El juego del calamar, la realidad colombiana y el reto del nuevo orden social

Los enmascarados en el juego son los políticos de turno que ejecutan mandatos de los VIP que, para el caso colombiano, son los grupos económicos dueños del país

Por: Fernando De Jesús Franco Cuartas
noviembre 06, 2021
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El juego del calamar, la realidad colombiana y el reto del nuevo orden social
Foto: Pixabay

El hacer por encima del pensar, el jugar por encima del trabajar son cuatro verbos que, aunque todos significan e implican acción, no todos dignifican y hacen evolucionar al hombre.

El hacer conlleva la acción reptiliana de la especie humana en el contexto del homo faber; la acción in situ del jugar impide la profundidad del bosque que se oculta detrás del trabajar en un sistema capitalista como el vigente. El pensar convoca la acción del homo sapiens, en el contexto de la vida contemplativa parar analizar las relaciones de la experiencia existencial, no solo en este plano tangible a los sensores biológicos, sino extrapolarlas a las fines teleológicos, que en palabras de Paulo Freire (en su novena carta de las Cartas a quien pretende enseñar) advierte que "(...) es muy importante decantar las relaciones entre las cosas, de los objetos entre sí, de las palabras entre ellas en la composición de las frases y de estas entre sí en la estructura del texto. La importancia de las relaciones entre las personas, de la manera como se unen –la agresividad, la amorosidad, la indiferencia, el rechazo o la discriminación subrepticia o abierta–".

La serie surcoreana del calamar está edificada sobre todas esas relaciones no visibles a los sensores obsoletos del homo faber, es decir, el hombre de a pie; para empezar el juego del calamar versión macondiana, la propensión marginal al consumo es exacerbada por los días sin IVA, en detrimento de la propensión marginal al ahorro, llevando a que las personas se esclavicen, a tasas de interés que crecen más que el incremento del salario mínimo vigente con el capitalismo financiero comprometiendo sus flujos futuros de caja, que año tras año pierden capacidad de compra dado el efecto inflacionario, de la mano invisible de Adam Smith, que en Colombia se materializa en guantes de seda que irradian el poder monopolista de los intermediarios y grandes superficies transnacionales que mercantilizan el derecho fundamental a la alimentación, la vivienda, la recreación, la educación, los servicios públicos, el transporte por no hablar de la mercantilización de la justicia llevada a niveles de una gran lawfare.

Los consumos a través del dinero plástico-digital y los ingresos precarios de la inmensa mayoría de la población que es atrapada por el imán de los días sin IVA, al carecer de educación económica, comercial y financiera, devienen en forma directa en la prosperidad de los juegos de azar, como mecanismo divino-aleatorio de buscar ingresos adicionales para saldar sus deudas y, que del 2017 a septiembre del 2020 los juegos online acumularon ventas por más de $11.3 billones y en los primeros cuatro meses del 2021 la industria de juegos de suerte y azar registraron el 54 % más en ventas $5.17 billones (Coljuegos); que les quedaría entonces a los miles o millones de ludópatas colombianos… sumarse al juego del calamar macondiano como última alternativa de supervivencia al interior del capitalismo salvaje sin sentimientos y quedar expuestos a los peores instintos del ser humano dramatizados por su creador, después de 10 de trabajo, Hwang Dong-hyuk.

No es sólo la ludopatía de los colombianos que nos hace candidatos de primera línea para el juego del calamar, sino la asfixiante carga fiscal, el escaso o nulo acceso al crédito por parte de las famiempresas, que con datos de Confecámaras en los primeros cinco años sobreviven 29 de 100 empresas constituidas. La cultura de las economías paralelas y la velocidad utópica del enriquecimiento inmediato ha llevado a la exponencial desplaneación de los proyectos de vida de la juventud colombiana, al iniciar emprendimientos de negocios más no de empresas, en el contexto de currículos escolares que rinden tributo a la materialidad económica alejados de la pertinencia del desarrollo humano en su capacidad de imaginar nuevas trayectorias para supervivir en esta casa planetaria y dejar legado espacial para las mentes por nacer.

Otro aspecto sustantivo, que nos acerca a la serie surcoreana, es la discriminación de género para la inserción de las mujeres a la vida social, económica y política en igualdad de condiciones en términos de derechos y deberes que detengan la migración de nacionales buscando no solo el sueño americano sino el sueño de la globalización allende de las fronteras, como diría el poeta, y encarnado por Alí número 199 el pakistaní en el juego del calamar. Los enmascarados en el juego son los políticos de turno, periodo tras periodo, ejecutan los mandatos de los VIP, que, para el caso colombiano, no son otra cosas que los grupos económicos que intentan manejar el país, pero, que, en la práctica, son apéndices de las fuerzas internacionales tipo el consenso de Washington, la Ocde, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el BID, con los lineamientos claros de privatizar los sectores estratégicos de la economía colombiana.

La tasa de desempleo con corte a septiembre de 2021 de acuerdo con cifras del Dane se ubicó en 12,1 %, más del doble de los países de la Ocde; donde cada uno de los desempleados y desesperados ciudadanos se ven representados por la historia del protagonista Gi-hun, un ser que, tras perder su empleo y a su esposa e hija, decide participar en un misterioso juego por la oportunidad de ganar el dinero necesario para pagar todas sus deudas y recuperar su vida. La dinámica del juego es la parábola de la muerte al interior del capitalismo salvaje y sin sentimientos, donde se enfrentan la codicia, la envidia, los amores furtivos, el individualismo, el tráfico de órganos, el poder de la delincuencia jugador 101, los liderazgos hipócritas de los empresarios entrados en barrena al malversar fondos al mejor estilo de Cho Sang-Woo número 268, creencias y fe en soluciones divinas para enfrentar, desde el azar que brinda los juegos de niños, recuperar los bienes terrenales.

Todo la anterior, en contexto de la versión 4.0 de la magistral versión del “Gran Hermano”: la tecnología que todo lo vigila, todo lo controla y que torna obsoleto a los cuerpos de seguridad surcoreano para detectar el paraíso anhelado de los 456 participantes que utópicamente sueñan en rehacer sus vidas desde lo económico, eliminándose uno a uno, hasta llegar a la muerte, dándose el lujo, en principio, de menospreciar las lecciones aprendidas que como estrellas fugaces brotan de la memoria gaseosa del competidor número 001, Il Nam, en un cuerpo físico descartado por la sociedad y la ciencia al padecer de un tumor cerebral a punto de desfallecer; reflejo de la sociedad capitalista que se da el lujo de echar al cesto de la basura a nuestros mayores que nos han permitido el empalme a un mundo prestablecido y al cual llegamos como forasteros al nacer.

El drama de las fronteras y sistemas políticos autoritarios, totalitarios y tiranos es materializado en la serie por las habilidades y destrezas para huir de corea del norte de la competidora 067, Sae-Byeok, hacia Corea del Sur realizando actividades de “carterista” hasta todo tipo de trabajos sucios para subsistir en la capitalista república amparada por el imperio del Tío Sam, lo cual la llevó al límite del desespero, al igual que el resto de participantes, para ingresar al juego y pensar salir victoriosa, vale decir, con vida y ayudar a su pequeño hermano, quien está en un orfanato, luego de que su madre fue deportada.

Sae-Byeok nos hace sentir el drama y, la indiferencia de buena parte de la población latinoamericana, que en la actualidad están viviendo miles de compatriotas venezolanos con la riadas de migrantes hacia Colombia y el resto del continente, donde son mirados como parias que encarnan la maldad humana. El juego del calamar, al igual que la realidad colombiana, plantea el drama de las violaciones e incestos con la participante 240 Ji-yeoing, una joven huérfana que tuvo que matar a su padre debido a que abusaba de su madre y de ella.

Parafraseando algunos titulares para la “fiesta de Halloween”, entre los disfraces de ñapa, más solicitados no sólo en Colombia sino en buena parte del planeta, son los uniformes de los 456 competidores en el juego del calamar destacándose los números de los actores estelares en la serie, el 001, 067, 101, 199, 212, 240, 268 y no podía faltar el 456 el gran competidor, algo similar a la tan cacareada competitividad empresarial que lleva a la muerte física de la pequeñas unidades productivas, que al terminar el juego con vida, después de asistir al asesinato de 455 personas, y con el “Gran botín monetario” o mercancía universal que funda las relaciones entre las cosas, los objetos, las palabras y la personas bajo este sistema de nula redistribución de los ingresos.

En correlato, para evitar ser atraídos y exterminados por el agujero negro del capitalismo financiero y tecnológico, se impone un macroproyecto a 30 años sobre políticas públicas educativas donde el Estado colombiano y los gobiernos de cada cuatro años asuman la responsabilidad y puesta en marcha de educar y formar hasta el nivel de doctorado a toda la generación de colombianos sin discriminación alguna nacidos a partir del primero de enero de 2021, a cero costo para ellos y sus familias; de esta manera tendremos la bases sólidas para el nuevo orden social con equidad y justicia en Colombia de cara al año 2051.

 

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