Voces ocultas del conflicto armado en el Cauca

Víctimas evocan una época nefasta para su comunidad, en el 2001, cuando se enfrentó el Bloque Calima de las AUC y las Farc

Por: Jamir Mina Quiñónez
agosto 11, 2015
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Voces ocultas del conflicto armado en el Cauca
Foto: tomada de arcoiris.com.co

 

Por un momento el silencio reinó después de escuchar los primeros disparos, luego una ráfaga incesante profanó la tranquilidad de los tres campesinos que en esa mañana trabajaban en una finca en la vereda El Carmen, de Santander de Quilichao. El primero en darse cuenta de que algo no andaba bien fue Saulo Palacios; acto seguido, lanzó un grito desesperado: ¡todos al suelo, que nos matan!

De inmediato, los compañeros de Saulo atendieron el llamado, se ubicaron boca abajo, casi besando la tierra. Supieron que allí sus vidas no estaban seguras. Escucharon los disparos tan cerca de sus cuerpos que la única solución en ese momento fue lanzarse rodando por un barranco hasta caer al río Dominguillo, que en esa temporada de inicio del año 2001 era más piedra que agua.

“Mientras caminábamos por el río sentíamos más fuertes los disparos y por momentos avanzábamos arrastrados. Al llegar a mi vivienda vi que muchas personas estaban desocupando sus casas y me decían: 'Vecino, corra y saque sus cosas que los paramilitares se metieron', relata Saulo evocando aquella época nefasta para su comunidad.

El primer día de combates estuvo plagado de disparos y estallidos ensordecedores, los protagonistas de aquellos hechos eran el Bloque Calima de los paramilitares y la guerrilla de las Farc; los primeros, buscaban llegar a la parte alta de la montaña con la convicción de eliminar cualquier rastro guerrillero de la región; los segundos, trataban de replegar desde la montaña los ataques de sus enemigos, con un objetivo similar al de sus contradictores: eliminar a todo aquel o aquello que no estuviera de su lado.

Según el Portal Verdad Abierta, los combatientes de los paramilitares eran aproximadamente 200 individuos al mando de Ever Velosa alias ‘HH’, datos que se acercan a los señalados por la comunidad que indica haber visto a más de 250 miembros de los ‘paras’.

La vereda El Carmen es un corregimiento de Santander de Quilichao, que tiene una sola vía de acceso vehicular atestada de polvo y piedras; es estrecha, demarcada por naturaleza, la polvareda se diluye entre los matorrales y el verde choca con el azul del cielo. Las pequeñas montañas están cultivadas de frutas o verduras que son el principal sustento económico de la comunidad, que en su gran mayoría son afrodescendientes. El río, que parece más una quebrada, se sitúa abajo, al lado o en medio de la carretera que tiene tantas curvas como un escenario automovilístico deportivo.

Una vez iniciados los combates no cesaron en ninguna hora; en el tercer día de confrontaciones armadas, Saulo y los demás miembros de la comunidad escuchaban cómo en la vereda aledaña, El Toro, los paramilitares habían encerrado a toda la comunidad en una sola vivienda, y con actos temerarios les pedían que develaran información de los individuos de la guerrilla que frecuentaban esas zonas.

Leonidas Mera, al igual que Saulo, sintió de cerca los combates que duraron una semana en la vereda. “En ese entonces se oían disparos aquí y allá, como no  conocían el terreno, mataron algunos amigos conocidos, como el caso de un muchacho que les pidió permiso para entrar a una finca donde él trabajaba y solo por eso lo mataron. Al ver eso y saber que por cualquier cosa lo podían matar a uno, la comunidad se puso muy nerviosa”.

Ese nerviosismo hizo que algunas personas emigraran y dejaran abandonadas sus viviendas, pero no alcanzó para que la mayoría se fuera. En un acto desafiante, la comunidad decidió no abandonar sus casas; por el contrario, se organizaron y utilizando el miedo como trampolín, decidieron en colectivo defender su tierra, aquella defensa solo constaba de su presencia.

El libro Basta Ya, del Centro Nacional de Memoria Historia (Capítulo IV, pág. 71), exterioriza que “las víctimas tienen en la memoria un espacio para darle sentido a sus experiencias, sean estas de sufrimiento y dolor o valor y resistencia”.

Lorena Calapsú, investigadora del conflicto armado en Colombia del grupo Gicovi de la Universidad Santiago de Cali, indicó que la presencia de grupos paramilitares en el norte del Cauca se dio para contrarrestar el flagelo del secuestro y por intereses de particulares sobre las tierras de esta región. “La incursión de los paramilitares en el norte del Cauca se da después de pasar por el Valle del Cauca. Luego del secuestro de la Iglesia la María, se tienen indicios de que ciertos grupos de empresarios, narcotraficantes y personas muy adineradas del Valle se reunieron con Carlos Castaño y decidieron traer varias tropas para enfrentar a la guerrilla que tenía como base de operaciones el Cauca”.

Pero el interés de los paramilitares iba más allá, señaló Calapsú, ya que esta zona funciona como una frontera por la que deben pasar los productos que vienen de los departamentos de Nariño, Putumayo, y el sur del Cauca. Ese control territorial les representaba mayores ingresos económicos; además, manifestó que en zonas donde hubo desplazados por el conflicto armado -como Lomitas en Santander de Quilichao- cuando los habitantes regresaron a sus casas, los ‘paras’ ya habían vendido sus terrenos a ingenios azucareros, que actualmente producen biocombustible en esa región.

Cuando los combates en la vereda el Carmen se hacían más y más inaguantables para la comunidad, Luis Mina, tomando la vocería como líder comunitario, les recordó a sus coterráneos que huir no era la mejor opción, pese a que cinco días después de haberse iniciado los combates, en la zona se empezaron a evidenciar asesinatos selectivos de nativos de la región.

“Ellos no tenían campamento aquí, pero sí subían y bajaban. El rigor de los combates era de días enteros. Al saber lo que ocurría en otras veredas, el pánico aumentaba, pero la decisión de irnos nunca estuvo por delante de nosotros”, afirma Luis.

La comunidad de la vereda El Carmen no es muy grande en número. Hasta el día de hoy no hay un censo oficial sobre los habitantes de esta región, pero a simple vista no sobrepasan las cincuenta familias. Las viviendas están a la orilla de la carretera, casi todas tienen un diseño particular, y aunque están diseñadas en materiales como ladrillos o farol, en sus techos hay una especie de ático, muy parecido a los refugios de los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial.

Algunas costumbres africanas acompañan las tradiciones del lugar, como la representación artística de La Fuga, donde la población baila de forma circular al compás de los tambores y las voces de las cantaoras nativas.

No es la primera vez que esta comunidad afrodescendiente ha sufrido el rigor del conflicto. A comienzos del siglo XX, la Guerra de los Mil Días también perturbó la tranquilidad de los habitantes. Pero en aquella ocasión José Cinecio Mina se levantó en armas junto a 100 hombres negros que plantaron resistencia a los bandos liberales y conservadores, que, paradójicamente, también peleaban por el control territorial y el exterminio de las ideas políticas y sociales de su rival.

Por esa época, mientras Cinecio Mina luchaba por la estabilidad de los negros en la región, Domingo Lasso, un ilustre profesor afrodescendiente, fundaba la vereda El Carmen, recibiendo en su improvisada escuela a todos los negros que venían huyendo de la guerra y solo encontraban refugio en las montañas. Allí, Lasso les enseñó a leer y escribir.

En la vereda hasta los mayores de 80 años saben leer; en comparación con otras comunidades alejadas del casco urbano, su nivel de lectura es alto. Lo anterior puede considerarse como un dato menor o irrelevante, pero fue ese oficio colectivo y el entendimiento de su condición, sus ancestros y su tierra, lo que los llevó a conservar su posición y persuadir a los actores armados de abandonar sus territorios. Sin armas, se convirtieron en agentes de paz y reconocimiento cultural.

Ese ejemplo de resistencia colectiva hacia actores armados del conflicto, la han empleado otras comunidades como el Cabildo Canoas de una manera más directa, es decir, utilizando la fuerza. En cambio, el no empleo de la fuerza sino de la estrategia hizo de la vereda El Carmen un caso particular en el que hasta hoy sus voces han estado ocultas.

La caída de cilindros, bombas y granadas hizo que en el sexto día de enfrentamientos, la comunidad se refugiara de manera colectiva en la finca Santo Domingo al amparo del ‘otro’, ese ‘otro’ que no revestía la fuerza sino la compañía, ese ‘otro’ eran los vecinos, hermanos, padres, ese ‘otro’ era la comunidad misma.

Los paramilitares insistían en tomar el control territorial a sangre y fuego. En ese momento de la guerra hubiera significado un triunfo posicional muy productivo ya que la vereda El Carmen es una vía alterna para llegar a las montañas del Cauca, es un pasaje estratégico plagado de naturaleza que conecta el casco urbano con la parte alta de la Cordillera Central, evitando así cruzar la carretera Panamericana, principal paso hacia el sur del país.

Al séptimo día, y como si se tratara de una profecía bíblica los ataques cesaron, el sonido de los pájaros y del río ya no se opacaban por el sonido de las balas, aquel día y después de muchas horas continuas de enfrentamientos, los paramilitares se dieron cuenta de que no tenían posibilidad de ganar.

Todo había acabado y la comunidad había resistido sin moverse de sus tierras. “La parte a rescatar de esa incursión de los grupos armados nos llamó a la unidad a fortalecernos moralmente y organizarnos mejor. Ahora se brinda respaldo a la Junta de Acción Comunal, tenemos espacio para el adulto mayor y eso nos ayudó a crear unos espacios de convivencia, a saber que si vamos a reclamar algo o nos vamos a movilizar debemos hacerlo de manera colectiva y no individualizada”.

En la actualidad, la vereda El Carmen es un territorio de paz, donde no se han presentado homicidios de nativos por más de siete años. Leonidas, Luis y Saulo forman parte activa de la Junta de Acción Comunal y guían el Comité del Adulto Mayor. Son referentes de una comunidad que fue golpeada por el conflicto pero que resistió, se levantó, se organizó y jamás volvieron a ser los mismos, según sus testimonios; ahora son mejores. Ahora es el tiempo para que sus voces se escuchen.

*Crónica seleccionada como resultado del taller ‘Jóvenes que cuentan la paz’, realizado en la ciudad de Popayán, por parte de Consejo de Redacción.

Jamir Mina
Estudiante Facultad de Comunicación y Publicidad
Universidad Santiago de Cali

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