Con 'Dolor y Gloria' regresa el mejor cine de Almodóvar

"Es un desborde de colores que hace énfasis en el carmesí en su fotografía, enaltece los colores vivos, los cielos, las cosas y sus formas"

Por: John Jairo León Muñoz
julio 17, 2019
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Con 'Dolor y Gloria' regresa el mejor cine de Almodóvar

Vivir es eso, un dolor, un constante dolor que se aposenta en el cuerpo y en la mente y, lo hace, a veces, metafóricamente y literalmente, en forma de familia, de soledad, de migraña, de malestar en la garganta, de punzada constante en la columna vertebral, de cicatriz larga, de recuerdos envueltos en desamor, amistad y enemistad, de tristeza como lo dice Chavela Vargas en Esta tristeza mía.

Y esta tristeza mía

Y este dolor profundo

Lo llevo aquí en el pecho

Pues me ha dejado solo en el mundo

La vida es un dolor que existiendo se puede curar, entonces aparecen remedios en forma de pequeños triunfos, de pequeñas glorias, y es quizás esa la apuesta de existir: una gloria es poder entender lo que somos, lo que nunca seremos, es dialogar con el pasado y saber de qué arcilla estamos moldeados, pero… ¿Cómo curar ese dolor? ¿Cuál es la dosis adecuada para que no hiera tanto el contacto con el ser humano? ¿Cómo no sentir tan profundo y tan duro ese golpe llamado vida en el estómago? ¿Drogándose? ¿Leyendo? ¿Siendo albañil o pintor? ¿Siendo escritor?

Para Almodóvar la gloria es el arte, solo el arte. Para él hacer cine es lo que puede curar o hacer olvidar ese dolor. Pero hacer cine no es fácil, sobre todo el que él ha hecho, que habla desde el deseo, de la imposibilidad de amar, de evidenciar las otras formas de estar y de ser. Si no se hace lo que a uno le gusta, el dolor se vuelve insoportable. El cine es la posibilidad de escribir de uno, de volverse el narrador, el personaje, de fusionar la realidad con la ficción, de evitar el olvido que seremos y apostarle a quedar grabados en carretes o digitalmente, y expuestos al cine de culto de la historia, ese que albergan las bibliotecas audiovisuales y las cinematecas y que reúne a expertos y cinéfilos para que hablen de la obra que se ha sido o la que quedó contradiciendo las ironías del tiempo.

Dolor y gloria cuenta la historia de un cineasta, director y guionista, de nombre Salvador Mallo (interpretado por Antonio Banderas) quién rodó una película —sabor—, hace 32 años y ha sido invitado a un coloquio donde se proyecta su película y se hablará de su cinta; también, a Salvador le interesa ir para saber qué dice el espectador, qué tan inmortal puede ser el arte, sobre todo el cine y qué tanto puede cambiar el gusto de una historia a través de los años. Para algunos críticos es la película más autobiográfica de Almodóvar, pero cuál de ellas no tiene parte de lo que él es, de lo que él mira. Cuál de ellas no nos devela en parte la segunda piel del cuerpo, la piel en la que habitamos muchos, cuál de ella no desnuda los miedos inculcados por la iglesia y la familia para tocar el alma.

Salvador recuerda sus días de infancia, la importancia de esas vivencias en su niñez como la capacidad de sumergirse en las historias, su educación o su Mala Educación (nos los dice en otra película) con los curas, la importancia de su madre, la ausencia de un padre —que al igual que el escritor argelino y ganador del Nobel de Literatura, Albert Camus, es criado por mujeres—, de los días de sol y la vitalidad del agua en su vida para entender que uno se sumerge tanto como quiere o tanto como otros así lo quieren y uno lo permita y, uno sale a flote y entiende un poco, de lo que está hecho. Salvador ya no quiere hacer cine, está cansado de las largas jornadas de rodaje, de los viajes, del mundo mediático. Además, está enfermo y la enfermedad lleva a la nostalgia, a la tristeza, a una conexión con el pasado, a una mirada profunda de él, que está sintiéndose solo, habitando entre lo que hizo o lo que no, acompañado de recuerdos y habitando un apartamento que bien podría ser un museo como lo dice Alberto interpretado por Asier Etxeandia.

La enfermedad lleva a desechar, a filtrar lo que no nos interesa y a darle mejor calidad a los instantes con la gente que queremos y los recuerdos que deseamos ir construyendo con los otros. También, a Salvador, le abrazan las historias, son su compañía, historias que escribe, porque no sabe si va a volver a dirigir, un guion que tiene escrito en su computador, Sobredosis, que inmediatamente nos conecta con lo que hay que dejar ir y son los amores tóxicos que el tiempo después permite querer y mirar de otra manera. Caminar entre el dolor y la gloria es una alucinación constante llamada vida. Dolor y gloria tiene una madurez narrativa, regresa al mejor cine de Almodóvar, donde lanza guiños a toda su obra, tan larga y profunda y contradictoria: sus miradas sobre el despertar sexual, el primer deseo, su defensa hacia la diversidad, el barrio madrileño donde vive actualmente, sus búsquedas literarias, su exploración en la escritura y su gusto por la pintura que también nos lo ha hecho saber en Julieta, Hable con ella, Volver.

En Dolor y gloria hay una construcción de personajes más mesurada, que podríamos pensar que es el alter ego de Almodóvar, un Salvador precavido, melancólico, que viste igual a Almodóvar, luce igual, tiene una barba y una cabellera ceniza. Con la inteligencia que va llegando con los años, una inteligencia que llega con la mirada racional del tiempo y que se ve reflejada en la actuación memorable de Antonio Banderas y, a su vez, lo condujo a alzarse con el premio a mejor actor en el pasado festival de Cannes. Aquí ya no está el frenesí de la juventud, el no me importaunculismo de ¡Átame!, Carne trémula, Kika, la Ley del deseo y Tacones lejanos, aquí hay un Almodóvar sin menos apuros, con más recursos metáforicos para hablar de la homosexualidad, para hablar de la sexualidad infantil sin tantos tapujos morales, del travestir de una sociedad que se disfraza y muchas veces no sabe para qué y que si lo supiera entendería mejor el deseo, el cuerpo, la pulsión.

Dolor y gloria es un desborde de colores que hace énfasis en el carmesí en su fotografía, enaltece los colores vivos, los cielos, las cosas y sus formas. También, a veces, hay ausencia de luz, lugares escondidos como la cueva donde se refugia el arte. La soledad de los lugares en las ciudades es un buen sitio para pintar, para escribir y ausentarse del frenesí citadino. La música de Alberto Iglesias acompaña a ese Almodóvar taciturno, meditabundo, nostálgico y que no deja de lado la comedia y el drama. También, vuelve desde el cielo o desde el mismo infierno Chavela Vargas y la música que todavía vive y vivirá, interpretando esta canción de Dolores Durán para reiterar sobre el dolor y la gloria.

¡Oye!

Quiero la estrella de eterno fulgor,

Quiero la copa más fina de cristal,

Para brindar la noche de mi amor

Y como las grandes novelas, los grandes cuentos, Dolor y gloria aparece con un final al mejor estilo de Woody Allen, sorprendiendo al espectador, reivindicando el arte, mezclando la fantasía y la realidad, defendiendo el cine como posibilidad de entender el mundo; como posibilidad de decirnos: que la vida por dura que parezca afortunadamente nos queda el arte, nos queda el cine.

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