Las cajas iban y venían por los almacenes de dotación del Ejército, pero ninguna resolvía el problema. Había uniformes, cascos, cinturones y botas de todas las tallas, menos la que necesitaba el nuevo soldado.
Mientras en el pelotón sus compañeros ajustaban por primera vez el camuflado completo y estrenaban las botas reglamentarias, Óscar Julián Henao Ruiz seguía formando con zapatos. Durante casi dos meses, nadie encontró un par de talla 31. La institución, entonces, decidió mandarlas a fabricar especialmente para él.
Cuando se las entregaron, no eran simplemente unas botas nuevas. Eran la prueba de que había superado el primer obstáculo después de lograr lo que durante años parecía imposible: convertirse en soldado del Ejército Nacional con apenas 1,30 metros de estatura.
Esa es su historia de crecimiento personal. Antes de que alguien midiera su pie, ya habían medido su cuerpo. Y antes de que le confeccionaran unas botas, tuvo que convencer a oficiales y médicos de que su tamaño no era sinónimo de incapacidad.
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El niño que perseguía soldados del Ejército por las calles
También antes del uniforme, estaba la curiosidad. En Ciudad Bolívar (Antioquia), era común ver al pequeño Óscar interrumpir el camino cuando veía pasar a un militar. Se acercaba sin pena para preguntarle cómo era la vida dentro del Ejército, cuánto duraban las misiones, cómo se entrenaban los soldados y qué se sentía portar el camuflado.
Mientras otros niños soñaban con ser futbolistas o policías, él imaginaba su futuro entre formaciones militares y marchas. En su hogar, el inverosímil sueño tenía un referente cercano: su hermano mayor ya era soldado profesional. Cada vez que lo veía regresar con el uniforme puesto, Óscar confirmaba que quería seguir -exactamente- el mismo camino.
Fuera de casa, sin embargo, la reacción era diferente. Más de uno se burlaba al oírlo decir que algún día sería militar. Con su baja estatura, pocos creían que pudiera soportar el entrenamiento o cargar un fusil en las montañas antioqueñas.
El "no" del Ejército que duró apenas ocho días
Aquellos comentarios terminaron convirtiéndose en un incentivo más que en un obstáculo. Un 20 de enero de un año que no logra recordar, salió de su casa casi en silencio. No quiso decir que iba rumbo al proceso de incorporación. Solo comentó que pasaría la noche en otro lugar. En realidad, llevaba una maleta pequeña y un sueño que había preparado durante años.
La respuesta llegó semanas después: no era apto. Los exámenes concluían que su estatura no cumplía con los parámetros establecidos para ingresar al Ejército. Cualquier otro habría entendido aquel resultado como el final del camino. Óscar hizo exactamente lo contrario.
Ocho días después volvió a presentarse en la Séptima División. Explicó nuevamente que aquello no era un impulso pasajero, sino el proyecto de vida que llevaba construyendo desde niño. Insistió hasta que aceptaron revisar otra vez su caso.
La institución decidió practicarle nuevas valoraciones físicas y emocionales. Los resultados mostraron que estaba en óptimas condiciones de salud y que podía asumir las exigencias del servicio militar. Entonces, como un acto reflejo, llegó el “sí” que había salido a buscar por segunda vez con la determinación de un soldado en batalla.
Adaptarse para seguir adelante
Los primeros días confirmaron que el ingreso era apenas el comienzo. Aunque no había botas para él y su uniforme necesitó ajustes, la vestimenta no fue el único problema en este sueño que estuvo a punto de volverse pesadilla.
Durante la práctica de tiro, apareció un nuevo reto. Al sostener el fusil, descubrió que sus manos no alcanzaban cómodamente la empuñadura, por lo que debía sujetarlo por el proveedor. La escena llamó la atención de varios compañeros, quienes terminaron ayudándolo a encontrar la posición adecuada hasta completar el ejercicio.
Nada de eso modificó las exigencias del entrenamiento. Marchó, aprendió disciplina, superó las jornadas físicas y se adaptó al ritmo militar como cualquier otro integrante de su contingente.
Soñaba con ser soldado, lo rechazaron por su estatura, persistió y hoy está aquí cumpliendo su sueño, sacando adelante a su familia y siendo un ejemplo para todos.
— General Juvenal Díaz (@GralJuvenalDiaz) September 9, 2022
Gracias Oscar Henao por su cariño, por su lealtad, por su compañía y por ese amor por el Ejército y por su mamá. pic.twitter.com/4GyDOhs229
Del batallón al escritorio del comandante
Con el paso de los meses, las dificultades del entrenamiento empezaron a quedar atrás. Las botas hechas a la medida ya formaban parte de la rutina, el fusil dejó de parecer un obstáculo y las marchas, que al comienzo exigían un esfuerzo adicional, terminaron convirtiéndose en una jornada más dentro del servicio.
Poco a poco, los oficiales comenzaron a conocer al joven que había insistido dos veces para ingresar al Ejército y que nunca utilizó su estatura como argumento para pedir un trato diferente.
Fue entonces cuando recibió una nueva responsabilidad. Dejó el municipio de Andes y fue trasladado a Medellín para integrar el equipo del entonces comandante de la Séptima División, el brigadier general Juvenal Díaz Mateus.
No era un cambio menor. Pasaba de las labores propias de un soldado en formación a convertirse en el ayudante de campo del oficial que dirigía las operaciones de una de las divisiones más importantes del Ejército Nacional.
Desde ese momento, sus días empezaban incluso antes que los del comandante. Mientras otros militares llegaban a la sede, Óscar ya verificaba que el computador estuviera encendido, la tableta cargada, las carpetas organizadas y cada documento ubicado en el lugar correcto.
Su trabajo consistía en que la agenda del general transcurriera sin contratiempos, recordarle reuniones, preparar encuentros y permanecer disponible para cualquier requerimiento durante la jornada.
Uno de los sueños más grandes de Óscar Julian Henao era ser soldado. Aunque tuvo que presentarse dos veces al servicio militar, no permitió que su estatura, apenas 1.30 cm, fuera un obstáculo. Henao es hoy el soldado de más baja estatura. Esta es su historia ⬇ pic.twitter.com/bKFCE90OSj
— El Colombiano (@elcolombiano) August 25, 2022
Los vuelos que nunca imaginó
Ese nuevo rol también le permitió conocer otra faceta de la vida militar. Acompañó al brigadier general en distintos desplazamientos oficiales y, por primera vez, subió a un helicóptero y un avión. Recuerda que durante los primeros minutos de vuelo apenas miraba por la ventana mientras intentaba ocultar el nerviosismo.
Los integrantes de la tripulación notaban su tensión y buscaban tranquilizarlo con conversaciones y explicaciones sobre el recorrido. Con el tiempo, aquellos viajes dejaron de producir miedo y pasaron a formar parte de su rutina de servicio.
En su teléfono conserva fotografías de esos recorridos, de las ceremonias militares y de los días en los que acompañó al comandante. También guarda imágenes de los primeros meses con el uniforme, cuando todavía esperaba las botas hechas para su talla.
Hoy, antes de iniciar una nueva jornada militar, se inclina para ajustar los cordones de ese calzado que un día hubo que fabricarse especialmente para él. La escena dura apenas unos segundos y pasa inadvertida para quienes lo rodean. Sin embargo, detrás de ese gesto cotidiano permanece la historia de un joven que escuchó varias veces que no podía ser soldado, regresó ocho días después de ser rechazado y terminó encontrando un lugar dentro del Ejército Nacional.
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