El entierro no podía empezar sin Ximena Céspedes, madre de la difunta, quien no se había querido bajar del carro por temor a escuchar el golpe seco del ataúd contra la tierra que le confirmaría la muerte de su hija.
A primera vista, Allan era el yerno que todo suegro espera para su hija: un muchacho de buenos modales, buen conversador, deportista, que se ganó el premio de excelencia en el colegio. Pero, entre las inagotables virtudes del joven, ocasionalmente se escapaban unos cuantos desatinos que no parecían revelar más que su inexperiencia en las cuestiones del amor.

Poco a poco, mientras el mundo entero empezaba a levantarse de los golpes de la pandemia, en silencio, la relación de Allan y Ana María entraba en las oscuras tinieblas de los celos, las cuales destapaban la faceta más perversa de aquel muchacho aparentemente ideal.
En el entierro estaban presentes Tatiana y José Manuel, los tíos de Ana María que vivían en Colombia. Ella, una abogada exitosa casada con un economista que había sido nombrado como ministro de Comercio y Hacienda en el entonces gobierno de Iván Duque. Una relación admirable que además de conseguir éxito profesional, llevaba veinte años haciendo milagrosos encuentros de pareja que salvan hasta el matrimonio más perdido.

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Ana María había decidido terminar definitivamente con Allan en septiembre de 2023. El noviazgo había caído en un insalvable abismo de desconfianza, reclamos y dolorosas rupturas. Además, Ana María estaba empezando a estudiar medicina y se estaba dando la oportunidad de conocer un nuevo amor.
Como estaba pronosticado, Ana María terminó con Allan. La ruptura transcurría con aparente normalidad. El joven intentó reconquistar su corazón enviándole un sinfín de regalos, pero ni los chocolates más costosos lograron torcer la voluntad de la joven.

Ante la insistencia de su esposo, Ximena Céspedes tuvo que bajarse del carro. Encima del cajón de su hija estaba un peluche de Snoopy que ella le había regalado. El sacerdote empezó el funeral. Una lluvia de girasoles cayó sobre la última morada de Ana María. Los familiares de la joven se retiraron cargando sobre sus hombros un vacío tan denso que se tragó todas las palabras.
Era 15 de septiembre. Todo México estaba de fiesta conmemorando la noche de 1810 en la que gritaron independencia por primera vez. Ximena y su esposo destaparon una botella de vino, mientras se miraban absortos, tratando de asimilar el desastroso deceso que tuvo el viaje de aniversario que habían aplazado por casi tres años.
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Unos mensajes de WhatsApp, en los que Allan dejaba en evidencia su macabra obsesión por Ana María, fueron la prueba para que la Policía lo capturara antes de que se montara en un avión, con destino a Alemania, pocos días después del feminicidio.

El largo camino de duelo en busca de justicia por Ana María
Desde aquella noche en la que un inexistente número llamó al teléfono de su esposo, Ximena no ha dejado de llorar el feminicidio de su hija. Con los ojos arenosos ha luchado porque el caso no se quede en la impunidad.
Además, con su hermana Tatiana y su cuñado José Manuel, actual vicepresidente electo de Colombia, abrieron la Fundación ‘Naná’, en honor a Ana María. El espacio está dedicado a brindar ayuda temprana a las mujeres que se encuentran amenazadas por sus parejas o exparejas sentimentales.
Mientras tanto, José Manuel Restrepo cuenta con orgullo que con su esposa ya han salvado varios matrimonios. Los encuentros son cada tres o seis meses, y están guiados por un testimonio que el vicepresidente electo le comparte a los asistentes para que se motiven a conversar.
El 7 de agosto, cuando empiece el periodo legislativo del nuevo gobierno, Restrepo continuará con su labor de gurú del amor, mientras dirige el país junto a Abelardo de la Espriella. Por su parte, Allan seguirá recluido en la cárcel de Barrientos, ubicada en Tlalnepantla de Baz, donde continúa el proceso de juicio. Mientras que, Ximena Céspedes espera que se haga justicia en el caso de su hija.
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