“Todo comenzó por el fin” o el testamento de un moribundo

Luis Ospina no grabó la decadencia de una ciudad, sino la suya. Con valentía y humor se rio hasta de la muerte

Por: Richard Alexander Galvis Gutiérrez
diciembre 09, 2019
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“Todo comenzó por el fin” o el testamento de un moribundo

¿Qué es un crítico? Una vieja chismosa. ¿Quiere decir que soy una vieja chismosa? No, doctor, lo que quiero decir, en pocas palabras, es que la crítica es como los chismes de las viejas. Usted puede ver que todo lo deforman, como si se pusieran unas gafas rotas y solo vieran grietas. Pues, tiene usted razón, nosotros vivimos de las grietas. Así, como el diálogo anterior se pueden suceder conversaciones infinitesimalmente, entre un “crítico” y un cineasta, sin llegar nunca a un acuerdo. De ese modo es inútil ya sea firmar una crítica de cine o de una obra literaria, pensando por un lado que la crítica puede asir la esencia de una obra y por otro que se goza de razón e inteligencia para dicha empresa.

No quiero aparentar ignorancia, solo quiero afirmar que como crítico me va mejor como albañil, por lo menos, el oficio del segundo es mucho más digno que este oficio de vieja chismosa. Cuando le preguntaban a Buñuel por Un perro andaluz, Don Luis afirmaba, con voz carrasposa “Es una incitación al asesinato”. Buñuel debía tener razón, el cine siempre ha oficiado como incitación a algo, ejemplo: sin cine qué sería de la revolución rusa, qué hubiera pasado sí durante el reinado de Hitler las salas de cine alemanas jamás hubieran proyectado sus manifiestos de odio contra el pueblo judío en pulcro estilo. Buñuel, sin más, debe tener razón, solo que, a diferencia del cine de propaganda, la incitación de Buñuel no es por una causa, es con fin único de escandalizar, de hacer brotar eso que nos hace humanos: la discordia.

Sí Buñuel proponía el asesinato en una película, Luis Ospina, en contravía de su maestro no propone el asesinato, sino que incita, irremediablemente, a celebrar la muerte, ya no con velas y rezos, sino con cine, mucho cine, y con algunos amigos, aquellos que celebran nuestra muerte y que fueron testigo de nuestras desdichas. La película Todo comenzó por el fin no es un documental ni una obra de ficción, es una película y punto. A Cabrera Infante lo encabronaba que le dijeran que su Tres tristes tigres era una novela, el aseveraba que simplemente se trataba de un libro, un libro donde cabía todo, desde las cuidadas narraciones inverosímiles de los correctos escritores cubanos a partir de la muerte de Trotsky, hasta aquellas páginas manchadas de negro. Todo comenzó por el fin para empezar por el inicio, es una película y punto.

Cojamos la película con pinzas y podemos ver que chorrea cine. Es inclasificable, ya que como documental miente demasiado, y como falso documental dice demasiadas verdades. Es objetiva cuando habla de Caicedo y de Mayolo, pero no estamos viendo una exposición de dichas vidas, sino una reflexión bastante subjetiva, donde esos dos personajes inmersos en la película de Ospina pierden objetividad, se desvirtúan, o quizá se concretan tanto que ya no son ellos, pero sí la imagen, el recuerdo que de ellos tenía Ospina. De algún modo don Luis Ospina, con la sabiduría que solo concede la proximidad de la muerte, logró diseccionar el mito, ya no filma el mito, sino que filma la intimidad, y esta fascinación fruto de la intimidad es quizá la razón para ver la película. Viendo la película se siente uno como si en la pantalla se filmara más que imágenes recuerdos de imágenes. Las imágenes, acompañadas por la música o por subtítulos (“porque mi voz no me gusta” decía don Luis cuando los vivos y chismosos le preguntaban por qué no una voz en off) resultan investidas de nostalgia, ya no es la imagen la que nos habla, sino la nostalgia y el recuerdo; la música y los subtítulos no son en vano. Esa música del inicio, cuando muestra al pequeño Luis en las garras de la cámara de su padre, en navidad, partiendo un pastel, jugando a los vaqueros. Esa música no es melodía muerta, como pasa con muchas películas, esa música convierte eso que serían imágenes muertas en recuerdos vivos, en pura nostalgia, y no como la nostalgia religiosa de un Tarkovski agonizante, sino como la nostalgia de un Luis Buñuel, de un Godard, de un Jean Eustache (este último no agonizo, o vaya uno a saber, se suicidó y en la puerta escribió: golpeen duro como para despertar a un muerto) poco importa, Luis Ospina afrontó la muerte como un ateo en todos los sentidos, no creía en nada, salvo en el cine, y su última película no fue un réquiem, un lamento torpe, fue una oración, un canto épico al cine y a la muerte.

No hace mucho tiempo leí Pedro Páramo de Juan Rulfo, me impresionó la estructura por lo fragmentado, ese montaje esquizofrénico, donde al parecer nada se conecta con nada, pero que cuando se termina el libro se logra ver que el sentido estaba ahí, ante los ojos, fulgurante, solo que no lo veíamos. Ese montaje de Pedro Páramo, esa mezcla de voces enmarañadas es la misma que usó Luis Ospina en Todo comenzó por el fin. ¿Será? Yo creo que ya estoy siendo una vieja chismosa. En fin, en Comala hablan los muertos, y acaso en Todo comenzó por el fin no hablan también los muertos; ya no susurra Eduviges como en Pedro Páramo, ya es Mayolo el que habla, ya es Caicedo con su tartamudeo infinito.

Por último, ya no es el crítico el que habla, soy yo. Don Luis Ospina, a diferencia de Mayolo que filmó el alma del Valle del Cauca, con la exuberancia de la naturaleza y los olores y la burguesía decadente, usted, más díscolo que aquel, no filmó el alma, usted no creía en eso, por eso se encargó de filmar ya no la caída de una clase social, usted sí filmo eso, miento, pero lo filmó desde la caída de la ciudad, cuando tumbaron el Café de los Turcos, cuando aquella ciudad, como todas, manifestó un cambio que lo volvió mierda todo. Al final filmó Todo comenzó por el fin ya no grabando la decadencia de una ciudad, sino la decadencia suya, con valentía, con humor, riéndose de la puta muerte. Usted hizo es película para justificar lo que decía Cocteau: “el cine filma la muerte trabajar”. Gracias por esa película, don Luis.

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