En el extremo este de la República Dominicana, dentro de uno de los complejos privados más herméticos del Caribe, hay una mansión que lleva casi siete años sin dueño oficial. La vegetación la fue comiendo despacio, primero los jardines, luego la piscina de borde infinito, después los balcones. Hoy, Villa la Caracola, una casona de dos pisos, de más de 3.000 metros cuadrados en ruinas discretas, rodeada de mansiones impecables cuyos propietarios prefieren no hablar de sus vecinos.
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Capcana no es un lugar al que se llega por accidente. Está en el distrito turístico de Verón Punta Cana, en la costa este de la isla, y sus accesos están controlados al punto de que tener dinero no garantiza la entrada. Dentro del complejo hay campos de golf, marina propia, seguridad privada las 24 horas y un tipo de silencio que solo existe donde el dinero ha comprado también la tranquilidad. Es ahí, con vista al Mar Caribe y a unos minutos de los hoyos del campo de golf, donde quedó enclavada la propiedad que las autoridades de Estados Unidos atribuyen a Nicolás Maduro.
La historia del inmueble tiene el trazado habitual del dinero que necesita ocultarse. La mansión fue adquirida en un primer momento por unos 13 millones de dólares. Más tarde fue revendida por cerca de 18 millones. A nombre de quien aparecía en los registros era Samark López, empresario venezolano que el Departamento de Justicia de Estados Unidos señaló como testaferro de Maduro, es decir, alguien que presta su nombre para que otra persona pueda ser dueña de algo sin que nadie lo sepa. López, según esa misma acusación, operaba como representante de los intereses de Tarek El Aissami, exvicepresidente venezolano, dentro de una red que habría acumulado más de 700 millones de dólares en activos que incluían aviones privados, joyas, propiedades en Florida y una granja de caballos.
El 12 de mayo de 2019, agentes de Estados Unidos incautaron Villa la Caracola con autorización del gobierno dominicano. Esa colaboración fue indispensable: Washington no tiene jurisdicción para actuar dentro de otro Estado soberano, de modo que el allanamiento requirió el respaldo formal de las autoridades de República Dominicana. Desde entonces, la propiedad quedó en manos de la justicia norteamericana y nadie volvió a habitarla.
Lo que ocurrió en los meses previos a esa incautación alimentó rumores que nunca fueron confirmados del todo. En 2019, Venezuela atravesó uno de sus períodos de mayor inestabilidad. La oposición, encabezada por Juan Guaidó, disputó abiertamente el poder a Maduro y hubo semanas en que el régimen pareció a punto de colapsar. En ese contexto, se dijo que Cilia Flores, esposa de Maduro y figura central del gobierno venezolano, abandonó Caracas en un avión facilitado por el gobierno ruso y se refugió en Punta Cana, concretamente en Villa la Caracola. Maduro lo negó. Así como también negó y hay negado que la propiedad le perteneciera.
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Sus desmentidos no convencieron a los fiscales norteamericanos. Pam Bondi, entonces fiscal general de Estados Unidos, señaló la mansión como parte de un entramado diseñado para esconder la riqueza del régimen venezolano en el exterior. El inmueble, con sus nueve habitaciones, diez baños, terrazas múltiples y ascensor propio entre los dos niveles, no encaja con la imagen de austeridad que Maduro ha proyectado históricamente frente a la crisis que vive su país.
Dentro, después del allanamiento, quedaron rastros de lo que fue y de lo que se llevaron. Una nevera industrial sigue en la cocina. Una caminadora oxidada en lo que fue el área de ejercicios. Cables sueltos donde había aires acondicionados, pantallas de plasma y equipos que desaparecieron. En el segundo nivel, en lo que habría sido la habitación principal, los cajones están abiertos. Según versiones que circularon en ese momento, al momento del allanamiento se habrían encontrado efectivo, joyas y prendas de lujo.
La piscina todavía existe. Ya no se ve el mar desde sus bordes porque la vegetación creció sin que nadie la podara. Hay escaleras que bajan hacia ella, muebles de exterior que la humedad convirtió en otra cosa, y el sonido del viento entre hojas que nadie plantó. Capcana sigue siendo uno de los complejos más exclusivos del Caribe y allí adentro Villa la Caracola sigue siendo, oficialmente, de nadie.
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