El virus que nos deshumanizó

Sí, esa cosa microscópica nos ha cambiado: nos ha convertido en seres que desconfían unos de otros. Además, nos distanció y nos sacó lo peor

Por: Fernando Botero Valencia
junio 16, 2020
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El virus que nos deshumanizó
Foto: Leonel Cordero

Mucho ha corrido desde que el planeta entero tuvo que encerrarse por culpa de un virus que resultó ser muy letal.

El pánico se tomó a los humanos como nunca antes que se recuerde en épocas recientes una amenaza haya provocado a nuestra civilización. De pronto todos, sin excepción, sentimos miedo.

De inmediato los gobiernos y autoridades de salud empezaron a emitir protocolos sobre el cuidado, prevención, contención y tratamiento de la peste; dicho sea de paso, con las más confusas contradicciones e improvisación jamás tampoco antes vistas, pero eso es tema aparte.

Llegaron entonces medidas extremas como la cuarentena que no es otra cosa que encerrarse en cuatro paredes, donde no podíamos salir “ni a la esquina” so pena de ser multados o encarcelados.

Llegó la orden de que teníamos que usar mascarillas faciales o tapabocas —pasabocas decían algunos despistados, a lo mejor confundidos por el estrés postraumático—, mantener una distancia “social” de no menos de dos metros —o sea, estar alejados de otros humanos—, echarnos alcohol desde la cabeza hasta los pies cada que llegáramos a casa y en la suela de los zapatos también, esparcirnos repelentes para virus, cosas así.

Miles y miles de personas fueron más allá y ante un caudal de información, que entre toda se confundía con decires y desdecires, se apabullaron hasta la cabeza con especie de escafandras para “protegerse” aún más del enemigo invisible que los hacía parecer como astronautas o la hormiga atómica, todo con tal de no morir en esta “guerra biológica”.

Ya con el pasar de los días —¿o meses?— todos vivimos en una paranoia que nos hace creer que hasta con saludar con señales a los vecinos desde el frente de nuestra casa nos podemos infectar o que el virus del apocalipsis puede incluso llegarnos hasta por la señal del internet o del 5G, como se escucha decir por todos lados.

Cada día que ha pasado desde el quince de marzo (cuando empezó la cruzada mundial contra el virus mortal) hasta nuestros días (hoy diecisiete de junio) hemos ido cambiando de piel y ya no somos los mismos de ayer, no. Hoy amanecemos más desconfiados que ayer, más distantes, más “expertos” sobre el virus y también más “paniquiados”.

Nuestras maneras de tratar a los demás se han hecho más adustas, rígidas e indiferentes. A todos los humanos que vemos pasar a nuestro lado o que están en la fila para hacer algún pago o comprar algo los vemos como un potencial o posible infectado. Además, si alguien tiene la mala fortuna de soltar un estornudo casual o alérgico pagamos escondedero y le lanzamos una mirada condenatoria de un “pandémico”.

Es más, ya nuestros vecinos nos empiezan a caer mal, ¿a qué hora nos irán a contagiar?

Me ha llamado la atención y me ha causado asombro observar el “delirium tremens” de muchas personas cuando se quedan mirando de mala manera y de forma inquisidora al de adelante o al de atrás de la fila como queriendo encontrar a un portador asintomático o un enfermo confeso del bicho ese; a veces he sido víctima de esas aterradoras miradas, pero gracias a Dios viene a mi rescate el bendito celular, pues solo finjo mirar mis redes sociales para escapar de la turba mirona.

Estos días estaba haciendo fila para comprar en un almacén, una señora que estaba antes de mi llegó a la caja y el empleado de forma espontánea me dijo que podía seguir. Pues bien, esta decisión provocó una airada actitud de la señora, quien me miró horriblemente y me dijo que respetara su espacio y que no me acercara hasta tanto ella no se fuera. Yo quedé en shock ante dicha postura de la perturbada mujer. El empleado solo me miraba compasivamente.

Casi me gano una madreada por culpa del puto virus y del inexperto empleado.

Sí, esa cosa microscópica nos ha deshumanizado: nos ha convertido en seres que desconfían unos de otros. Además, nos distanció y nos sacó lo peor como personas, como gentes y como eso que nos define.

Los expertos, esos a los que les hemos perdido la fe por sus mentiras, contradicciones e intereses, dicen que el mundo no volverá a ser como antes. Se les olvidó decir que los humanos no volveremos a ser como antes. Pero yo realmente quiero pensar y creer que será así pero en el mejor sentido, que volveremos mejores versiones de lo que antes éramos.

De hecho, se escucha mucho decir por todas partes “cuando volvamos a la normalidad”. Y yo quisiera que no volvamos a la normalidad, a esa “de antes de” no quisiera que volviéramos.

Debemos aprender de este virus que las cosas pueden cambiar para mejorar nuestras relaciones entre humanos, debe ser esta la oportunidad para ser más solidarios, más asequibles con los demás, más tolerantes. La “normalidad” antes de es la que nos ha hecho tanto daño como sociedades, como personas.

Buen reto sería ese, no volver a la normalidad que teníamos antes sino al descubrimiento de nuevos seres humanos, de valores que teníamos sin usar mucho; de volver a lo fundamental y esencial de cada uno de nosotros, sentir y pensarnos como una especie única e irrepetible en el universo. Los invito a esa “nueva normalidad”.

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