Es un resultado que consolida una catástrofe o una tragedia.

Smiling elderly man with glasses and a gray beard in a grayscale portrait. - El resultado de las elecciones

Es un resultado que consolida una catástrofe o una tragedia.

No necesariamente por el resultado en sí mismo.

Para unos lo que deja el gobierno Petro es ‘el peor momento de la historia’. Para otros la historia ha concretado unas condiciones que hacen que tengamos una sociedad invivible e inviable por lo injusta y excluyente, y la continuidad de estas instituciones garantiza la continuidad de esas condiciones. Para todos el momento es de maximo pesimismo.

Y también hay unanimidad en que el nivel de polarización presenta todas las posibilidades de tender hacia una situación más grave.

Pero la inquietud que sí aparece es si el resultado con la elección de Abelardo de la Espriella nos mejorará o nos deteriorará lo que vivimos.

La premisa mayor tal como se presenta es que “ganó la institucionalidad”.

Se reivindica que la institucionalidad operó y que gracias a eso no pudo Petro adelantar los cambios que intentaba.

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Lo cual implica, pero al mismo tiempo se omite, es que la realidad de lo que hoy  vive el país hoy es el fruto de la institucionalidad que tenemos.

Esto de por sí tiene algo de tragedia.

Lo tiene para los que se guían por el ‘catastrofismo’ promovido por la oposición al gobierno, quienes creen que de verdad los niveles de inseguridad, de descalabro económico, de crisis del sistema de salud, de imagen internacional y de Relaciones Exteriores deterioradas, de inminencia de racionamiento energético, nos han colocado en uno de los peores momentos de la historia.  

Tragedia por supuesto sería que la ‘subversión social’ (promovida o espontánea) con el miedo a la cual se motivó por ambas partes la votación (para despertar miedo a ella o para amenazar con ella), se concrete y caigamos en una guerra civil (declarada o no).

Porque tragedia lo es sobre todo para quienes han ido avanzando y quienes debían avanzar en términos de inclusión y justicia social; para quienes pierden la esperanza de mejorar sus condiciones de vida, para quienes ven desaparecer la expectativa de participar en los beneficios de pertenecer a una sociedad en la cual el principio de solidaridad les ofrece una panorama más optimista que lo que la historia les ha dado hasta ahora.

Por dónde se mire se puede ver como tragedia.

La opción de salir de esa mala situación sería salir de Guatemala para Guatepeor: que se impusiera  el ‘programa’ del candidato ganador: retirarnos de los órganos internacionales (ONU, OEA, OIT, ETC.), abandonar el camino del diálogo en búsqueda de la Paz,  construir megacarceles para recibir deportados de EE UUU, eliminar la Justicia Especial para la Paz, bombardear reductos criminales y fumigar con glifosato las miles de hectáreas de los campesinos, acabar con el izquierdismo (‘destriparlo’), siguiendo la filosofía política de Trump (la cual ha aterrorizado al mundo), pero advertidos que será “por la razón o por la fuerza”.

La mejor expectativa que tenemos es la falta de capacidades para lograrlo. La habilidad del elegido no se discute. Los resultados lo dicen.  Los cuestionamientos a sus antecedentes podrían venir al caso aunque no se convertirían en presagio de peores momentos.

Pero una cosa es ganar unas elecciones con grandes inversiones, con excelente campaña comercial, con el cuasi monopolio de la desinformación de los medios institucionales, y otra el subir al poder preciándose de que su éxito personal le garantiza al país su capacidad como gobernante.

Al igual que las promesas de reducir en 40 % la burocracia oficial, o de sanear en tres meses el sistema de salud, o de cumplir las pocas ofertas vagas y sin sustento de lo que sería la “patria milagro”, lo que poco se ve posible es que sin ningún equipo, sin ningún programa, sin ningún congresista, sin ningún conocimiento del funcionamiento administrativo o político del Estado pueda adelantar lo prometido; a menos que para volverlo posible caiga en las mismas prácticas y con los mismos actores que ha descalificado y declarado enemigos. En ambos casos no dejaría de ser una tragedia.

Del mismo autor: El abanico del espectro político

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Por Juan Manuel López

Es analista político-económico, estudió Economía Política en la Universidad de Sydney en Australia. Ha sido columnista para KienyKe, Dinero.com y El Heraldo.