencial” de no dejar entrar a todos esos mugrosos mamertos de la oposición ni tampoco a los viejitos porque nos arman un escándalo con eso del “rebrote del COVID-19”.

—Señor presidente, no se dice “guarida” sino guardia.

—¡Ah no, eso sí que no! No quiero ver por acá la tal “guardia indígena”. Acuérdese que esos indios pa’tinchaos me hicieron quedar como un cuero con las delegaciones diplomáticas. Mejor dile a María Juliana que se prepare una buena piñata, con el fomi que le sobró del vestido color verde menta que llevó a la Casa Blanca. ¡Ella es una experta improvisando disfraces!

El señor presidente recordaba que, a él, disfrazarse siempre le gustó. Comenzó su meteórica carrera política, disfrazándose de liberal de la Alianza por el Cambio, para ingresar en la nómina burocrática como un asesor del entonces ministro de Hacienda Juan Manuel Santos, quien luego lo nombró representante de Colombia en el BID.

Allí se transformó en un anodino funcionario “naranja” hasta que su vida dio un giro inesperado. Su jefe Luis Alberto Moreno, lo sacó del anonimato para que asistiera al expresidente Álvaro Uribe en su fugaz y amargo paso por la Universidad de Georgetown. Con él, tuvo que tragarse sus palabras denunciando “los pecados de Álvaro Uribe”, consignadas en sus columnas del periódico regional Tolima 7 Días.

En esa época, simulaba estar cerca del pensamiento político de Maquiavelo, como lo dejó consignado en el apócrifo libro Maquiavelo en Colombia (Portafolio, 3 de diciembre de 2007), dedicado a exaltar el pensamiento político de quién desnudó la tiranía de los príncipes y sus desbordadas ambiciones de poder. Pero, al contrario de lo que señaló el condottiere florentino (1469-1527), el joven Duque se dedicó a utilizar sus aventajadas habilidades de filibustero y sus incontenibles ambiciones de poder para posicionarse como un fiel escudero del expresidente Uribe. Fue así como se ganó su confianza.

Haciendo gala de su camaleónico comportamiento, se apartó del gobierno del presidente Santos y se opuso al proceso de paz, logrando su elección como Senador de la República por el Centro Democrático, para el periodo 2014-2018 y, posteriormente, ser el candidato a la presidencia por la coalición de Centro Derecha para convertirse en el presidente de Colombia, bajo el lema: “No permitiremos que Colombia se vuelva otra Venezuela”.

Sin embargo, en su campaña fue acusado de tener vínculos con Odebrecht, de quién recibía una generosa coima por sus diligentes esfuerzos en la causa del poderoso y corrupto empresario brasilero Duda Mendonça. Luego se confabuló con el clan Char —tal como lo denunció la exsenadora Aida Merlano— en una gran operación de compra de votos en la costa Atlántica para frenar el ascenso de su oponente Gustavo Petro, para lo cual contó con el apoyo de su amigo el narcotraficante Ñeñe Hernández Aponte, a quien invitó a palacio el día de su posesión para pagarles los favores en la financiación de su campaña a la presidencia.

Duque es un fiel representante de las prácticas clientelistas de la clase política tradicional colombiana, para quienes la “doble vía” es una costumbre arraigada. Dichas acciones les han permitido combinar todas las formas de lucha, incluida la vía paramilitar, para constreñir a sus electores y eliminar físicamente a sus contradictores políticos, confirmando que tienen un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad.

Por estas razones, los disfraces del presidente le van muy bien para tener una careta de legalidad, que exhibe ante la prensa nacional e internacional, y otra de tirano que usa cada vez más para violar la constitución y concentrar los poderes del Estado. Así lo hemos visto, disfrazarse de policía para respaldar los abusos de la fuerza pública contra los jóvenes que denunciaban las masacres policiales. La semana pasada, mientras la minga indígena le esperaba en la Plaza de Bolívar para denunciarle el exterminio del cual están siendo objeto, prefirió volar al Chocó con el disfraz de coronel del ejército.

Por eso, ahora, en su soledad de poder, sueña con disfrazarse de príncipe para proclamarse dictador supremo y completar su obra de usurpación de todos los poderes del Estado.

Maquiavelo creía que los más graves e irreducibles conflictos sociales que aquejan a los Estados modernos, surgen de los apetitos y ambiciones desbordadas de poder de los grandis, porque creen que su seguridad no se garantiza si no concentran más poder. Entonces, vulneran el ordenamiento jurídico, profundizando la corrupción, hasta convertir al estado en una tiranía que termina socavando la libertad y la democracia.

Sin embargo, hay que recordarle al príncipe Duque las palabras de Don Miguel de Unamuno, al franquista, Millá-Astray, el día que se tomó la Universidad de Salamanca, con el grito “¡Muera la inteligencia!” “¡Viva la muerte!”: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y democracia”.

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