'Yo, José Gabriel' o la nostalgia de la Bogotá londinense

"Regresa como Don Quijote después de sus andaduras fabulosas, salvo que en nuestro héroe criollo no hay nobleza que palpar. En cambio, hay mucho pasado para escarbar"

Por: Gabriel Rodríguez-Páez
septiembre 16, 2019
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'Yo, José Gabriel' o la nostalgia de la Bogotá londinense
Foto: Captura de video - Yo, José Gabriel

Junto con Marta Noriega o la doctora Urrutia, José Gabriel Ortiz Robledo es el último de los rolos. Su acento chirriado está en vía de extinción. Como se extinguió la tía Loly, personaje almidonado de la serie ochentera Dejémonos de vainas. El último de los mohicanos. Porque el rolo no es el bogotano, por más de que las élites capitalinas intenten reivindicar un regionalismo de minorías. Existe el paisa, el caleño, el costeño… pero el rolo no existe. No, como pretendieran los rancios aristócratas envejecidos que viven en Usaquén. Bogotá es una ciudad multicultural sin identidad, una suerte de sincretismo malaventaurado donde colombianos de todas partes se instalan para sobrevivir, porque Bogotá, en cambio, es una ciudad generosamente benefactora.

Pero volvamos a José Gabriel. Vuelve veinte años después a repetir un programa marchito con un estilo recalcitrante a alcanfor. Se le nota en el trato, en la mirada vaga y melancólica de lo que fue y encuentra, pasado el tiempo. Ya no es elegante, ya los años le han hecho mella. Regresa como Don Quijote después de sus andaduras fabulosas, salvo que en nuestro héroe criollo no hay nobleza que palpar. En cambio, hay mucho pasado para escarbar. Es un anacronismo ambulante: ya no está la aristocracia de trajes y sombreros negros que García Márquez presenció cuando llegó a la capital rumbo al internado. Esa élite culta y elegante, de salones y tardes de té, que pretendía con sus alambicados modales emular a la ignota Londres de sus antepasados. Porque el rico bogotano, cuando mira los cerros orientales, intenta descrifrar en los paisajes andinos algún trazo de ese paraíso perdido del cual nunca fue parte. Un linaje con el que intenta emparentar, pero le faltan las líneas genealógicas para justificar su pureza de sangre. Y José Gabriel vuelve para constatar que el rolo que encarnó alguna vez, está de más. Hay pocos ricos y la mayoría son levantados. Arribistas, dirá él. Y tiene razón: el dinero no da la clase.

Por tanto, diremos sin sobresalto que este personaje salido de una fábula de Rafael Pombo es el último de su especie. Es un dinosaurio que vaga en sus ilusorios salones colmados de refinamiento y buen gusto codeándose con la crema y nata que alguna vez fue reputada, pero que hoy ya no es más que reliquia que se resiste a desaparecer del ideario romántico del bogotano con dinero. Y la enseñanza, a pesar del tiempo, es la misma: ni hoy ni en sus mejores tiempos fueron los nobles que pretendieron ser. No hay nobleza de sangre en Latinoamérica: menos para el que nació mestizo. Por eso José Gabriel seguirá sin entusiasmo con su programa sosteniendo en cada toma la misma mirada nostálgica. Mirada evocadora de distinción, de perfumes finos y deliciosos manjares a las cuatro de la tarde. Justo como en Londres.

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