El operativo contra 'bendito menor' terminó antes de que llegara el viernes 4 de septiembre. Pasadas las once y media de la noche del jueves, unidades de la Sijín, el Grupo de Operaciones Especiales de la Policía y una comisión de la Dijín que había viajado desde Bogotá cercaron una casa en el barrio Los Olivos de Riohacha, a pocas cuadras del aeropuerto Almirante Padilla. Adentro estaba Naín Andrés Pérez Toncel, conocido en La Guajira y en buena parte del Caribe con los alias de Naín o Bendito Menor.
Con él estaba su pareja, Rosa Angélica Tarazona, alias La Bebecita. Los dos estaban sentados en el sofá de la sala. En el patio, cumpliendo funciones de vigilancia, había un hombre del esquema de seguridad del cabecilla. El operativo que se extendió durante varias horas dejó cuatro muertos: Pérez Toncel, Tarazona y dos escoltas identificados de manera preliminar como Orlando, alias NN, y Kevin.
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Llegar hasta esa casa les tomó a las autoridades varias semanas de seguimiento. Pérez Toncel se había movido los últimos meses entre zonas rurales de la Sierra Nevada y sectores urbanos de Riohacha, cambiando de refugio constantemente. Sabía que era uno de los hombres más buscados.
Según fuentes de inteligencia, la pista definitiva para dar con su paradero llegó cuando encendió uno de los celulares que llevaba encima para hacer una llamada, lo suficiente para ubicarlo georreferencialmente. A eso se sumaron datos de informantes y de agencias externas, entre ellas la DEA, y una fractura dentro de su propia organización: los videos que subía a redes, retando a las autoridades y mostrando fusiles, motos y dinero, habían empezado a incomodar a otros mandos, que veían en esa exposición un riesgo para toda la estructura. No se descarta que parte de la información que permitió ubicarlo saliera de ahí adentro.

Pérez tenía 26 años. Era de Agustín Codazzi, Cesar. Su historia criminal arrancó en Santa Marta, donde empezó como sicario al servicio de alias Pinocho. En 2021 tomó el control de grupos urbanos en La Guajira y en 2025 quedó al mando del frente Javier Cáceres, la estructura de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada —heredera de lo que durante años se llamó Los Pachenca— con más peso en el departamento, con influencia que llegaba hasta los límites con Cesar y Magdalena. Bajo su mando, el grupo controlaba tramos de la Troncal del Caribe, Riohacha, Dibulla, Buritaca, Marquetalia y varios corregimientos de la Alta Guajira. Las autoridades lo señalaban por narcotráfico, extorsión y homicidios selectivos: el asesinato de cuatro personas el 31 de agosto de 2025 en La Punta de los Remedios, en Dibulla; un ataque armado contra la estación de Policía de Buritaca en noviembre del mismo año; la masacre de cinco personas en Maicao. También se le atribuía un episodio que corrió por toda la región: mandó cercenarle las orejas a un joven venezolano al que acusaba de abusar de una menor, el tipo de castigo con el que un jefe de estructura arma su reputación entre las comunidades que controla.
Pocos cabecillas del Caribe cultivaron una relación tan compulsiva con las redes como Pérez Toncel. No se limitaba a subir fotos con fusiles y fajos de billetes: convirtió su cuenta en una tribuna desde la que retaba directamente al poder. Le habló de tú a tú al entonces presidente Gustavo Petro en plena ofensiva militar contra su estructura, y siguió con el mismo tono cuando Abelardo de la Espriella llegó a la presidencia, burlándose en video de los operativos que la Fuerza Pública anunciaba en su contra.
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A la Policía y al Ejército los desafiaba directamente, publicando ubicaciones veladas o insinuando que ningún cerco lograría alcanzarlo. Esa exposición no era un gusto pasajero: dentro de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada generaba fricciones. Otros mandos de la estructura le reprochaban en privado esa obsesión por el protagonismo digital, convencidos de que cada video, cada transmisión desde una moto o una playa, dejaba un rastro que tarde o temprano terminaría por delatarlos a todos. Tenían razón: fue precisamente ese apetito por mostrarse el que terminó tejiendo buena parte del mapa que usaron los organismos de inteligencia para cercarlo, cruzando lugares, fechas y rostros que él mismo exhibía sin filtro.
Esa doble vida —jefe de una organización con capacidad de golpear a varios municipios del Caribe y, a la vez, protagonista de un perfil de redes cargado de motos, viajes y frases de desafío— marcó sus últimos meses. En junio circularon fotos suyas con Tarazona en una casa finca cuya ubicación nunca se supo. En julio los dos aparecieron en una caravana de motocicletas que recorrió Riohacha mientras la Policía todavía lo buscaba. En agosto subió un video pidiéndole matrimonio, y semanas después se casaron en una playa de Palomino, dos días antes de morir. Tarazona no era solo su pareja. Las autoridades la señalaban como responsable de administrar recursos y pagos dentro de la estructura, con funciones de logística y seguridad, y la describían como una de las mujeres más temidas de la región. Había sido capturada en septiembre de 2025 por el Gaula Militar y el CTI en Guachaca, zona rural de Santa Marta, y quedó con detención domiciliaria. Eso no la alejó de la organización ni de la vida pública: volvió a aparecer con Pérez Toncel en playas, centros comerciales y establecimientos nocturnos en los meses siguientes, como si la casa por cárcel fuera un dato más entre los videos.

Dos días antes del operativo circularon versiones de que Pérez Toncel ya había sido asesinado por integrantes de su propia organización, en medio de una disputa interna. El Estado Mayor de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada salió a desmentirlo. La confirmación oficial de su muerte, esta vez a manos de la Fuerza Pública, llegó horas después, cuando el presidente Abelardo de la Espriella aterrizó en el batallón Cartagena de Riohacha, hacia las siete y cincuenta de la mañana, para conocer de primera mano los detalles del operativo y anunciarlo al país.
Bendito Menor estaba entre los diez delincuentes más buscados de Colombia y era uno de los objetivos de alto valor que el propio mandatario había ordenado capturar o dar de baja. Su muerte deja sin uno de sus principales enlaces operativos a la estructura que comandaba en La Guajira, y las autoridades mantienen la vigilancia reforzada en la zona ante la posibilidad de que el vacío de mando derive en disputas internas por el control del frente.
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