Un desastre natural obliga a un país a mirar hacia el presente: reconstruir viviendas, carreteras, hospitales, escuelas e infraestructura crítica. Pero también obliga a pensar en algo menos visible y, precisamente por eso, más importante: ¿con qué energía y con qué recursos se financiará esa reconstrucción?
Colombia enfrenta hoy un desafío adicional. La emergencia llega en un momento en el que su sector energético atraviesa una etapa de transformación, con campos maduros, menor producción de gas y una creciente discusión sobre el futuro de la exploración de hidrocarburos.
Reconstruir es urgente. Pero hacerlo sin una estrategia energética de largo plazo podría convertir una emergencia temporal en un problema estructural.
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La energía también es infraestructura
Cuando ocurre un terremoto, pensamos inmediatamente en carreteras, puentes, viviendas o redes eléctricas. Sin embargo, detrás de cada una de esas estructuras existe una cadena energética.
Reconstruir consume energía. El cemento, el acero, el transporte, la maquinaria pesada y la industria necesitan combustibles y electricidad. Y si la reconstrucción se extiende durante años, esa demanda energética también se prolongará.
Por eso, la pregunta no debería ser únicamente cuánto costará reconstruir Colombia, sino también cómo garantizará el país la energía necesaria para hacerlo sin aumentar innecesariamente su dependencia externa.
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Colombia ha sido durante décadas un productor y exportador de petróleo y carbón, y durante buena parte de su historia logró mantener una posición relevante dentro del mercado energético regional. Sin embargo, sus reservas y producción no son infinitas.
Los campos petroleros declinan naturalmente. Lo mismo ocurre con los yacimientos de gas.
Y aquí aparece uno de los conceptos que más deberíamos tener presentes: producir no es lo mismo que reemplazar reservas.

El verdadero riesgo no está solo en producir menos
Un país puede mantener una producción importante durante algunos años mientras sus reservas disminuyen. El problema aparece cuando deja de explorar y descubrir nuevos recursos.
La experiencia latinoamericana debería servir como advertencia.
Bolivia pasó de ser un importante exportador de gas a enfrentar dificultades para abastecer su propio mercado. Colombia también ha tenido que recurrir a importaciones de gas mientras la producción doméstica disminuye y la demanda continúa creciendo.
No se trata de comparar directamente las realidades de ambos países, sino de entender una regla básica de la industria: si una nación deja de explorar durante demasiado tiempo, eventualmente comienza a consumir el capital energético que construyó durante décadas anteriores.
Colombia no debería esperar a que la escasez sea evidente para reaccionar.
La exploración petrolera y gasífera no produce resultados inmediatos. Entre identificar un prospecto, perforar, descubrir reservas, desarrollar un campo y llevar producción comercial al mercado pueden transcurrir muchos años.
Por eso, las decisiones que se toman hoy determinan la seguridad energética de la próxima década.
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Reconstruir también significa preservar ingresos
Existe además otra dimensión que no siempre aparece en la discusión.
Los hidrocarburos no representan únicamente barriles o moléculas de gas. También generan regalías, impuestos, empleos, actividad industrial, divisas e infraestructura.
En un escenario de reconstrucción, esos recursos adquieren todavía mayor importancia.
Colombia necesita financiar la recuperación de las zonas afectadas, pero también mantener la capacidad productiva que genera parte de los recursos necesarios para hacerlo.
Esto no significa ignorar la transición energética. Al contrario: significa realizarla con planificación.
La transición energética no consiste en apagar una fuente de energía antes de haber construido las condiciones para sustituirla. Consiste en incorporar nuevas fuentes sin poner en riesgo la seguridad energética, la competitividad industrial ni el bienestar de la población.

El gas será especialmente importante
Dentro de esa ecuación, el gas natural merece una atención particular.
Colombia necesita gas para sus hogares, industrias y generación eléctrica. Si la producción nacional continúa disminuyendo mientras la demanda permanece o aumenta, el país tendrá que importar mayores volúmenes.
Eso significa exponerse a precios internacionales, costos de transporte y condiciones de mercado que no controla.
La seguridad energética, en consecuencia, no puede depender únicamente de cuánto gas produce Colombia hoy, sino de cuánto podrá producir dentro de diez, veinte o treinta años
Y esa respuesta comienza con la exploración de hoy.
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Una reconstrucción con visión de país
Colombia tiene ahora la oportunidad de pensar en la reconstrucción más allá de la emergencia.
Cada carretera que se reconstruya, cada hospital que se levante y cada comunidad que vuelva a ponerse de pie necesitará energía. Pero también necesitará una economía capaz de sostener esas inversiones durante las próximas décadas.
Por eso, reconstruir Colombia no debería significar solamente recuperar lo que se perdió. Debería significar construir un país más resiliente, incluyendo su sistema energético.
La exploración responsable de petróleo y gas, el desarrollo de renovables, el fortalecimiento de las redes eléctricas, la eficiencia energética y la diversificación de la matriz no son caminos contradictorios. Son piezas de una misma estrategia.
La transición energética necesita seguridad energética. Y la seguridad energética necesita planificación.
Colombia tiene que reconstruir hoy, pero sin hipotecar la energía que necesitará mañana.
Porque, al final, como he aprendido después de más de tres décadas en esta industria, la energía no se improvisa cuando hace falta: se planifica mucho antes.
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