El segundo tiempo de Hernán Peláez

A sus 78 años y tras habérsela ganado al cáncer, el más grande de los periodistas deportivos ha logrado contagiar millenials de sus dos pasiones: el futbol y la música

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noviembre 11, 2020
El segundo tiempo de Hernán Peláez

Cumplió 68 años con una salud envidiable. De lo único que había sufrido Hernán Pelaez era de un problema de ligamentos operado a tiempo por el médico Jaime Quintero en 1970. Cuando era un joven de 27 años que alguna vez había soñado con ser delantero. En esa época, 2008, Peláez manejaba con frescura y humor los dos programas más escuchados de la radio colombiana, El pulso del fútbol y La luciérnaga. De pronto empezó a sentir un dolor de cabeza. Beatriz, su esposa, quien acababa de salir de un cáncer de seno, le daba acetaminofén, pero nada le curaba la migraña.

Un día lo llamó su amigo, el médico Víctor Caicedo, cardiólogo de la Shaio. Le dijo que un habitante de calle, al que había operado por caridad, preguntaba por él. Como tantos otros miles de colombianos que lo escuchamos, Peláez se hizo tan cercano como un familiar. Peláez fue, saludó al hombre que era hincha del América de Cali y le comentó de paso a Caicedo que sufría un durísimo dolor de cabeza desde hacía semanas. Le ordenó hacer un cateterismo en el acto. Peláez constataría, por los comentarios de su amigo, que las cosas no andaban bien. Le mandó a hacer todos los exámenes posibles. Después de tres meses llegó a donde el oncólogo Mario Gómez quien, de un puntazo seco, le dijo: “Usted tiene un mieloma múltiple”, “Perdón doctor, eso con qué se come”, “usted lo que tiene es cáncer, cáncer de médula, hay que hacer quimioterapia ya mismo”.

Peláez, con su tranquilidad y cabeza que muchos han confundido con altanería e engreimiento, solo le contó las malas noticias a su esposa Beatriz, quien le recalcó que serían 24 quimioterapias con la que esperaban dormir —mas no curar— la enfermedad que podía arrancarle la vida y a Ricardo Alarcón, entonces presidente de Caracol, quien le pidió, sin mayores explicaciones, trasladar los equipos de radio a la casa para hacer su trabajo desde allí. Al principio las quimios se hicieron los miércoles pero quedaba molido, “como si hubiera peleado con Mike Tyson”, que le dijo que la corrieran los viernes y así poder descansar todo el sábado. En el lapso de un año nadie notó que el doctor Peláez hubiera perdido más de veinte kilos. Su voz seguía arriba, como la primera vez que salió al aire en 1964.

Su enfermedad se volvió pública en el 2012 cuando su amiga, la periodista María Elvira Arango, le pidió una entrevista para Bocas. Las fotos de Sebastián Jaramillo generaron estupor. Poco quedaba del robusto y casi inmortal sabio con el que los que nos criamos en los años ochenta aprendimos de fútbol. Se veía demacrado, casi terminal. Lloramos. Nunca pensamos que se fuera a recuperar de su cáncer de médula.

Pero, contra todo pronóstico, tomándose la vida con humor y, a la vez con seriedad, lo hizo. Sus claves para vencer al cáncer fueron varias. Primero, la disciplina. Hernán ama lo que hace por eso, cada vez que podía, se levantaba a las cinco de la mañana a hacer vueltas, a trabajar incansablemente durante diez horas, a ver fútbol y leer periódicos. En la dieta fue estricto. Solo pollo y vegetales, nada de azúcar. La azúcar alimenta las células cancerígenas. Renunció a los dulces, a ese manjar blanco que lo volvía loco desde que era un joven estudiante del Berchmans, el colegio jesuita de Cali donde se graduó. A lo que si no renunció fue a la felicidad de fumar tabaco de su pipa y tomarse dos whiskies cada noche mientras escuchaba a Leo Marini o alguno de sus ídolos del bolero.

De su formación con los jesuitas le quedó la fe, una fe racional como la de Teilhard de Chardin, lejana a cualquier fanatismo. Sin embargo le rezaba a dos santos, a San Sablé, monje maronita nacido en Libia especialista en curar cáncer y a San Charbel que, combinadas con unas píldoras cuya caja de 21 unidades le costaba $14 millones de pesos, y el amor de su esposa Beatriz le ayudaron a curar el cáncer.

Esto es más que asunto del pasado. Regreso a la radio ahora de la mano de un joven de quien puede ser su papá Martin De Francisco. Y se burla de su Metal de Martin y ha retoñado con frescura y gracia y ha encontrado el timing. La chispa que alguna vez hizo de la Luciérnaga el programa más divertido de la radio nacional esta de nuevo en el programa Peláez de Francisco en la W a las 2 de la tarde. Con de Francisco, Peláez volvió a ser el capitán. A un bolero de Roberto Yanez sigue una canción demoledora de Megadeth. La combinación los ha convertido en la máxima tendencia diaria en redes sociales. Nadie, ni el propio Hernán Peláez, creyó que podría tener una segunda oportunidad y nada menos que frente a los esquivos millenials, a los que suele no gustarles nada.

 

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