El sol de la tarde caía sobre el Cantón Militar Pichincha, en el sur de Cali, cuando Abelardo De la Espriella subió a la tarima para dar su primer discurso como presidente de Colombia frente a las tropas. Así lo había planeado semanas atrás.
Detrás del presidente ya juramentado estaba un hombre de contextura gruesa y vestido de camisa clara que miraba con agilidad de lado a lado y que no se movió durante gran parte de la alocución en la que el nuevo mandatario hablaba de la Patria Milagro.
Ese hombre era Carlos Caicedo Páez, su jefe de seguridad. En algún momento, el edecán del presidente, un oficial de mayor rango, le pidió que se corriera porque su posición tapaba el ángulo de las cámaras oficiales. Caicedo hizo caso omiso, no se movió. Solo lo hizo minutos después, cuando el propio De la Espriella, sin dejar de hablar, asintió con la cabeza.

La escena resume mejor que cualquier explicación lo que ha sido el trabajo de Caicedo desde que empezó a cuidar a Abelardo de la Espriella, mucho antes de que las encuestas lo tomaran en serio como candidato y mucho antes de que alguien imaginara que terminaría gobernando el país.
Quienes lo conocen de cerca cuentan que dejó la Policía Nacional para dedicarse a la seguridad privada y también que llegó al esquema del entonces abogado cuando todavía era una figura mediática ni tenía aspiraciones presidenciales confirmadas. Con el tiempo, dicho trabajo se convirtió en la responsabilidad de mantener con vida al hombre que hoy gobierna el país.
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De Caicedo casi no hay registros públicos. No ha dado entrevistas largas ni tiene discursos propios. Su nombre aparece solo cuando algo sale mal o estuvo a punto de salir mal. Mientras De la Espriella construyó su carrera a punta de cámaras, columnas y trinos, Caicedo construyó la suya lejos de cualquier lente, resolviendo problemas que el país nunca conoció.
Instinto, rapidez y lealtad
Uno de esos problemas llegó el 10 de febrero de 2026, en plena campaña. Caicedo recibió una llamada anónima que advertía sobre un plan armado contra De la Espriella, atribuido al ELN, con supuestas acciones previstas en Bogotá y otras capitales.

La guerrilla negó tener algo que ver, pero él no esperó para actuar: trasladó la información a la Policía Nacional, activó los protocolos de verificación con los organismos de inteligencia y ajustó el esquema de movilidad del candidato en los días siguientes. Fue también quien salió a contar lo ocurrido: en ese momento no había nadie más autorizado para hacerlo.
Tres meses después, en mayo, la amenaza dejó de ser una llamada y se convirtió en una persona de carne y hueso. Durante un evento de campaña en Envigado (Antioquia), un hombre logró colarse entre el personal de seguridad haciéndose pasar por escolta. Llevaba binoculares, dispositivos electrónicos y anotaciones detalladas sobre la ubicación de la tarima y los puntos de acceso al lugar.
El equipo de Caicedo lo detectó antes de que pudiera acercarse más y lo entregó a la Policía. No fue casualidad. Los barridos previos en cada zona de evento y la verificación de cualquier persona sin identificación oficial dentro del esquema ya eran, para entonces, rutina impuesta por él desde meses atrás.
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Dicha rutina convirtió la campaña de De la Espriella en una de las más blindadas que se hayan visto en Colombia por fuera de una presidencia en ejercicio.
Un atril con vidrio blindado de 360 grados lo acompañaba en cada plaza pública, pensado para neutralizar el riesgo de un disparo a distancia. El chaleco antibalas pasó a ser una prenda más de su vestuario, puesta debajo del saco en cada aparición. Para los desplazamientos por tierra, el equipo armó lo que ellos mismos llamaban el búnker móvil, una caravana de camionetas con blindaje reforzado. En el aire, entre tanto, sistemas antidrones vigilaban cualquier aparato no autorizado sobre los eventos masivos.
Además, alrededor de cada tarima se instalaban mantas y vidrios balísticos. El despliegue humano llegó a sumar cerca de cuarenta personas entre agentes de la Unidad Nacional de Protección, escoltas privados y uniformados de la Policía Nacional.
Nada de eso desapareció el día en que De la Espriella dejó de ser candidato y pasó a ser presidente electo. Al contrario, se amplió. Con la posesión del 7 de agosto en Cali, la seguridad que maneja Caicedo se integró a los anillos de protección del Estado, coordinados con la Casa Militar, el Ejército y la Fuerza Aeroespacial.
A él lo nombraron jefe de protección presidencial, un cargo que en cualquier otro caso vendría con hoja de vida pública, entrevistas y perfiles detallados, pero que en el suyo sigue rodeado del mismo silencio que lo acompañó durante toda la campaña.
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Caicedo entiende que cuanto menos se sepa de él, menos vulnerable queda el hombre al que cuida. Por eso sus escoltas no se apartan de De la Espriella ni siquiera en los recintos cerrados, donde en teoría el riesgo de un ataque a distancia desaparece. Ahí, dentro de salones y auditorios, los hombres de su equipo cargan escudos balísticos portátiles, listos para interponerse entre el presidente y cualquier cosa que pueda pasar.
Hoy, la seguridad del primer mandatario de Colombia está, en la práctica, en manos de un expolicía que la mayoría de colombianos no reconocería si se lo cruzara en la calle. Un hombre que rompió el protocolo en la propia posesión presidencial porque no estaba dispuesto a distanciarse del presidente, a menos que él mismo se lo pidiera.
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