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El pequeño Elmer y su vida en el Frente de Guerra Occidental del ELN en Chocó

La periodista Andrea Aldana cuenta la historia de este niño que se creía secuestrado pero es el hijo del comandante Bernardo y una hija Emberá

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Febrero 16, 2017
El pequeño Elmer y su vida en el Frente de Guerra Occidental del ELN en Chocó

Escucho la voz de un niño, pero entre tantas voces no sé si oí bien. Es miércoles 18 de enero y asisto a una reunión para hablar sobre el proceso de paz con el ELN, encuentro en medio de la selva del Chocó en el que dialogan un grupo de comandantes de esta guerrilla, León Valencia, Ariel Ávila, analistas políticos cabezas de ELN y yo. Aunque la conversación es importante, el pequeño me distrae, lo busco con la mirada y nada; follaje, manigua a donde quiera que se mire. Cuando desisto, suena otra vez; ahora es una risa infantil.

Aprovecho la pérdida de atención, me distancio del grupo y me dirijo hacia una guerrillera que presta guardia, le pregunto hacia cuál parte del monte me puedo dirigir para usarla como baño, una en donde no me vaya a encontrar otros guardas guerrilleros. Ella me señala un sitio pero la voz del niño vuelve a sonar.

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¿Ese es un niño? ¿Hay un niño acá? ¿Esa voz es de niño? ¿Estamos cerca de alguna comunidad?

— ¿Un niño?

— Esa es la voz de un niño. Estoy segura— digo afinando el oído.

— ¿Eh? Ah, sí. Eh, este… es que cerca tenemos una visita y, pues, eh, tienen a un niño.

Anabel, la guerrillera, me responde visiblemente confusa y aunque me parece raro doy por zanjado el asunto y me retiro a buscar mi baño sin hacer más preguntas. La voz infantil se escucha de nuevo entonces me pregunto quién diablos trae un niño a la selva.

***

Acá hay muchas historias, ojalá pudieras quedarte unos días y recorrer varios lugares para que las conozcas—, me dice John, un guerrillero de rostro juvenil y fácil sonrisa, luego de contarme que él estuvo en los enfrentamientos de Comuna 13 en Medellín, durante la operación Mariscal del año 2002, cuando apenas tenía 16 años. — Por ejemplo, acá está Elmer. ¿Sí sabes quién es Elmer? El supuesto niño que nosotros secuestramos.

Quiero averiguar más de las milicias de Medellín, de la operación Mariscal, de la operación Orión, pero las palabras niño y secuestro me hacen caer en el morbo de preguntar por esa historia.

¿Cuál niño?

El año pasado RCN y Caracol hicieron escándalo y dijeron que el ELN había secuestrado a un niño en el Chocó. Pusieron a la mamá del niño a hablar en cámara y todo. Ella era una guerrillera que se acogió a la reinserción pero quedó embarazada estando acá. Yo creo que lo vas a conocer.

John termina de hablar y yo imagino que habla de unos de esos casos de menores de edad que suelen incorporarse a la guerrilla sin dar aviso a sus padres. Vuelvo a preguntar por las milicias.

Es 31 de enero y, contando este, sólo faltan dos días para que liberen a Odín Sánchez. Desde la última reunión solicité que me dejaran acudir a la liberación, que me permitieran ingresar días antes para hablar con el excongresista y el ELN no se negó. Paso el resto del día hablando con John y con Samuel, otro guerrillero al que le resalta un carácter intelectual, un cabello cano, habla pausado y resalta que las crónicas son una lectura que disfruta. No han podido desprenderse del rostro fresco y poco ajado que los delata como urbanos.

Cae la tarde y el lugar donde estoy se llena de guerrilleros, llega un mando, llega el otro y entre ellos Uriel, quien parece ser el responsable de todo el operativo por estos días. Un grupo como de 20 guerrilleros forma en una de las riberas del río, hacen sus saludos militares y reciben las orientaciones de Gerson, su mando. Recuerdo la historia de John y busco a Elmer entre la formación. Pero oscurece, rompen filas y todos empiezan a abordar unas lanchas. Alguien me entrega mi maletín y me indica que debo ir con ellos. Abordo en silencio y solo veo cuando los destellos de luz de algún caserío alumbran sobre el río San Juan. El resto de la noche, ni Elmer ni Odín.

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***

Tía, Tía, mire, mire—, me dice un niñito de tres años mientras coge mi brazo con una mano y con la otra me señala un ave que esta sobre una pared de tabla de una caseta. No habla mucho pero de alguna forma me hace entender que quiere que yo atrape el pájaro y se lo traiga. —Pero papi, cómo quieres que agarremos ese animal, no ves que nos muerde. No se puede—, interviene Anabel y después se inclina, alza al niño y le hace juego para distraerlo.

Ya es 1 de febrero y todavía no veo a Odín, hemos pasado por tantas comunidades que ya perdí toda orientación e interés por aprender sus nombres. La pobreza es tan homogénea en las riberas del río San Juan del Chocó, que todos los caseríos parecen una misma fotografía: pisos de tierra, tabla o cemento; ranchos de madera enmohecida; techos de follaje y plástico; y unos barriles azules con agua lluvia recogida fuera de las casas, la más potable a la que tienen fácil acceso.

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Arribamos a uno de tantos y los guerrilleros empiezan a descender de la lancha y luego suben una pequeña lomita donde hay una caseta con más integrantes del ELN esperando. Yo me quedo sentada en la embarcación y desde allí identifico a Anabel, la guerrillera que me indicó qué parte de la selva podía usar de baño en mi viaje anterior. Ella me reconoce, se separa del joven que abraza, sonríe como si se alegrara de verme y me hace señas con la mano para que suba.

Te acuerdas del niño por el que preguntabas en esa reunión, pues es este. Lo que pasa es que él no habla, grita. Yo no sabía qué decirte, pero es el hijo de Poncho, mi compañero—, dice Anabel ya con el niño en brazos mientras le juega intentando que el pequeño no vuelva a fijarse en el pájaro. —Elmer, dile hola a la muchacha.

***

«La guerrilla del ELN tiene secuestrado a un niño de tres años de edad, hijo de una mujer indígena que se desmovilizó de este grupo insurgente en Risaralda, según la denuncia de las autoridades. El coronel Edgar Alberto Quiroga Castillo, comandante de la Octava Brigada del Ejército, señaló que el “el menor de edad fue retenido por el frente Cacique Calarcá del ELN luego de que la mujer realizara un proceso de reintegración a la vida civil desde junio del año pasado”. Agregó que “con engaños a la mujer, perteneciente a las comunidades indígenas asentadas en los límites entre los departamentos de Risaralda y Chocó, el ELN le quitó a su bebé”». Así publicó RCN, tanto en radio como en televisión, el 30 y el 31 de marzo de 2016. Caracol hizo el mismo copiar/pegar del pronunciamiento oficial, pero agregó: “Es hijo de alias ‘Bernardo’, guerrillero activo de ese grupo subversivo, y quien mantiene en la selva al pequeño como represalia luego de que la mamá se desmovilizara”.

“Bernardo”, en realidad Poncho, es el comandante del Frente Cacique Calarcá, uno de los cuatro frentes que conforman el Frente de Guerra Occidental del ELN, y sí es el padre del pequeño. El hombre se sienta a mi lado en unas sillas a ras del suelo y le pido que me cuente la historia, pero no ha comenzado a hablar cuando de alguna parte llega Elmer corriendo y se le lanza en un abrazo hacia el cuello. — Papi, ¿ya comió? Vaya coma algo mientras yo hablo con la muchacha.

Como el niño se niega a soltar, Anabel, que es la pareja de Poncho, se acerca, alza nuevamente a Elmer en sus brazos, le hace juego y se lo lleva.

Fue muy duro. La mamá era una indígena y entonces era mi compañera pero quedó embarazada estando interna en la guerrilla. Ella se quería retirar entonces acordamos su salida para que de una vez tuviera el bebé afuera. Y ya por fuera, ella decide acogerse al plan de reinserción.

Según Poncho, versión que comparte tanto la insurgencia como la comunidad, a la joven indígena el gobierno le incumple por lo que, aunque ya tiene un bebé en etapa de lactancia, ella intenta regresar a la guerrilla y esta vez el ELN la rechaza. La chica, como narran sus mismos padres, deja abandonado a Elmer y parte hacia Pereira en donde cae en una red de prostitución.

—Yo no sabía que Elmer estaba solo y que ella lo había abandonado. Me entero es porque los papas de ella me mandan a buscar y me piden que recoja al niño porque se está muriendo, que está muy enfermo y que ellos no tienen forma de atenderlo, usted ya ha visto que por estas zonas no hay ni puestos de salud. Cuando yo mando por el niño, ¡usted viera!, ese muchachito me llegó en los puros huesos y pálido, con la muerte en el rostro. La desnutrición era tremenda, todo lo que comía me lo devolvía, lloraba todo el tiempo por los dolores, entonces un médico lo revisó y le mandó el tratamiento que aún le estamos dando. Finalmente lo salvamos, pero fue duro. Anabel me ayudó mucho en eso y es a la única que Elmer le dice mamá.

El niño vuelve corriendo a buscar a su padre, a quien a veces le dice papá y a veces le dice Poncho, y el comandante toma a Elmer de la mano y se retira porque otro guerrillero le informa que lo solicitan por la radio. En ese momento, algo así como el comandante en jefe de todo el Frente de Guerra Occidental se sienta a mi lado. La tregua de cinco días que se dieron el gobierno y la guerrilla del ELN para la liberación de Odín, permitió que muchos mandos se desplazaran hacia esta zona, que es la zona controlada por el Frente Che Guevara, de manera temporal.

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— ¿Y qué va a pasar con Elmer?

— Hay que reubicarlo, mujer.

— Pobrecito, va a sufrir mucho, mírelo cómo está de apegado al papá.

— Sí, y a nosotros también nos va a doler. ¡Es que hasta yo estoy encariñado con él! Pero vieja, esta es la guerra, esto no es un contexto para un niño. Elmer está aprendiendo a hablar y el lenguaje que está adquiriendo es guerrillero, ¡imagínese!, cuando escucha un avión lo primero que dice es “papá, papá, avión, coja fusil”. Él tiene que salir de aquí, ya se curó, ahora hay que buscarle un hogar y ponerlo a estudiar. Mire, allá está llorando porque los muchachos están montando en la lancha, se van a ir y sabe que no lo pueden llevar.

Sigo la dirección que me indica su dedo y efectivamente veo a Elmer hecho un torrente de lágrimas, parado en una suerte de muelle pequeño, mientras les hace pucheros y le pide a los guerrilleros que lo lleven. — Móntenlo un momentico a la lancha para que crea que se va ir y lo bajan cuando ya vayan a arrancar—, les grita el comandante en jefe.

Tomo mi cámara y capturo el rostro de Elmer mientras llora pidiendo que lo lleven. Pienso en que el día que lo reubiquen va a quedar destrozado, para él, el ELN es su familia. Recuerdo la frase que Uriel, otro comandante, me dijo el primer día que lo entrevisté: “Si no quieren que la guerrilla exista ¿por qué no nos quitan todos los argumentos para existir?”. Y no sé si es uno de los argumentos que sostienen la frase de Uriel pero concluyo: algo espantoso debemos estar haciendo en territorios excluidos como el Chocó al punto de que para salvar la vida de un niño sea necesario ingresarlo a la guerra.

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