El dilema de Trump

Estados Unidos hoy se debate entre intervenir militarmente Venezuela, ya sea por sí mismo o con ayuda ajena, o mantener la presión para provocar la caída de Maduro

Por: LUIS EDUARDO MARTINEZ ARROYO
Febrero 22, 2019
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El dilema de Trump

Estados Unidos contrario a lo que unos piensan no es una especie de león herido que se sienta acorralado y por eso tira sus restos a ver qué sale, es un actor de la geopolítica con un guion bien conocido del tipo de los preludios de la invasión a Irak que tuvo como pretexto la búsqueda de las armas químicas de destrucción masiva. En Venezuela la consigna banderiza es más pegajosa: la lucha contra la dictadura y la tragedia humanitaria que ha provocado la migración de miles de venezolanos hacia países vecinos.

En los más recientes días se ha ofrecido la sugerente especie de la presencia de 25 mil milicianos cubanos, proveniente de la vocería de relaciones exteriores norteamericana. Mientras que desde el gobierno de Duque se deja correr la bola según la cual Maduro alberga a los terroristas del Eln, y que Venezuela es un Estado copado por el narcotráfico. Esta última acusación resulta curiosa si se considera que viene de un gobernante que tiene su territorio cundido de miles de hectáreas de coca.

El Estado forajido que es hoy el norteamericano no solo incumple sus obligaciones en el plano interno al no brindar los servicios esenciales de seguridad y justicia a sus ciudadanos, situación evidenciada en las recurrentes masacres que se suceden en su territorio día tras día y en una aplicación torticera y racista de la acción jurisdiccional, sino que también la proyecta en el terreno del derecho internacional. Washington ha institucionalizado la piratería en las relaciones entre Estados y contribuído a la pérdida de confianza entre ellos. Venezuela no es rayo en cielo sereno, es México (1848 y 1914), Nicaragua (1854-55), Cuba (1898 y 1901, Enmienda Platt que le cedió a Guantánamo), Panamá (Colombia) 1903, República Dominicana (1904). No habrá suficiente espacio ni relatores que lo describan para que se muestre lo que ha sido el panamericanismo monroista.

Estados Unidos, como los imperios que lo precedieron, hace un uso muy particular de su poder. Cierra cuando conviene a los intereses corporativos de su economía las fronteras a las mercancías de otros países que pudieran desplazar a las nacionales, pero exige puertas abiertas para las suyas en el extranjero. Con toda la razón tiene el manejo de sus recursos naturales pero objeta que otros sigan ese ejemplo. Ha ayudado a que los países ricos en commodities sufran la dependencia que el extractivismo acarrea pero los cuestiona si quieren emprender el camino de la diversidad en la economía, es autosuficiente en materia agrícola y ejerce la soberanía alimentaria pero sus socios menores están atados a su suerte con los TLC.

Predica la libre empresa y competencia pero las anula cuando los que las quieren practicar no son de sus gustos políticos. Cuba con casi sesenta años de bloqueo económico y sanciones para eventuales socios, es quizás el más paradigmático de los casos; Irak, con casi un millón de víctimas mortales por ataques militares y cerco hambreador, costo razonable, según el secretario de Estado de Bush Jr, la acompaña en ese triste destino; Venezuela que gozó de las mieles de la petrodependencia y de las miserias que dejaron sus elites gozonas y derrochadoras que tomaban lo que los capitalistas gringos dejaban, por querer seguir el ejemplo estadounidense del camino propio y autónomo, vive un momento crítico en su historia, quizás el más, por su osadía.

El presidente Trump en su segundo discurso sobre el estado de la Unión del 5 de febrero/19 se lamentaba de la postración venezolana en materia alimentaria y recordaba que era el país más próspero de la región en años pasados. Prosperidad que los pobres venezolanos, como todos los pobres del planeta, en sus acostumbrados gestos de ingratitud decidieron ignorar para llevar al gobierno a Hugo Chávez Frías, después del fallido pronunciamiento que este lideró en 1992. Desde entonces no ha habido descanso ni tregua. Los diversos gobiernos norteamericanos que han vivido el chavismo gobernante han sido testigos de lo mucho que éste ha hecho para igualarlos en materia electoral, incluso para superarlos pues eligen su presidente por voto directo, el lado fuerte de la democracia representativa.

Los distintos procesos electorales en la república bolivariana han gozado de la veeduría y observancia de entidades pertenecientes a organismos multilaterales internacionales, de fundaciones como la Carter presidida por el venerable, retirado y libre de cualquier sospecha castrochavista expresidente norteamericano, las cuales han ratificado la limpieza de los mismos y garantizado el blindaje contra el fraude tan libre y silvestre en países como ciertos vecinos molestosos.

Sin embargo, Washington se ha defendido con una regla de oro infalible: no reconocer los resultados que le sean adversos a sus alfiles en territorio patriota, aunque esa intransigencia no valdrá para los casos en los que se obtienen gobernaciones, alcaldías y una especie de premio mayor: la ANC. Como el Pentágono es también radical en sus pretensiones avala actitudes como las de este organismo legislativo que pretendía juzgar a Maduro no obstante que la Constitución no lo faculta para eso y que desoyó un mandato judicial que había puesto en entredicho la elección de tres constituyentes.

Diversos analistas de la política exterior estadunidense han coincidido en afirmar que las élites de esa nación habían vaticinado lo que ocurriría en el planeta después de finalizar la II GM y programado el rol de primer orden que deberían cumplir al mando del emergente protagonista. No parece complicado explicar el asunto pues la verdad tan conocida es ya una convención en las ciencias sociales. Las dos “suicidas” guerras mundiales europeas ocurridas en menos de treinta años, llamadas por algunos la guerra civil europea (1914-1945), fueron el fértil insumo para que desde otro lado de la estepa asomara sus jóvenes, aunque curtidas fauces, el nuevo lobo jefe de la manada.

El resto es historia. El socialismo estalinista aun con los importantes logros sociales, culturales, tecnológicos, militares, aeroespaciales que le permitieron equiparar en varios de esos campos a EE. UU. —que además de su poderoso aparato productivo nacional gozó de las mieles que le otorgaba el intercambio desigual con otras naciones— sucumbió ante la mayor potencia que la historia de nuestro planeta haya conocido. Pero el hoy devenido en orgulloso y altivo rey de la selva que había ilusionado corazones y mentes febriles ante la nueva realidad con banderas como el fin de las ideologías (de la historia), el triunfo definitivo del capitalismo y el liberalismo, la disminución de los gastos militares se topa con que de nuevo la fiebre no está en las sábanas.

Hoy se dispone a agredir al único país del planeta que lo ha derrotado de forma consecutiva pero limpia y sin espíritu camorrero en el terreno que el eventual agresor defiende con mayor ahínco, el electoral. Cómo saldrá de esa nueva aventura, no se sabe. En esta materia, como en el amor, se sabe cuándo se comienza, mas no cuando se acaba.

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