El año en el que Estados Unidos mostró el cobre

El impacto del coronavirus y las pasadas elecciones mostraron que el país del norte tiene más defectos que los que cualquiera imaginaría

Por: Marco Aurelio García Pedraza
noviembre 11, 2020
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El año en el que Estados Unidos mostró el cobre

Lejos estábamos la mayoría de habitantes del mundo de creer que en el 2020 asistiríamos a la vergüenza de los estadounidenses serios y nobles al saber que la gran potencia militar y económica que por los últimos ochenta años ha dictado cátedra en derechos humanos, salud y democracia quedó al desnudo ante los ojos incrédulos de millones.

Para ello confluyeron dos situaciones especiales. Primero, haber elegido como presidente a un personaje arrogante en quien escasea la sabiduría y abunda el dólar. Segundo, la llegada de la pandemia del COVID-19 al continente americano, propiamente al país del norte, en donde el primer caso se oficializó el 1º de marzo en Florida; sin embargo, parece que el virus ya hacía presencia desde principios de enero, aunque la mayoría de pacientes fueron diagnosticados como portadores de influenza, ya que todavía no se contaba con el sistema de pruebas y el presidente desatendía las alarmas de los científicos. El caso es que en diez meses Estados Unidos pasó de ser el país del sueño americano al país de la incertidumbre, de la muerte y de la incapacidad hospitalaria. Y como si esto fuera poco, ahora su sistema electoral se hace trizas.

Pero volviendo al coronavirus, el país del norte ocupa el primer lugar con más de nueve millones de casos y está próximo a los doscientos cincuenta mil fallecidos (y aumentando). De hecho, según la Universidad Johns Hopkins, el 30 de octubre se registraron mil muertes y noventa y un mil nuevos casos de contagios, lo que es algo deplorable; más si comparamos su población con la de China, que no solo la cuadruplica con más de mil cuatrocientos millones de habitantes, sino que es hogar de Wuhan, la provincia donde se conoció por primera vez del fatal virus. Si bien Estados Unidos ya estaba advertido, como el resto del mundo, no solo no tomó las medidas pertinentes, sino que no tenía la infraestructura hospitalaria para enfrentar este tipo de pandemias y tampoco la construyó.

Y más allá de esta tragedia que enluta a más de un cuarto de millón de familias, recién vivimos otro drama, el electoral. Quienes han vociferado ser el altar de la democracia y hasta han dictado cátedra reconociendo y desconociendo elecciones han vivido un infierno en estos comicios electorales para elegir presidente y parte de las cámaras. Aquí también asistimos a la desnudez del sistema electoral estadounidense, que está obsoleto y se basa en el recuento manual de gigantescos tarjetones, en donde cada estado tiene su propio reglamento (ante la carencia de un órgano electoral nacional que aglutine los resultados). Además, la elección no es directa y se decide por los votos de los delegados de cada estado. Según el presidente en ejercicio, este sistema es corrupto. Hay que creerle.

Sea como sea, el resultado final solo se conocerá a mediados de noviembre. Sin embargo, con los datos suministrados en Pensilvania, que le suman 20 votos delegados, Biden es victorioso y será el próximo presidente de esta gran nación, así Trump no reconozca su triunfo y designe un ejército de abogados para atacar los resultados en los estados que le fueron adversos. Quienes ganaron esta presidencia son los mismos que llevan más de treinta años en el comando del Partido Demócrata: el clan Clinton, Obama y Biden.

No se puede olvidar que el hoy presidente electo ha sido senador por 36 años, coordinó en 1999 (época de Andrés Pastrana) el Plan Colombia (encaminado a erradicar el cultivo de hoja de coca, lo que a cifras en hectáreas cultivadas hoy fue un rotundo fracaso y solo sirvió para asesinar y desplazar campesinos), votó para invadir a Irak y apoyó a Obama en las invasiones de Libia y Siria (que aún se mantienen y en donde se han asesinado en nombre de tan noble democracia que hoy muestra el cobre a miles de mujeres y niños, cuyo único delito es creer en algo que estos señores no creen, en las libertades políticas). ¿Qué dirán los pitiyankis que sueñan pasar de la embajada de EE. UU a la presidencia de Colombia ahora que la superpotencia mostró el cobre?

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