“Uy, de quién es todo eso”: soy hombre y a mí también me acosan

"―Uy, ¿de quién es todo eso tan rico?― cuando volteé a mirar los dos estaban viéndome, y el otro que estaba ahí se mordió los labios de manera provocativa”. Crónica

Por: Diana Pachón
octubre 23, 2020
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“Uy, de quién es todo eso”: soy hombre y a mí también me acosan

Había quedado de encontrarse con su padre cerca del trabajo para comprar una guitarra. Cuando llegó a la estación de TransMilenio, Las Flores, ubicada sobre la Caracas, entre calle 67 y calle 69 en Bogotá, empezó su camino para reunirse con el señor Medina y de allí caminar hasta la 53 con séptima, donde es muy conocido por la variedad de comercio en cuanto a instrumentos musicales. Se cruzó por la misma calle con dos hombres que venían en dirección contraria, ellos se quedaron mirando por un tiempo, hasta que gritaron el famoso comentario callejero “¿de quién es todo eso?”, la reacción del momento fue caminar más rápido y asegurarse de que los hombres no se habían ido detrás.

No se trata en esta ocasión de un piropo cualquiera, ni de uno de los tan acostumbrados comentarios hacia las mujeres (cada cinco horas una mujer es víctima de acoso callejero en Bogotá, según las autoridades), esta vez la víctima es Camilo Medina, un joven heterosexual de 20 años, que estudia y a la vez es docente de matemáticas en la Universidad Nacional, desde el 2014 ha pasado por este tipo de situaciones reiteradas veces.

―Empezó a mirar hacia mi pantalón, yo creí que estaba mirando sí tenía el celular, pero no estaba mirando eso (…) lo que hizo fue mandarme la mano hacia mis genitales y apretarlos.

Camilo estaba cursando el primer año de universidad. Desde su casa hasta la Nacional se iba en TransMilenio por la avenida suba, se subía exactamente en la estación de Suba- Avenida Boyacá, en donde siempre ha sido difícil conseguir un bus medianamente desocupado “es imposible subirse”. Su única opción para llegar a tiempo es esperar el momento en que llegue un bus al cual aparentemente no le cabe nadie y de la misma manera, nadie hace el intento por subirse. Ese día, así lo hizo y logró entrar al articulado que lo llevaba sin necesidad de transbordos; el C30, unas paradas después, en Puente Largo y Suba Calle 95, el servicio se desocupo un poco, permitiendo que muchos se acomodaran y nuevas personas ingresaran.

En ese momento, Camilo estaba sobre la puerta del articulado y a su lado se encontraba un hombre afrodescendiente de una altura aproximada a 2 metros y contextura gruesa en comparación a Camilo que mide 1.70 metros. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue “este man me quiere robar”, pero su sorpresa fue que el hombre dirigió su mirada al pantalón y le mandó la mano hacía su zona íntima, el solo hecho que el señor de un golpe lo mandaba lejos hizo que, a pesar de la pena y la incomodidad, Camilo no pudiera hacer más que intentar en medio del montón de gente, cambiarse de sitio y seguir como si no hubiese pasado nada.

―Es bastante incómodo cuando me encuentro a un hombre más grande que yo porque me acuerdo de la situación en la cual me manosearon (…) por desgracia si uno hace show la gente se va a empezar a reír de uno.

Este es un episodio parecido al de Ómar que cuando tomó el servicio H21 del sistema de transporte público en el Portal de la 80, una muchacha de 19 años se ubicó detrás y no dudo en tocarle la cola con los dedos durante aproximadamente 10 minutos (desde la estación de la Granja hasta la Escuela Militar por toda la Calle 80), pero no son los únicos casos, otras personas que se han visto afectadas por el acoso callejero, hoy en día son parte de la comunidad LGBTI y han preferido callar en muchas de las circunstancias antes que ser objeto de burla para las autoridades.

―Llegando a la casa empezaron a gritarme cosas unos tipos y a tirarme piedras.

Iba caminando para su casa (cerca a Corferias) y unos hombres empezaron a gritarle cosas, lanzarle piedras y basura, él trató de no poner atención y refugiarse en sus audífonos para hacer caso omiso a la situación, actuó como si no le importara.

Andrés utiliza en varias ocasiones la frase “pues de malas” para referirse a las anécdotas por las que ha pasado.

―Yo creo que el arma de un gay para soportar eso, son los audífonos, ignorar y ya.

Desde que hace parte de la comunidad LGTBI, Andrés Ariza de 20 años de edad ha sido víctima de muchos comentarios en las calles de la capital, él es estudiante de diseño de modas en el LCI y a pesar de que dice estar acostumbrado a estas situaciones, se ve que han marcado su vida.

―Me dijeron que por la forma en la que me veo no me podían ayudar, qué porque esos eran problemitas de mariquitas.

Una de las situaciones más graves que ha tenido que afrontar Andrés. Son las amenazas con detalles explícitos de su vida, su familia y demás cosas personales, éstas llegaron a su casa el año pasado justo en el día de su cumpleaños (17 de octubre). Ante la información que tenía se vio obligado acudir a la policía y denunciar esta situación, pero la ayuda no fue eficaz, le mencionaron todos los documentos que tenía que llevar y poner a juicio, pero a pesar de que cumplió con eso, finalmente las autoridades se libraron de las denuncias que había puesto, diciendo en otras palabras que él mismo era el causante de las amenazas por cómo se vestía, se veía y por su personalidad.

Estas son las situaciones por las que las víctimaas deciden quedarse calladas la mayoría de las veces. A pesar de que en Colombia desde 2008. El acoso es considerado como un delito y hay decretos que lo respaldan como lo es el artículo 29 de la ley 1257 en el cual el acoso sexual se incluyó en el código penal como un delito que puede dejar penas hasta de 3 años de prisión, la gente no denuncia.

―Este tipo de temas no deberían ser regulados por ley (…) lo que los expertos tratan en el tema, es que no es de amonestación legal, si no que para prevenirlo debe haber un tema más de concientización educacional― dice el asesor jurídico Iván Mattar.

El asesor del consultorio jurídico de la Universidad del Rosario, Iván Mattar explicó el tema del acoso callejero como un fenómeno social, el cual se reconoce desde los piropos, las miradas incómodas, los silbidos, arrinconamientos, toques o manoseo, entre otros.

Ante estas situaciones no hay una regulación concreta, el tema se ha tratado por medio de sentencias de la Corte Constitucional y se ha llegado a nombrar como un delito por injuria de hecho, que se refiere a las situaciones en las que una persona agrede física sexual o emocionalmente a otra no con el fin de causar placer a sí mismo, si no con la intención de afectar moralmente, que en muchas ocasiones llega a ser más grave, como los episodios de Camilo, Omar y Andrés. Frente a estos casos, Mattar señala que no se debería pensar en una ley o una multa, pues esto no cambia la situación, por el contrario, la incrementa. El acoso es más un tema educativo que viene desde casa y se complementa en las instituciones educativas.

―Está muy mal visto cuando un hombre denuncia este tipo de temas.

Los hombres y la comunidad LGTBI, no denuncian no solo por desconocimiento de las sentencias que lo respaldan, también porque para un hombre que es heterosexual, arriesgar su “hombría” y “reputación” manifestando que ha sido víctima de una situación como estas, no es opción.

―La población LGTBI sufre no solo de la discriminación y la violencia callejera sino también a nivel de jueces, fiscales, secretarios y todos y cada uno de los miembros de la rama judicial.

Para la población de lesbianas, gais, bisexuales, personas transgénero e intersexuales, la denuncia es ir a perder el tiempo y exponerse a burlas o humillaciones, lo que es conocido como una “burla institucional” y “violencia institucional” (también la padecen hombres), en la cual las personas pueden ir y presentar su caso, pero los funcionarios que lo reciben hacen un filtro material, en donde se impide que los hechos se judicialicen y así mismo no entren en cifras contundentes.

“El tema no es un hueco legal, el tema es una capacitación, un tema educacional frente a las personas que reciben los casos”, afirma Mattar.

Para lograr avanzar con respecto a este tipo de problemáticas, se requiere que desde los oficiales de policía, fiscales locales, procuradores y demás personas que manejen o reciban una situación de acoso, tengan una capacitación previa que logré concientizarlos acerca de los cambios sociales que se han desarrollado en el país, de la aceptación del otro como ser humano independientemente del género, para que así todas las denuncias entren a tener un valor dentro de la entidad, se les dé respuesta no se subestimen de ninguna manera.

“La mujer lesbiana suele ser a nivel estadístico y legal, invisibilizada, porque suele no ser partícipe o protagonista dentro de las campañas de concientización que hay, usualmente no solo pasa por violencia, sino también por burla”, dijo Iván Mattar.

Se encontraba en un centro comercial de Bogotá con una de sus amigas, llevaba tiempo ahí y luego pasaron dos señores, quienes empezaron a hablar entre ellos y de repente soltaron el comentario: “Eso es que tienen esas mañas porque les falta es que les den”.

Duraron un buen rato en el lugar donde ellas estaban y en medio de la circunstancia, por las ofensas que no paraban, no tuvieron otra opción que retirarse del sitio.

A pesar de sus de 18 años de edad, Daniela Rodríguez, estudiante del Sena, ha tenido que soportar varios de los comentarios negativos, ofensivos y machistas tanto de hombres como de mujeres desde que se reconoció como parte de la comunidad LGTBI.

“Es el hecho de que no puedas estar tranquila con tu pareja en un parque igual que una pareja heterosexual”, comentó Daniela.

Estaba en un parque hablando con su pareja y justo en el momento en que ella le cogió la mano iban pasando dos señoras, quienes, mientras caminaban, murmuraban cosas entre ellas. Cuando iban pasando por el frente de Daniela y su novia, una de las señoras, decidió devolverse y decirles varios comentarios en referencia a la religión “eso no es de Dios” “ustedes se van a ir al infierno”, son cosas que no se ven igual si los protagonistas fueran una pareja hombre y mujer. Las mujeres lesbianas y el resto de la comunidad LGTBI, están expuestos a discriminaciones y miradas extrañas, tratan de normalizar la situación y vivir con eso, porque las autoridades no hacen nada al respecto.

― Uno le dice algo a las autoridades y lo único que hacen es burlarse y no tomarlo en serio.

Daniela estaba compartiendo un tiempo con sus amigos, dos de ellos iban cogidos de la mano y se besaron, al rato pasó una pareja (hombre y mujer) y empezaron a agredirlos verbalmente. Los amigos de Daniela aprovecharon que en el lugar estaban unos policías y decidieron acudir a ellos, cuando se acercaron y le comentaron la situación, los oficiales no hicieron más que defender a la pareja que había criticado a los muchachos, decir “¿se van a ofender por una frasecita?” y seguir con su camino como si nada.

“Es un juez el que determina qué acciones se pueden tomar (...) La ley de nosotros va en el caso de un acoso, hasta arrestarlo y presentarlo ante un juez de garantías si la persona pone el denuncio”, afirmó Nixon Tunjuelo, policía responsable del CAI móvil de la localidad de Chapinero en Bogotá.

En los 14 años que lleva ejerciendo su profesión no ha visto un hombre que llegue a denunciar, pero si ha presenciado muchas situaciones de acoso, ante estas, defiende su profesión contando lo que puede hacer si una víctima se acerca a él y le comenta un hecho que se considera acoso callejero.

Indica que lo primero es acercarse al agresor, retenerlo (puede tenerlo hasta 6 horas bajo su fianza, sin vulnerar ninguno de sus derechos fundamentales), hablar con la víctima para conocer hasta dónde quiere llevar la situación, si va a denunciar ante la URI (Unidad de Reacción Inmediata) o si por el contrario prefiere dejar el asunto así.

Este paso a paso se lleva a cabo sin importar el tipo de acoso (verbal o sexual) o el sexo de la víctima “la policía es muy neutral en eso, tanto hombres como mujeres, como personas LGTBI se les respetan los derechos fundamentales por igual”, dice Nixon. Lo que pasa es que Colombia tiene un tabú de machismo, el cual hace que ni los hombres piensen en denunciar, ni las personas del común acepten que ellos denuncien y en ese punto lleguen a burlarse de la situación más que todo cuando se trata de acoso.

“Ya es hora de que todo el mundo se quite la venda de que o es hombre o es mujer”, dice Nixon.

Las leyes son para todos por igual y la importancia que se le pueden dar a estos casos va ligada con el respeto, por eso, en cuanto a vulneración de derechos, no se debe ser selectivo, y se debe entender que los tiempos han cambiado y poco importa el sexo de la persona que es agredida o en otros casos; agresora.

En Barranquilla, dos estudiantes de Comunicación Social de la Universidad del Norte tomaron la iniciativa de hacer algo frente a la problemática de acoso callejero desde el 2017. Crearon Freeya, una aplicación que sólo está disponible para Android y busca ser un respiro para todas las personas víctimas de acoso, desnaturalizar la situación, así como también, conocer los puntos de la ciudad en los cuales se ve más este tipo de cosas.

Freeya hace parte de las primeras acciones que se han tomado en Colombia para combatir el acoso en el espacio público, aparte de decretos o leyes de inclusión.

Sin embargo, el país está atrasado en el tema, teniendo en cuenta países como Holanda, que este año decidió ampliar la ley acerca de la intimidación en las calles a personas lesbianas, gais, transexuales y bisexuales, luego de una multa a un grupo de mujeres en Róterdam por acoso callejero.

Además, en Holanda se condenó por primera vez a un hombre de 36 años a pagar una multa de 200 euros por intimidación callejera, esta suma a consideración de varios aspectos económicos y otros aspectos personales.

Países como Argentina, Chile, Guatemala, Nicaragua, Perú, entre otros cuentan con un Observatorio Contra el Acoso Callejero cada uno de ellos maneja el tema de manera distinta, pero velan por un mismo fin que es resaltar el problema, hacer campañas y talleres que ayuden a concientizar a las personas del común al respecto.

La estudiante colombiana Natalia Giraldo en compañía de Marcela Parada decidieron unirse a la línea de observatorios en el año 2014, pues su idea coincide con el nacimiento del primero de los OCAC en Chile.

Al darse cuenta de que en cada territorio tenían una dinámica distinta, deciden en el 2017 separarse y hacer un nuevo proyecto llamado “No Me Calle”.

“Sale nuestro nombre de un juego de palabras: No me silencie y no me calle, también es mi calle, mi esquina, mi bus, mi barrio, mi campus”.

―¿Cómo llegan a la idea de resaltar este tema de acoso callejero y ser en un inicio parte del Observatorio de Acoso Callejero?

―Nos dimos cuenta que era muy reiterativo el tema del acoso, hemos normalizado el tema a tal punto que nos pasa desapercibido (...) se habla de inseguridad y enseguida piensan en robos o atracos, pero no en el acoso.

Con el proyecto “No Me Calle” intentan hacer intervenciones en el espacio público, sacar más producción de artículos representativos que los ayuden como colectivo a identificarse y atraer más público, para que las personas difundan la información y sean cada vez más conscientes de lo que está pasando. Actualmente cuentan con un kit que consta de una cartilla con actividades, stickers, postales e infografías informativas que son utilizadas en los talleres que llevan a cabo en diferentes zonas de la ciudad de Bogotá.

El colectivo, en un inicio, lo tenían pensado para mujeres, pero luego de varias discusiones se dieron cuenta de que está era una problemática que también afectaba a la población LGTBI y que no era solo de tipo sexual, si no que sucedía en la mayoría de los casos por la homofobia. Desde ese momento decidieron que en sus materiales no tocarían específicamente el sexo de la persona para referirse a la víctima, sino que hablarían de “cuerpos” entendiendo que son hechos que no solo suceden por la orientación o género de cada persona, sino que también por estereotipos corporales.

“Hay otros cuerpos que no han podido estar en el espacio público tranquilamente”, afirma Natalia.

Un error común es que se ve la heterosexualidad como un régimen político, se asume que cualquier persona que va por ahí es heterosexual, esto debido al contexto en el que se ha desarrollado el mundo, porque no es sólo en Colombia. “Siempre se está dando por sentado que las personas que están en el espacio público son heterosexuales y cuando hay personas que son homosexuales, lesbianas, trans, se le busca violentar” contó Natalia. Estás son personas que no pueden expresarse libremente en el espacio público, en su calle, su esquina, su bus.

Cuando la sociedad colombiana, desde las personas naturales hasta las autoridades, entienda lo que está sucediendo en las calles de la ciudad tanto con hombres como con las personas de la comunidad LGTBI, las causas y las consecuencias de este problema, puede llegar a funcionar la implementación de una normatividad, pero aún son muchos los que no están dispuestos a asimilar la idea.

Mientras usted lee esto, en algún otro lugar de la ciudad de Bogotá está siendo acosado un hombre o un miembro de la comunidad LGTBI, pero por el rechazo y la burla de su entorno, seguro no denunciará ante las autoridades.

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