Opinión

El arribismo de ser de Semana

Viví en carne propia cómo el sueño de pertenecer al mejor medio del país se convirtió en una pesadilla

Por:
noviembre 11, 2020
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El arribismo de ser de Semana
El edificio de Semana era el símbolo del poder del periodismo en Colombia

Durante veinte días trabajé en Semana. Siempre quise pertenecer a la Mejor Escuela de Periodismo del país. Soñaba con que algún día Felipe López me dictara los confidenciales. Incluso no estaría mal barrer el piso de su oficina un domingo. Haría cualquier cosa con tal de entrar a su círculo de confianza. Ser mirado por él significaba tener una carrera asegurada. La posibilidad de un sueldo que te permitiera estar enganchado durante 20 años pagando un apartamento de 80 metros cuadrados en Rosales. Ser una persona.

A mí nadie me trató mal en Semana. Yo acepté todas las condiciones. Descansar un domingo y un miércoles. Olvidarme para siempre de los sábados. Trabajar un viernes hasta las tres de la mañana y que el sábado lo despierte una llamada a las seis. Renunciar a cualquier necesidad de escribir. Hacer un trabajo de tecnócrata: marcar tarjeta al amanecer y trabajar 14 horas seguidas porque en la fábrica se trabaja si se quiere ascender compadre. La clave del éxito era intentar anestesiar toda emoción.

Y ahí estaban, en una sala gigante, un grupo de muchachos silenciosos, cansados, inconformes, rabiosos, porque habían comprobado en carne propia la veracidad de esa vieja maldición que echaban las brujas de Hungría: “Cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad”. Desde la universidad empezaron a darse codos unos a otros, como trillizos en un útero para dos, con la esperanza de que el hundimiento de uno fuera el surgimiento del otro. El periodismo es el gran vehículo de ascensión social en Colombia solo superado por la política. Nadie está preparado para asistir a diario al patético espectáculo que puede dar en una sala de redacción un joven que se haya propuesto ser la nueva estrella del periodismo colombiano. O ver a una muchacha, con toda la vida por delante, obsesionarse con la vida de los Santos. Al final del día los pantalones quedan rotos después de arrastrarse tanto y la amargura es una hiel verde que se alcanza a ver a través de la piel.

Yo intenté arrastrarme. Intenté quedarme hasta la noche para que vieran mi abnegación. A veces, salía a la inmensa terraza del edificio y veía, como pequeñas hormigas, a la gente que llevaba sus vidas despreocupadas, inocentes, inútiles. Pobres miserables. Había llegado, tal vez sin merecerlo, a la cima. Formaba parte de la élite periodística del país. En los consejos editoriales guardaba prudente silencio. Era un sanedrín y yo ni siquiera estaba circuncidado. La depresión no tardó en acentuase después de una semana. Y eso que ganaba bien.

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Al principio el arribismo acumulado en tu apellido durante trescientos años sirve para que aún sientas admiración: “Vicky no es tan bajita como pensaba”

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Hay algo que caracteriza esas salas de redacción y es la infelicidad de los que ganan menos. No existe un lugar más desigual en el mundo que las oficinas de un medio de comunicación. La superestrella que se empaca treinta millones de pesos debe compartir un ascensor con un pelado que camella el doble y se gana 1.200.000. Al principio el arribismo acumulado en tu apellido durante trescientos años sirve para que aún sientas admiración: “Vicky no es tan bajita como pensaba”. Después, al cabo de unas pocas semanas, todo se convierte en una náusea, una rabia, el resentimiento de no ser más que un obrero.

Ese sentimiento era tan evidente que incluso era tema de conversación en los pasillos. El jefe de video de ese momento, una de las mejores personas que uno puede encontrar ese edificio, se preguntaba con preocupación mientras soplaba un tinto, “¿por qué acá todos los muchachos son tan infelices?”. Nadie respondió. Lo único que quedaba claro era que todos estaban convencidos que Semana era el único lugar de Colombia donde se podía hacer periodismo honorable y de calidad. Dos días después renuncié.

Ayer martes 10 de noviembre Semana explotó en mil pedazos. En las universidades más top de Bogotá los profesores dejarán de promover la revista de Felipe López. Recomendarán la diáspora. Por supuesto. Primero muertos que sencillos.

Lo que no saben es que la crisis puede abrir otras perspectivas y se podría recuperar, con el auge de medios como Cuestión Pública o Vorágine, la pasión por contar historias. Quien quita que el periodismo vuelva a ser ese viejo oficio de escritores. Porque si algo quemarán Vicky y los Gilinski será el video: ¿a quién le provoca ir a buscar los audífonos para escuchar un debate entre Juan Carlos Pinzón y Federico Gutiérrez? Van a ver. Volverán los incendiarios, los periodistas que alguna vez describían el centro de Bogotá con la precisión infernal de la San Petersburgo de Dostoyevski.

Y aunque estuve a punto de retirarme del periodismo regresé a mi casa, Las 2 orillas, en donde tengo la libertad de volver a hacer columnas como esta, la libertad de volver a  tener voz.

 

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