Opinión

El simulacro es la opción

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diciembre 02, 2013
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Hace un par de días escuché por enésima vez al papa llamando al amor como única carta para la salvación del mundo. Hasta ahí todo normal. Pero el mismo día llegué a casa y me esperaba en el muro de Facebook un video de la canción de Aleks Syntek Solo el amor nos salvará, y ya fue demasiado.

No tengo problemas con Syntek y ese no es el asunto. (Con el papa sí que los tengo, pero tampoco lo es). Lo que no soporté fue encontrar con tan poca diferencia de tiempo un bis del insostenible tema del amor como salvación de las relaciones humanas.

¡A ver! “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ordena el segundo mandamiento católico y desde ahí la cosa empieza mal.

El amor es una virtud, no un deber. Ordenar a alguien que ame es como exigirle que disfrute las habichuelas: un despropósito.  “Yo no puedo amar porque quiera, pero todavía menos porque deba; de ahí que un deber de amar sea un absurdo”, escribía Kant y me parece que el hombre la tenía clara.

La verdad —no nos vendamos pendejadas— es que cada ser humano solo ama un grupo muy reducido de personas: sus hijos (especialmente cuando están pequeños), casi siempre sus padres, digamos que normalmente su pareja y excepcionalmente algunas pocas personas más. Y pare de contar. Por eso mismo, por lo limitado de su alcance, el amor es más un modelo utópico que un lineamiento eficaz para conducir las relaciones humanas.

Entonces, si el amor no es útil como bandera para relacionarnos, ¿qué hacemos? Pues existe un simulacro del amor que funciona bastante bien: la moral,  ese conjunto de imperativos personales que nos lleva a actuar frente a las personas que no amamos como si las amáramos.

¡Vieran la forma tan lúcida como explica el asunto André Comte-Sponville en su libro Ni el sexo ni la muerte!: la moral existe porque, reconozcámoslo, si nos guiáramos solo por el amor —espléndido pero inevitablemente excluyente— nuestras relaciones con la inmensa mayoría de los seres humanos serían catastróficas.

Pero, cosa triste, la moral tampoco basta y el ejemplo claro está en una virtud moral clásica: la generosidad.

Ser generoso no es otra cosa que dar a quienes no amamos. Y por eso mismo el asunto se complica. Tal vez algunos decidamos dar algo algunas veces, pero ¿a todos?, ¿y siempre? Eso resulta una vez más utópico e inocente.

Así que toca, de nuevo, exprimir la chistera del mago e inventar un segundo artificio realista que nos permita actuar como si actuáramos moralmente: el derecho y la educación. El derecho entendido como el mínimo de normas que una sociedad impone a sus miembros y la educación en su acepción de buenos modales, justo como la entendía mi abuelo, es decir: pedir un café por favor o decir perdón cuando se pisa a alguien, así como responder con todo gusto y no se preocupe cuando alguien nos pide un café o nos pisa.

La maraña es esta: existe el derecho porque somos moralmente limitados y tenemos la moral porque el amor tiene cobertura reducida.

El amor solo basta para relacionarnos con quienes amamos, la moral apenas abarca un entorno un poco más amplio de personas, pero solo el derecho y la educación proveen un entorno pragmático para el desarrollo sano de las relaciones humanas.

Cumplir las normas y ser educado no es otra cosa que actuar como si fuéramos moralmente virtuosos, lo que  a su vez no es otra cosa que actuar como si amáramos.

¿Amar al prójimo? Como eslogan vende bien pero es una imposición estúpida e irrealizable.

¿Qué el amor nos va a salvar?

¡Retórica! En el mejor de los casos salvará a unos cuantos.

Si lo que buscan Aleks en México y Don Francisco en Roma es salvar el mundo, deberían empezar por dejar de invocar al amor. Hay una ruta más eficaz: cumplir la ley y comportarnos de forma educada con los demás.

No es amor, pero es el único simulacro realista.

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