Entre marimba, guasá y cununo crecieron Martha, Emeterio y Diego. Los tres hermanos Balanta iban pegados de sus padres y tíos en cada fiesta o toque que tenían en Timbiquí, aprendiendo su música de la forma más inesperada.
Son recuerdos que aún recorren la memoria de los tres, ahora que ya piensan en dejar la música. No lo hacen por voluntad propia, sino por el olvido, por el descuido de un Estado que dejó de darle prioridad a lo tradicional. Aunque la música nunca saldrá de sus venas, por ellas corre una herencia que hoy les permite conectar con sus ancestros cada vez que toman sus instrumentos.
Todos los conocen en Timbiquí. Basta con caminar junto a ellos unos minutos para que algún pariente o conocido les ofrezca un saludo. Quien llega a este municipio puede preguntar y recibirá una respuesta clara sobre quiénes son los Balanta, aunque en las ciudades poco se hable de ellos.

“Yo no soy cantora, ay ay por Dios, como las de arriba, pero siempre canto, aunque con fatiga. Pero siempre canto, aunque con trabajo”.
Este apellido lleva más de 100 años presente en el Pacífico colombiano. Su música acompañó el crecimiento de un pueblo que hoy resiste. Un lugar donde la minería ha causado estragos y la música ha perdido terreno. Un espacio donde la tradición ha dejado de importar, que solo a través de relatos y voz a voz evita caer en el olvido.
Los tres hermanos Balanta que resisten para que no se pierda su tradición
Emeterio, Martha y Diego recorren hoy las calles de su pueblo como cualquier otro habitante. En Timbiquí los respetan, pero parece que muchos dejaron de lado lo que su apellido significó durante décadas -y sigue significando- para la cultura del Pacífico.
Algunos viven de sus escuelas de música, otros de sus tiendas o de los toques que todavía aparecen. Sin embargo, para ellos, el dinero jamás fue lo importante. Su conexión con la música va mucho más allá.
Cuando los tres tocan, logran una conexión con el mundo espiritual y natural que pocos artistas podrían alcanzar. El bombo y el cununo se combinan con sus voces rasgadas, capaces de estremecer a quien nunca ha tenido la fortuna de escuchar la música tradicional heredada de África.
Es algo que no se aprende: se hereda. Lo descubrieron siendo apenas unos niños, cuando a Emeterio y Diego les tocó construir un bombo con cocos y una flauta con el tallo de una papaya. No es algo que se enseñe en los colegios ni una pasión que se aprenda en una universidad. Las circunstancias los obligaron, pero fue justamente lo que necesitaban para mantener viva una tradición que todavía resiste.

A Emeterio lo cautivó el cununo desde muy pequeño, escuchando su sonido durante las fiestas de Navidad. Martha, por su parte, creció entre las calles donde se vendía pescado en Buenaventura y la explotación maderera de López de Micay. Su voz era refugio y llenaba de cantos las calles de Timbiquí, un talento heredado de sus tías, con quienes muchas noches de diciembre la familia amanecía cantando.
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Mientras tanto, Diego heredó el toque de Tomasito Balanta, su tío, de quien se dice murió víctima de un embrujo lanzado por un rival del tambor, un hechizo que nadie pudo romper.
"En mi tierra tocan bombo, pero no tocan así. Así, así. Voy para Timbiquí. Y también tocan cununo, pero no tocan así. Así, así. Voy para Timbiquí."
La llegada de la familia Balanta a Timbiquí
La dinastía Balanta es mucho más grande de lo que muchos imaginan. La historia cuenta que llegó a Timbiquí en 1910. Eran tantos que el entonces alcalde, José Antonio García, tuvo que asignarles un terreno propio. Entre cantos e instrumentos, levantaron sus ranchos, aunque con el tiempo se trasladaron a un sector conocido como El Pasto. Allí, la familia creció y la tradición también.
Su apellido se convirtió, con el paso de los años y las melodías, en un símbolo de la cultura del Pacífico. Durante décadas, la música marcó el ritmo de la vida en Timbiquí. Incluso se dice que el verdadero punto de encuentro del pueblo no era el parque principal, sino la tienda de "Don Eme", como todos conocen a Emeterio.
Allí -entre viche, bombos, cununos y guitarras-, se armaban las parrandas que durante años hicieron vibrar al municipio. Sugiero poner alguna letra acá. Sin embargo, hoy esa tradición ya no ocupa el mismo lugar. Ellos, aun así, siguen resistiendo. Todavía los llaman para participar en toques, festivales como el Petronio Álvarez —que incluso han ganado— y otros encuentros culturales.
Su mayor lucha no es subir a un escenario, sino evitar que la tradición desaparezca. Enseñan lo que aprendieron escuchando, lo que descubrieron a punta de curiosidad y travesuras.

Foto: Julián Gallo
Quizá ya no canten con la misma frecuencia que antes, pero cuando lo hacen, Timbiquí parece detenerse. El desgarro de sus voces da la sensación de traer de vuelta a los ancestros, haciendo que no solo suenen los instrumentos, sino que también cobren vida las emociones.
Hoy poco se habla de estos tres hermanos. Sin ellos, buena parte de esa tradición habría desaparecido hace mucho tiempo y, difícilmente habrían surgido referentes como Herencia de Timbiquí o Nidia Góngora, artistas que encontraron inspiración en los Balanta y aprendieron, gracias a ellos, que la música también puede ser una forma de mantener viva la memoria de un pueblo.
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