Por fin una película colombiana buena en Netflix

Lavaperros de Carlos Moreno es uno de esos clásicos instantáneos. Filmada en Tuluá es mucho más que una película de narcos. Hay que verla ya

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marzo 07, 2021
Por fin una película colombiana buena en Netflix

Cada vez que sale una película colombiana es mejor guardar silencio. Se acaban las palabras para criticarlas y, a veces, hay amigos implicados y se elige no decir nada antes que acabar con un esfuerzo tan grande como es escribir, dirigir y ensamblar una historia. No hay nada más difícil que hacer una buena película. Carlos Moreno ha cometido sólo un error en su brillante carrera: haberse embarcado en ese guion incoherente de ¡Qué viva la música!, el lamentable intento por convertir en imágenes la, casi que inadaptable novela de Andrés Caicedo. Desde Perro come perro, pasando por la serie Escobar el patrón del mal sabemos que si alguien tiene la fuerza necesaria para hacer películas de mafiosos es él. Con Lavaperros los temores que teníamos sobre un posible agotamiento de su talento, de su inspiración –tan frecuentes en el cine- han terminado

Porque señores, al contrario de los que dicen los tontos patrioteros acá lo que necesitamos es contar más historias de narcos. ¿De qué vamos a hablar pues en el país de las masacres? ¿de paisajitos y burros con pollina? En el cine no importa el tema sino la ejecución. El cómo por encima del qué, por eso, cuando la eminente escritora Pilar Quintana le envió un correo a Carlos Moreno hace tres años que contenía el planteamiento que ella había escrito con Antonio García y que tenía como subject “Tu próxima película”, Moreno tuvo el presentimiento que iba a volver a su esencia, a los años de los dosmiles cuando soñaba que podía hacer películas tan potentes como su ídolo, Martin Scorsese. Y se encontró con esta historia que parece un Sin lugar para los débiles criollo, plagado de violencia y poesía. Una crónica urbana llena de cuerpos despedazados y de hombres que odian a las mujeres.

A mí me parece que no hay nada más poético en el cine que una buena muerte. Ese terror que uno siente en la primera escena, cuando el narco en ascenso Duverney decide picar al Pecoso, se extiende en esta película de atmósfera opresiva, de lugares decadentes, de jefes narcos perdidos por el humo de la metanfetamina, en deudas que no quieren pagar. La historia original se llevaba a cabo en Cali, pero Moreno decidió trasladarla a un ambiente más asfixiante: Tuluá. Y esa ciudad, violenta, fea, saqueada, abandonada, es una de las protagonistas de una historia coral, plagada de protagonistas complejos, silenciosos, estresados, aburridos, desesperados, infieles y que tienen una vida propia. Por momentos parece como si Lucrecia Martel y Samuel Beckett hubieran tenido un hijo. Los cuerpos tendidos al lado de una piscina podrida recuerdan a La Ciénaga. Las conversaciones que sostienen los dos policías tontos vigilando la casa de Don Oscar parecen sacadas de Esperando a Godot. Y todo encaja de manera perfecto. Un guion magistral acompañado de una preparación de actores exhaustiva. Lavaperros mezcla actores naturales con profesionales. Una proeza haber conseguido esa frescura en los diálogos, algo que se consiguió por la decisión de Moreno de no mostrarles el guion completo e impulsar una improvisación que le da ese sabor local, ese tono de documental.

La facilidad con la que los narcos matan mujeres por sapas, por brutas, por escuchar, por estar al lado, porque les dio la gana, es sacada de los periódicos. De la realidad. Desde el guion se ve la investigación. Lavaperros a veces tiene la veracidad de una buena crónica periodística. En Colombia las muchachas arrinconadas por la vida que se aferran a la única posibilidad de progresar enredándose con un narco, son consideradas desechables. Por eso a Don Óscar se le hace fácil tomar un arma y disparar contra su novia o la muchacha con la que se enrumbó en una de las opresivas tardes de su huida.

Es difícil contar la historia de Lavaperros. La máxima de Héctor Lavoe, de que cada cabeza es un mundo, se cumple a cabalidad en la ejecución de una de las películas más importantes del nuevo cine colombiano. Además la anarquía. Esa escena final del pastor poseído acompañado de una banda de metal ¿a quién se le ocurrió? ¿ de dónde putas la sacaron?

No me importa si Lavaperros gana premios por fuera, a lo mejor no, es demasiado entretenida para convencer a un jurado compuesto de viejitos mascachochas, lo que sí consigue es ser un testimonio complejo, veraz, que retrata a cabalidad la decadencia de una sociedad que se cae a pedazos, como las mastodónicas  mansiones de Tuluá.

 

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