¿Qué sabes acerca de tu derecho a la libertad de creencia, culto y expresión?

No hay nada que la mente no pueda poner en duda, pero tampoco hay verdad absoluta que pueda sostener

Por: Jorge Luis Candela Castilla
enero 14, 2020
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¿Qué sabes acerca de tu derecho a la libertad de creencia, culto y expresión?
Foto: Pixabay

También puede ser válido poner los sentimientos y las emociones en duda, y por tanto no considerarlos absolutos.

Lo espiritual, que desde cierta visión trasciende a lo mental y emocional, no se sustenta meramente en pensamientos y emociones, sino en la decisión que se toma respecto a las experiencias "internas o externas", "sutiles o nítidas" que, aunque puedan considerarse subjetivas y también cuestionables, son las únicas señales que cada quien asimila libremente a su manera y frente a las cuales toma decisiones sin que nadie tenga el derecho inherente a impedírselo.

Por lo anterior, parece claro que nadie puede tener el derecho inherente ni otorgado en cuanto a coartar la libertad de creencia, culto y expresión, ni los que actúan como representantes de distintas disciplinas o ciencias sin serlo oficial o formalmente, tampoco los que lideran diferentes ideologías políticas, sociales o incluso religiosas, pues éstas últimas, aunque no son sinónimo de espiritualidad, vulneran en ocasiones el mismo derecho que les permite existir y expandirse, ya que a los mismos adeptos suelen persuadirlos de haber encontrado la máxima verdad espiritual y de no buscar en otros caminos o senderos posibles (las razones de esto no son objeto de esta reflexión, pero se sabe que no siempre son de carácter espiritual y muchas tienen que ver más con lo económico u otros asuntos). Se trata de un derecho humano universal (artículo 18) que impera sobre cualquier otra pretensión y merece ser respetado, promovido y aclarado en mayor medida.

Así, podría ser cuestionable cada vez que alguien con mayor experiencia y capacidad de persuasión hace que los demás inicien, frenen o cambien su postura frente a lo espiritual, sin embargo, también tienen el derecho de hacerlo y nada puede impedirlo tampoco, de tal manera que este tema queda sujeto a la ética personal de cada quien cuando decide influir en la vida de otros y al final, la mayor responsabilidad la tiene cada persona en cuanto a ser más reflexivo y analítico frente a sus propias decisiones de creencia y culto y la influencia que otros intenten ejercer.

Tal reflexión en cuanto a las propias creencias y culto debería o podría partir de algunas preguntas personales como las siguientes: ¿qué sé de la espiritualidad?, ¿lo que sé es suficiente?, ¿no creer o no aceptar ninguna de las diferentes concepciones acerca de la espiritualidad es ya una postura válida para mí?, ¿se limita lo espiritual a lo mental y emocional?, ¿es lo mismo religión y espiritualidad?, ¿qué está en juego si no indago más o si no lo hago?, ¿debo indagar más o abstenerme?, ¿arriesgo más al indagar que al abstenerme?, ¿cuáles fuentes documentales, audiovisuales y humanas podrían ser las más adecuadas?, ¿por qué?, ¿lo mental, emocional y corporal son las únicas fuentes de conocimiento? De serlo, ¿hasta qué punto me puedo permitir dudar de mis propias experiencias que considero espirituales?

Si mi mente o principios de razonamiento me pueden hacer dudar de todo, ¿en qué criterios debo fundamentar mis decisiones?, ¿es la exploración vivencial el único camino posible y las decisiones que tome, bien sea que las considere racionales, emocionales o no?, ¿qué precauciones debo tener en mi exploración vivencial?, ¿los temores que sienta para expresar deben ser razón suficiente para dejar de hacerlo?, ¿debo permitir la influencia de otros para que detenga, cambie, inicie o avance mi búsqueda de lo espiritual?, ¿son la paz, la tranquilidad y otros efectos que considere positivos las señales suficientes para saber si continuo en mi camino espiritual elegido?, ¿haber encontrado ciertos beneficios en cierta religión o visión espiritual es motivo suficiente para dejar de investigar y vivenciar otras alternativas que también podrían traer otros beneficios espirituales?

Si encuentro cosas que no me gusten ¿qué me impide distanciarme y retomar lo aprendido?, ¿puedo combinar mi aprendizaje de distintas ideologías o fuentes?, ¿buscar lo espiritual significa ignorar y no aprender de lo académico, científico, filosófico y otras ciencias o “atentar” contra los principios aprendidos en estos campos?, ¿es un aporte a la sociedad mi búsqueda espiritual como individuo y de qué manera?

La cantidad de preguntas podría ser interminable, pero no hacerlas y simplemente elegir “intuitivamente”, bien sea a favor o en contra, también es una opción, que aunque no parezca racional, nada impide tampoco hacerlo de esa forma. Se trata de un derecho, no de un deber, cada quien escoge si lo considera un deber personal o no.

En cuanto a las respuestas, precisamente son personales para cada quien y el propósito acá no es expresar mi posición frente a las preguntas, las cuales podrían ser objeto de conversaciones sociales menos simples o superficiales (para lo cual pocos suelen tener disposición), pero el punto es que al final se trata de un derecho humano universal e individual que nadie debería vulnerar, ni sutil ni pronunciadamente.

Finalmente, contrario a lo que este escrito puede parecer, no se trata de una invitación o persuasión a que las personas inicien o cambien en cuanto a su elección o búsqueda de lo espiritual, pues no realizar ninguna búsqueda ni cambio también es una decisión autónoma e igualmente respetable, del mismo modo las posturas agnósticos, ateas y otras, pues se trata del derecho a la libertad de creencia en sí sentido más amplio.

La esencia de este escrito radica en que sea cual sea la decisión que tome cualquier persona, se propone o invita a que se haga con mayor reflexión respecto a las preguntas planteadas y otras, al igual en cuanto la influencia potencialmente favorable, desfavorable o inocua de otros, de asegurarse de que las decisiones de creencia y culto son realmente propias, que aunque al final todas lo son, muchas veces se actúa o deja de hacerlo por influencia o deseabilidad social, es decir, por actuar como se cree que otros consideran correcto, bien sean familiares, amigos, compañeros académicos o laborales, o por principios profesionales que a lo mejor requieren mayor debate.

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