En tiempos de crisis de civilización y riesgo de la vida en al planeta, Colombia necesita una ciudadanía vigilante, organizada y capaz de cuidar la democracia.

 - Colombia después de las urnas

Las elecciones terminaron, pero el país apenas comienza un nuevo tiempo. Más allá del resultado, algo se mueve en Colombia. Hay señales que invitan a la preocupación y otras que merecen ser defendidas porque hablan de la vitalidad democrática de nuestra sociedad.

Preocupan algunos anuncios y los primeros gestos del nuevo gobierno. Resulta inquietante la intención de reducir el papel del Estado justamente cuando amplios sectores sociales continúan demandando respuestas en materia de educación, salud, trabajo, cuidado y protección social. También generan preocupación los mensajes que parecen privilegiar respuestas centradas exclusivamente en la seguridad, mientras se debilitan los lenguajes de la convivencia, la construcción de paz y la resolución democrática de los conflictos.

Inquietan igualmente las perspectivas de un nuevo impulso al extractivismo, a la expansión de economías que profundizan el deterioro ambiental y a políticas que históricamente han incrementado la conflictividad en muchos territorios rurales. Colombia necesita producir riqueza, pero también proteger los ecosistemas que sostienen la vida y reconocer que el desarrollo no puede construirse sacrificando comunidades, culturas y bienes comunes.

Tampoco sería una buena noticia que la mitad del país que no acompañó al gobierno entrante fuera convertida en enemiga política. Una democracia madura reconoce la diferencia, escucha las críticas y comprende que la oposición hace parte de la institucionalidad democrática. La violencia simbólica, los estigmas y la descalificación permanente sólo profundizan las fracturas que el país arrastra desde hace décadas.

A pesar de las controversias y de las denuncias que deberán ser investigadas con el rigor institucional correspondiente, el proceso electoral permitió una transición democrática. La ciudadanía acudió masivamente a las urnas, disminuyó la abstención y millones de personas expresaron, desde posiciones distintas, su voluntad de participar en la definición del rumbo nacional.

Ese dato no es menor. Una sociedad que vota, que debate, que marcha, que reclama derechos y que exige ser escuchada sigue siendo una sociedad viva. Los movimientos sociales, las organizaciones comunitarias, las redes ciudadanas y los liderazgos territoriales continúan demostrando que la democracia no termina el día de las elecciones; apenas cambia de escenario. Quizá el desafío más importante comienza ahora.

Será necesario cuidar la democracia todos los días

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Será necesario cuidar la democracia todos los días. Cuidarla significa defender las libertades públicas, proteger la autonomía de las instituciones, exigir transparencia, acompañar las luchas sociales legítimas y fortalecer los espacios donde las personas aprenden a deliberar sin convertir la diferencia en enemistad.

También será tiempo de fortalecer las economías populares y solidarias, el trabajo comunitario, las iniciativas ambientales, la organización barrial y todas aquellas experiencias que producen bienestar colectivo desde abajo. La democracia no se sostiene únicamente en los gobiernos; también descansa en la capacidad de la sociedad para organizarse, cooperar y construir confianza.

Si aparecen prácticas autoritarias, habrá que responder con inteligencia democrática, con argumentos, con movilización pacífica y con organización ciudadana. No desde el odio, porque el odio termina pareciéndose demasiado a aquello que pretende combatir.

Los próximos años exigirán firmeza, vigilancia democrática y capacidad de diálogo. La mejor manera de cuidar a Colombia será cuidar la vida, los territorios, las instituciones democráticas y la posibilidad de seguir conviviendo en medio de nuestras diferencias.

Quizá eso sea lo más importante de este momento histórico: comprender que los gobiernos pasan, pero la responsabilidad de sostener la democracia siempre permanece en manos de la ciudadanía.

Del mismo autor: El voto como acto responsable

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Por Jesús Darío González Bolaños

Es caleño, investigador social, Doctor en Antropología de la Universidad del Cauca, Maestro en Filosofía, con estudios de especialización en Comunicación y Cultura, y en Pensamiento Político Contemporáneo, Trabajador Social de la Universidad del Valle. En el sector público ha ejercido como coordinador de cultura de los DDHH de la Defensoría Regional del Pueblo en el Valle del Cauca, asesor de Participación Ciudadana, director del Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente - DAGMA, secretario de Gobierno, gerente encargado de EMCALI y secretario de Bienestar Social en la Alcaldía de Cali.