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Opinión

La nueva Locombia

El petardo Odebrecht le cae en la cara a Santos y Zuluaga; la cosa tiene toda la pinta de pasar, como el caso ocho mil, al triste olvido

Por:
febrero 17, 2017
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Cuando se dio el bien sonado caso de ingreso de dineros de la mafia de Cali en la campaña presidencial de Ernesto Samper Pizano, con pruebas a diestra y siniestra que daban pie para hacer el guion de una gran película, de esas en donde el cinismo y el sarcasmo, junto con la falsa inocencia son las protagonistas, y en donde todos decíamos el tipo ya se cayó, que no hay espaldas tan anchas que soporten tantos artículos del Código Penal, tristemente nos dimos contra el piso cuando pasó el tiempo y no ocurrió nada.

Tan no pasó nada que al cabo de los años y gracias a su discurso fácil de socialdemócrata de avanzada, hasta con principios de izquierda, él es un referente de nuestra cultura política y los países del mundo bolivariano le siguieron la caña y fue designado Presidente con mayúsculas de una cosa inservible que les dio por llamar Unasur.

Y ahora ese mismo petardo le cae en la cara a Santos y Zuluaga, los dos principales contrincantes de la pasada campaña presidencial y, sin perjuicio de los tres o cuatro peces medianos que caen en las redes judiciales, la cosa tiene toda la pinta de pasar, como el caso ocho mil, al triste olvido.

 

La mordida conlleva a los elementos que corroen
lo que debería ser el ejercicio de la política de servir a la sociedad convirtiéndola en algo de dos palabras: Soborno y Corrupción.

 

Ya no se trata de platas del narco, sino de algo tal vez peor: un conglomerado empresarial que hace obras de infraestructura por toda América Latina bajo el requisito indispensable de la tajada, de la mordida, que conlleva a los inevitables elementos que corroen lo que debería ser el noble ejercicio de la política de servir a la sociedad convirtiéndola en algo que tiene solo dos palabras: Soborno y Corrupción.

¿Solución a la vista?  No se ve, gritos apagados que se oyen mientras las doscientas Odebrecht pequeñas, medianas y grandes  siguen bailando ajenas a la triste realidad.

Y solución a la vista no hay si recordamos el valor en miles de millones que cuesta una campaña política, ya sea para acceder a la presidencia o un humilde cargo de concejal en un pueblo montañoso.

En suma, mientras ser político no sea concebido como una actividad normal y corriente de gente desinteresada en la tajada y el porcentaje por mi intervención, cuya única función sea la de servir a la comunidad, pues no hay solución.

Y tampoco puede creerse en las soluciones tipo Lampedusa de quien ofrezca cambiar todo, encaminado en últimas a que todo siga igual.

Y hablando de

Y hablando de  cosas agrias, y como la corrupción conlleva necesariamente a que los recursos públicos se agoten, pues los bogotanos estamos obligados a esperar otros veinte años para ver si alguna vez se hace un metro.

¿Y los dineros gastados en los estudios del metro elevado?  Imagino que en ello se habrán ido varios trillones

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