La esperanza del punk-rock que no quieren ser ni esperanza ni punk

Desde los tremendos Rage Against the Machine no había oído algo como IDLES: música con sustancia, honestidad política y con artistas parados en la raya

Por: Mateo Duarte del Castillo
junio 22, 2022
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La esperanza del punk-rock que no quieren ser ni esperanza ni punk

Empiezo por contar mi maldición: oigo rock anglo en un país tropical, me dirán entonces los resentidos: ¡lárguese a Inglaterra!, y les respondo: si pudiera lo haría de mil amores, pero estoy esperando que Rodolfo Hernández me lleve a conocer siquiera el mar así haya perdido, calculen.

A veces me pregunto qué le costaba a mi mamá parirme en Birmingham. Bueno, aquí estoy entonces en este platanal tropical aguantándome vecinos que oyen reguetón y rancheras a todas horas. Doble maldición.

Estoy seguro de que si hicieran una encuesta con una única pregunta "¿usted qué música oye?". El 90 % respondería: “De todo” y estoy más seguro aún que ese “de todo” en realidad es el dúo Pimpinela, Darío Gomez, Santiago Cruz y Maluma. Si uno de verdad oyera de todo sería más o menos: Vivaldi, Miss Kittin, Darío Gómez, Jorge Velosa, Charlie Parker y black metal noruego. Pero nadie es así de ecléctico.

Yo me limito a rock, punk, electrónica y algo de hip-hop, pare de contar, con esos tengo y me sobra. Tanto será mi gusto por esa música que me autoimpongo horarios para oírla dependiendo de mi estado de ánimo, económico y sentimental.

No puedo con las playlists, y menos con la reproducción aleatoria, casi que me provocan hiperventilación, descargo albums enteros y los oigo en ese orden. Los músicos pusieron las canciones en ese orden por alguna razón, están contando un concepto, una historia, es lo mismo que leer un libro, los que oyen aleatoriamente me imagino que les fascina Rayuela, de Cortázar.

En lo que sí soy muchísimo más relajado es para descubrir nuevas bandas, investigar, y el algoritmo de You Tube lo sabe. Es así que un día normal me botó un video de una banda llamada IDLES, de Bristol, Inglaterra, con su canción I’m scum (soy escoria):

“Duermo debajo de las sirenas de la poli, preguntándome en qué se me fue la vida”. Bum, amor a primera oída. “Cantaré contra los fascistas hasta que me corten la cabeza, soy de izquierda moderada”.

Desde los tremendos Rage Against the Machine no había oído algo así, esto era música con sustancia, honestidad política y parados en la raya. En cuanto a composición no es el clásico punk de tres acordes un coro antisistema y ya.

Es un poco más complejo: la batería y el bajo suenan como el motor de un Mustang de 8 cilindros en V, y las guitarras estilo indie suenan como cuchillas, o como bombas cayendo esto se oye clarísimo en la canción War, que escuchada en audífonos transportan al oyente a un bombardeo con drones. ¿Influencias? Claro, Black Flag, y The Pixies, pero desde el primer álbum (Brutalism 2017) ya hay un sonido propio y eso amigos es bien difícil de encontrar.

Hablan del mundo actual y toman posiciones claras, son proinmigrantes (Danny Nedelko), anti-Brexit, progay y antihomofóbicos (Model Village), y tremendamente antiexplotación laboral en mother (“mi madre trabajó 15 horas 5 días a la semana, 16 horas al día 6 días a la semana… mother… fucker”) la depresión (Gotho 1049). “Mi amigo está muy deprimido, quisiera estar muerto, nadé dentro de su cabeza y esto me dijo”.

Han grabado cuatro discos y son hoy libra por libra una de las cinco mejores bandas de rock de la actualidad (el álbum ultramono es una joya). En entrevistas recalcan por sobre todo no ser punk ni esperanza del rock, no visten con cuero negro ni crestas, parecen salidos de las películas de Jackass, uno de los guitarristas usa vestido de ama de casa de 5 dólares. (ver imagen)

No son teloneros en festivales sino que encabezan carteles. Fueron en el Estereo Picnic los primeros en provocar el primer pogo pospandemia en Bogotá, la rompieron. Son una bandota y muy a su pesar la esperanza del rock.

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