Desde cuando en Colombia se instauraron las concesiones para construir carreteras, el panorama de la comunicación vial cambió radicalmente. Era obviamente un negocio en donde todos ganábamos, los ciudadanos, los consorcios viales y las finanzas públicas. La gran mayoría resultaron bien construidas, bien administradas y mucho mejor cuidadas. Algunas pocas resultaron chimbísimas y las concesiones se revirtieron al estado. En casi todas se exageró con el número de los peajes y en algunas regiones desacostumbradas a pagar por transitar las vías públicas, comenzaron a surgir las protestas hasta volverse herramienta de batalla cívica o social.
Invias tienen que pagar además los peajes de la corrupción burocrática
Coincidiendo con el comienzo del gobierno Petro que buscó estatizar lo que se había privatizado, las concesiones viales se han ido desmontando aprovechando el cumplimiento de los tiempos para las cuales fueron establecidas. Eso sí, a todos nos echaron el cuento de que Invías las asumiría no solo para seguir cobrando peaje sino para garantizar su mantenimiento. Puede que para ello estén contratando esos servicios porque el Invías no tiene ni la maquinaria ni el personal para atenderlas. Pero de allí a que lo estén haciendo bien, hay mucho trecho y las entonces carreteras mantenidas eficientemente por las concesiones, se están desbaratando de a poquitos. Una de las razones para que eso suceda es porque mientras los concesionarios privados invertían el monto captado por el peaje en el mantenimiento de los corredores asignados, Invías recoge los cobros de uso en 38 carreteras bajo su responsabilidad y hace una bolsa común para después pagar a los contratistas que las administran y mantienen. Pero como esos contratos que hace Invias tienen que pagar además los peajes de la corrupción burocrática, la plata nunca alcanza y el mantenimiento es deficiente. En otras palabras es el fracaso de Invias y una evidencia de la bondad de las carreteras por concesión.
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