Sobre Quintero y los pelagatos que lo abuchearon

Daniel Quintero, irrisible y temperamental, tildó a un grupo de ciudadanos de pelagatos. Su pecado: abuchearlo en el estadio Atanasio Girardot

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
septiembre 17, 2021
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Sobre Quintero y los pelagatos que lo abuchearon
Foto: Wikimedia

Antes de animarme a escribir esta columna quise comprender a profundidad el significado de la palabra “pelagato”. Así que me fui a consultar en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, recientemente consultado por la defenestrada Karen Abudinen, y me encontré un plural con la siguiente definición: “Persona insignificante y mediocre, sin posición social o económica”. Al parecer, es un coloquialismo extendido en hispanoamérica entre la clase media emergente y los nuevos ricos.

En algún momento me tildaron de pelagato y no lo entendí, pensé que aludía a mis orígenes campesinos, tan solo ahora me vengo a enterar de que es un insulto con un marcado tufillo clasista.

Pues bien, en otro capítulo de intolerancia, Daniel Quintero, siempre tan irrisible como temperamental, tildó a un grupo de ciudadanos de pelagatos. Su pecado: abuchearlo en el estadio Atanasio Girardot. Para el alcalde resultaba inconcebible que lo abuchearan y que El Colombiano hiciera eco a esos “pocos” que le gritaban y no a la mayoría que lo aplaudía. Pues Quintero, tan aferrado a la embriaguez del Estado de opinión, está convencido de que las mayorías lo siguen y protegerán su legado.

No es la primera vez que Quintero reacciona de manera desafiante o agresiva con quienes lo cuestionan. Para el alcalde y parte de su séquito, empeñados en ver la realidad de Medellín a blanco y negro, la oposición resulta molesta, ya que “no los deja trabajar”. Algo paradójico en un alcalde que se dio a conocer como opositor. Al menos así recuerdo al Quintero activista, el mismo que acompañé en varias actividades y en la oposición a Federico Gutiérrez.

Ya en el ejercicio del poder, el antiguo activista no resulta garantista con quienes lo cuestionan o recurren a la oposición performática de la que hizo tanta gala hace un par de años.

Por estos días, la oposición es una cuestión binaria que solo se reduce a una derecha descontenta (aunque la coalición de Quintero en el Concejo se integra por partidos de derecha), a poderosos sectores empresariales, al uribismo y el fajardismo. Nada más. Cualquier atisbo de crítica por fuera de esos encuadres es visto con reserva o es desestimado. La ecuación es muy simple: se está con el alcalde o contra él, sin franjas intermedias o zonas grises. Así, Quintero ha logrado crear una atmósfera polarizante que se refuerza en narrativas como “la ciudad ya no les pertenece” o “estamos recuperando a Medellín”.

Volviendo a los pelagatos, con ese insulto el alcalde demostró su nivel de clasismo. A Daniel ya no lo pueden tildar de pelagato porque salió del Tricentenario para conquistar Sillicon Valley y hacer fortuna en un Valle del Software. Quintero no puede ser un pelagato porque se codea, en palcos exclusivos, con César Gaviria y Simón Gaviria. El alcalde no puede ser un pelagato porque es un hombre poseedor de una exclusiva posición social y económica.

Él y solo él puede llamar pelagatos a los mediocres e insignificantes (según la definición de la RAE) que lo abuchean porque les “pagaron” o porque son pobres uribistas.

Olvida el alcalde que el abucheo es una expresión legítima de malestar ciudadano. Recuerdo que él iba más allá en sus días de activista y le arrojaba tomates a la plana de la clase política tradicional (con la que ahora se codea). A casi todos los dirigentes políticos los han abucheado en algún momento, no creo exagerar si afirmó que es una acción amparada en el derecho fundamental a la oposición. Poco importa la cantidad de personas que lo hagan, están en su libertad de hacerlo y evidenciar su inconformidad.

Contrario sensu, al apelar a las mayorías, Quintero echa mano de aquel Estado de opinión tan usado en los días más duros del uribismo.

Ya entendiendo que es un pelagato, solo quisiera anotar que al Quintero alcalde lo eligieron, si nos volvemos a remitir a la definición de la RAE, los pelagatos de Medellín. Su votación, la más alta en la historia de la ciudad, se concentró en las barriadas populares y no en las portentosas y exclusivas unidades residenciales de El Poblado. Fueron cientos de miles de jóvenes, sin posición social o económica, que le votaron convencidos de su independencia y aire renovador.

Son los pelagatos a quienes se debe como alcalde y que seguramente resienten de su deleznable clasismo.

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