Opinión

Dago García, el papá del nuevo cine colombiano

Su capacidad de interpretar lo popular, como en el Paseo 4, lo ha convertido en el productor más rico de nuestra historia

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enero 26, 2017
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Durante mucho tiempo no hice más que menospreciar el cine de Dago García. Mamerto inveterado, usaba las frases clichetudas de siempre para descalificar Uno al año no hace daño o El carro. En el colmo del delirio creí que lo que escribía Dago era fácil de imitar: un poco de enanos, unas prostitutas, un baile, la estética de un programa de humor peruano a mediados de los noventa. Hice dos películas, dos mierdas infumables que nadie va a recordar. Nadie las fue a ver. Nuestros proyectos serios –una fucking película sobre unos abuelos andando en mula en el Catatumbo- quedaron inmóviles, como buques encallados en un puerto abandonado. A muchos amigos les dio por hacer lo mismo y fracasaron. No sabían, como Dago, qué era lo que quiere ver el colombiano promedio, ese que llega a la taquilla de la sala de cine sin tener ni idea de que va a ver, ese que deja arrastrar si ve a Don Jediondo y a Micolta en el afiche, el que quiere ver hora y media de Sábados Felices sin propaganda.

Por esas razones El paseo 4 acaba de convertirse en la segunda producción nacional –detrás del documental Magia salvaje – más taquillero de todos los tiempos con 1 600 000 espectadores. Esa capacidad de interpretar lo popular lo ha convertido en el productor más rico de nuestra historia, uno de los pocos colombianos a los que les ha resultado un negocio hacer películas.

Dago es un tipo que se ha visto todo Tarkovsky, al que le encarta Kurosawa, que se extasía con Renoir. Por eso ha decidido meterle el hombre a proyectos que ofrecen un prestigio artístico. Sin su ayuda Ciro Guerra no hubiera podido difundir como lo hizo El abrazo de la serpiente o Rubén Mendoza el documental El valle sin sombras. No se ha conformado con acumular sino también ha querido retribuir dándoles una mano a los nuevos talentos nacionales.

Resentido, agobiado, hablé muy mal de él en la época en la que escribía sobre cine. Cuando escribí mis dos guiones infames entendí lo difícil que era hacer una película de éxito. No me volví rico, no tenía la chispa del señor García.

 

Dago ya está tranquilo, pasó a la historia,
es el más exitoso de todos los tiempos y, además, su productora
ayudó a sacar a flote la única película colombiana nominada a un Óscar

 

Aún despotrican de sus Paseos. Él llora desconsolado ante las críticas mientras reclama los cheques de muchos ceros. Dago ya está tranquilo, pasó a la historia, es el más exitoso de todos los tiempos, fue capaz de meter por primera vez en una sala de cine a gente que jamás lo había hecho y, además, su productora ayudó a sacar a flote la única película colombiana nominada un Óscar. Los pretenciosos soñamos con Cannes, con Berlín, con salitas esperpénticas a medio llenar viendo nuestras películas de dos personajes únicos dándole la espalda a la cámara durante tres horas. En nuestra pretensión escupimos sobre Dago menospreciando al cineasta y a su público que, como el de Uribe, crece cada día más y silenciosamente.

Tengo amigos que sagradamente van, desde el 2008, un 25 de diciembre al cine para pillarse el estreno navideño de Dago. Lo peor es que salen con la misma amargura a regarse en redes contra la película, contra lo primario del colombiano que va a fútbol, come chicharrón y se ríe con El control, se desahoga en su ignorancia biliosa que lo lleva a decir tonterías hípster como la de que "Yo amo el cine arte y el cine independiente norteamericano y no me gusta La La Land" y treinta mil chorradas más.

En mi época solo se hacían tres películas colombianas al año. Hoy la cifra supera las sesenta. En parte es culpa de Dago. No en vano sus películas han recaudado poco más de la mitad de la taquilla de la última década del cine colombiano.

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