¿Hacia la talibanización del poder local y regional?

¿Qué deviene en ese escenario? Quizás la derrota a la democracia, a la libertad política, con la transformación del ciudadano en un borrego más

Por: Ricardo Villa Sánchez
julio 17, 2019
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¿Hacia la talibanización del poder local y regional?
Foto: Leonel Cordero / Las2orillas

"Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios"— Mateo, 22,21.

En la historia de la humanidad los grandes conflictos han sido por la tierra, la raza y la religión. Quizás por ello, entre otras garantías de la democracia, la Constitución de 1991, estableció la libertad de cultos. Sin embargo, a pesar de que se ha diluido el poder de una iglesia, floreciendo muchas otras, al igual que diversas formas de pensamiento en el mundo de la vida, además de creencias, oportunidades y diálogos, no son las épocas oscuras, cuando aún no se habían roto las dos espadas, así algunos lo quisieran así. Esta es la época de la separación iglesia-Estado y de la democracia, en la que su bisagra es el pluralismo.

En las grandes y medianas ciudades de Colombia, parecería se padeciera una nueva versión del conflicto armado, social y económico, de tendencia urbana, basada en la disputa territorial por las rutas del narcotráfico, de la mafia y de la corrupción en el poder local, luego del cambio de gobierno. En ese contexto, en Santa Marta, por ejemplo, se cuentan más de setenta muertes violentas en los últimos meses y se dio un golpe a la democracia, con la omisión del gobierno nacional de nombrar alcalde encargado de terna del movimiento que eligió al alcalde suspendido. Además, seguro, también organizaciones armadas y hasta manzanas podridas de la fuerza pública, se agazapan para pescar en el río revuelta, que lleva a más de 700 líderes sociales, agentes políticos y excombatientes, asesinados a lo largo y ancho del país, desde que se suscribió el acuerdo de paz con las Farc.

Todo lo anterior, aunado a otras circunstancias, en este escenario en que se genera miedo y falta de certezas en la población, y sería un punto para la reflexión, emergen, como eventuales salvadores, movimientos políticos radicales, de raigambre religiosa, que agrupan a sus adeptos, sin diferenciar entre la moral, la ética pública y las normas, poniendo en el mismo saco a la actividad política que a la espiritual. Algunos con intereses particulares, otros que saltan del culto al parlamento, creando partidos políticos de organizaciones religiosas y hasta algunos, muy radicales que se escudan en partidos tradicionales o en movimientos alternativos, para cumplir su propósito de implementar un nuevo orden homogéneo y hegemónico.

Cuando se intentaron refrendar los acuerdos de paz fue el punto de inflexión. Bajo discursos separadores y hasta mentiras piadosas lograron el rechazo a los acuerdos, hasta fueron más allá al reencauchar ese poder recalcitrante y ajeno al diálogo de la ultraderecha, que hoy ostenta el gobierno nacional. Quizás para pagarle el favor, en esta ética elástica de la política nacional, han ocurrido una serie de extraños hechos políticos. Por ejemplo, en el contexto de las elecciones al Congreso de la República, que en nuestro país, le confiere personería jurídica a los movimientos políticos que superen el llamado umbral electoral, cuando ya se había sellado la posibilidad de una curul más para los sectores de oposición, y habrían hundido las curules para las víctimas en el posconflicto, apareció que había vencido un partido de estas características, alcanzando tres curules para la coalición de gobierno en el Senado. Con curiosidad y para la revisión, para las elecciones que se avecinan, estos sectores se han empoderado, quizás para evitar el estigma que lleva consigo el partido de gobierno, avalando a muchos de los más opcionados candidatos y candidatas a cargos uninominales y corporaciones públicas de elección popular, en las próximas elecciones locales y regionales, en alianzas, de seguro, no se conoce aún si en coavales, con los demás partidos que hacen parte de la coalición de derechas del actual gobierno.

Movimientos políticos que parten de iglesias que nacen en cualquier garaje, sectarios, dogmáticos, de tendencia disciplinar, que además hacen presencia, cooptan y juegan con la esperanza, arraigada a la espiritualidad, de las capas populares del país, pero que han logrado que salten, en corto tiempo, al poder económico y social, quienes las guían, de golpe, al paso de vencedores que van, terminarán dirigiendo los destinos de nuestras urbes y departamentos, quién quita si más adelante, hasta el país entero.

Guardadas las proporciones, parecería que deviene una talibanización del poder local y regional, en el que quizás estas sectas no son violentas con las armas pero sí con la palabra. Estas sectas, radicales en extremo, al punto de excluir a la diferencia. ¿Serán los que manejarán la inversión social y el erario en el próximo cuatrienio? ¿Qué deviene en ese escenario? Quizás la derrota a la democracia, a la libertad política, con la transformación del ciudadano en un borrego más de un rebaño.

 

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