Opinión

¿Petroñero o uribestia?

En esta discusión bizantina de rótulos sin ideas se nos está yendo la vida y el país por el desagüe

Por:
febrero 28, 2019
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¿Petroñero o uribestia?
Como digas que no eres ni de derecha ni de izquierda, el audiotorio gritará al unísono que eres entonces un tibio, un idiota útil del establecimiento, un godo vergonzante sin carácter o un guerrillero solapado.

Uno de los efectos más palpables de la polarización en la que está sumida Colombia tiene que ver con la notoria y creciente tendencia a encasillar, a rotular, a etiquetar, a ubicar a todos los ciudadanos, así sea a la fuerza, en A o en B, y de paso, a negar la existencia de personas que no se identifican por completo con ninguno de los polos. Las discusiones “ideológicas” poco tienen que ver con qué le conviene más al país o por qué es mejor hacer esto o aquello, sino que se concentran en ataques personales en donde se le exige al oponente que acepte sin rodeos su militancia en alguno de los dos bandos: izquierda o derecha.

Los insultos también van de la mano con la orilla donde te poses o en donde los otros pretenden que te ubiques, así no quieras. A los de un lado los identifican con el remoquete de “petroñeros”, a los del otro lado con el de “uribestias”. Y como digas que no eres ni una cosa ni la otra, el audiotorio gritará al unísono que eres entonces un tibio, un idiota útil del establecimiento, un godo vergonzante sin carácter o un guerrillero solapado.  En este escenario nada ni nadie sirve. Todos tienen un pero ya sea por facho, ya sea por zurdo, ya sea por “nini”. Los más afectados por esta obsesión por etiquetarlo todo y a todos son los de centro porque como para los polos ese punto del especto político no existe, a las personas que se ubiquen ahí las tildan, al tiempo, de petristas y uribistas.

Basta con dar una vuelta por las redes sociales para empaparse de esta realidad. El enfrentamiento entre “mamertos”, “tibios” y “paracos” es diario, 24/7, continuo, incesante, implacable. Es una peleadera que no da tregua, que desgasta, y, sobre todo, que nos quita tiempo y fuerzas para concentrarnos en lo importante. Se pierde tanta energía intentando definir quién es quién, que no logramos unirnos alrededor de un proyecto de país. Veo con preocupación cómo personas valiosas dedican parte de su día, todos los días, a explicar que no por haber votado en blanco son derecha o que no por haber votado por Petro en segunda vuelta son de izquierda. ¿En serio toca explicara algo tan obvio? Pues sí. Esa explicadera lleva meses y, a pesar del tiempo corrido, seguimos en el mismo punto estéril.

 

 

El enfrentamiento por redes sociales entre “mamertos”, “tibios” y “paracos”
es diario, 24/7,
continuo, incesante, implacable

 

 

A raíz de esta preocupación escribí un hilo en Twitter hace dos días y escribo ahora esta columna. La idea surgió luego de ver a Angélica Lozano sumida en la impotencia intentando explicar en vano por qué Juanita Goebertus, tal vez la congresista que más ha defendido el Acuerdo de Paz que firmó el gobierno pasado con las Farc, no es una ficha de Uribe ni un peón más de la derecha colombiana. Según un gran número de tuiteros Juanita sufre del mismo síndrome de Antanas Mockus, de Sergio Fajardo, de Humberto de la Calle, de Juan Manuel Santos, de Claudia López; es decir, son un falso centro creado con el único propósito de impedir que la izquierda llegue a gobernarnos. Palabras más palabras menos, todos esos políticos no son más que uribistas de clóset. Así como lo oyen, ubican a Santos en el mismo costal que a Pastrana, por ejemplo.

Esos políticos centristas de mentirita no están solos. Los acompañan en sus nefastos y oscuros intereses unos líderes de opinión maquiavélicos que se hacen pasar por antiuribistas, pero que en realidad son fichas del “señor maligno”. Los Danieles, Samper y Coronell, aguantan a diario palo porque por culpa de ellos, y no de la millonada de colombianos que no salen de sus casa a votar el día de las elecciones, tenemos a Duque de presidente. Pero también, al igual que los políticos de centro, reciben rayos y centellas del otro lado, de quienes creen que son proguerrilla. Una bipolaridad difícil de explicar y de entender.

Por muy demencial que parezca tal nivel de simplicidad a la hora de analizar a nuestros políticos y periodistas, el mal es generalizado. El grave problema es que acá, por obra y gracia de la polarización, se detestan los matices, los puntos medios. O te bañas con agua helada o te bañas con agua hirviendo, nada de tibiezas, por favor. Aquí se cree que todo neoliberal extractivista explotador de recursos naturales es, sí o sí, un personaje de derecha, un facho. También se cree que todo lo que lleve inherente la palabra “social” es propio de zurdos, de comunistas. Creen que Juan Manuel Santos es de derecha porque, aunque se alejó de la política guerrerista de Álvaro Uribe y ha dicho públicamente que se siente más identificado con la tercera vía de Tony Blair, su política económica fue la de un neoliberal más.

¿Santos es de derecha para medio país y es de izquierda para el otro medio? Aquí me gustaría meter el emoticón con los ojitos mirando para arriba, pero como eso no se puede hacer en una columna de opinión seria, imaginen entonces mi cara. Si aquí no nos cabe en la cabeza un tipo como Santos, ¿nos podrá caber en la cabeza un modelo como el de Noruega que es un exitoso ejemplo de que lo social puede convivir a la perfección con lo neoliberal si se buscan puntos intermedios que equilibren las cargas?

Luego de la Segunda Guerra Mundial, Noruega no solo era otro país pobre y devastado de Europa, además no sabía que tenía un subsuelo rico lleno de recursos naturales. Era otra Cenicienta más del viejo continente. Todavía en la década de los 70 lo era. ¿Cómo se convirtió entonces en uno de los países con el PIB per cápita más alto y el coeficiente Gini más bajo?

Aquí va la primera diferencia con nosotros. Sus partidos de izquierda y de derecha decidieron poner por encima de rencillas ideológicas, una visión de país conjunta, un anhelo de nación pujante, un tipo de sociedad equitativa e igualitaria. Allá está primero el Estado, luego los políticos, no al revés. La segunda diferencia: no se rompen la cabeza con rótulos. Noruega es una monarquía. ¿Algo más godo que tener a estas alturas un castillo con un sujeto al que le dicen su majestad el rey? Pero al tiempo es un país socialista que defiende a capa y espada, y lo pone en práctica, el concepto de sociedad igualitaria. Noruega le dio forma a un Estado de Bienestar envidiable y a un sistema educativo en donde se capacita por igual al hijo del obrero que al hijo del CEO de una multinacional. Pero además, y a pesar de su claro énfasis en lo social, Noruega es un país extractivista que basa gran parte de su economía en rentas derivadas de la explotación de recursos naturales como petróleo, gas y pesca. ¿Podría un colombiano, a quien no le cabe en la cabeza que Claudia López es de centro, este sancocho noruego en la cabeza? ¿Monarquía socialista neoliberal extractivista? ¿Cómo así que son neoliberales y al tiempo tienen una de las sociedades más equitativas del planeta?

Dificilmente un colombiano que llama a su oponente ideológico uribesta o petroñero puede caberle en la cabeza el modelo noruego, que no es el único de este tipo, valga aclarar. Aquí eso no se entiende. Aquí no pesa más la visión de país ni las ideas de las personas, sino a quién siguen, a qué “label” pertenecen, el rótulo que llevan en la frente, si es de izquierda o de derecha, si es mamerto o uribista, y en esa discusión bizantina se nos está yendo la vida y el país por el desagüe.

Los noruegos salieron en pocas decadas de la debacle porque supieron unirse alrededor de un proyecto de país. Sacaron lo mejor de cada ideología, adapataron esas ideas aparentemente contrarias a su realidad y tomaron la decisión de avanzar a partir de las diferencias. No se paralizaron. Tienen un Estado enorme producto de un país con énfasis en lo social, pero supieron mantener a raya la corrupción con normas claras y estrictas de manejo de las rentas petroleras e impuestos supremamente altos para quienes ganan y tienen más. Nadie está allá peleando que si Uribe que si Santos que si Petro que si la derecha que si la izquierda que si el centro.

 

 

Con la forma de ser que tenemos, con este talante de prepúber,
moldeamos caudillos y nos enlistasmos en sectas.
No seguimos ideas, defendemos religiones

 

 

¿Y nosostros qué? Pues ahí, llenos de corrupción, de pobreza, de inequidad, eligiendo al menos malo entre un ramillete de opciones mediocres y jalándonos de las mechas por rótulos. ¿Y todo por qué? Porque con la forma de ser que tenemos, con este talante de prepúber, moldeamos caudillos y nos enlistasmos en sectas. No seguimos ideas, defendemos religiones. No nos unimos en torno a nada, no nos ponemos de acuerdo en qué deseamos para el país. Somos como bebés haciendo pataleta diaria por maricadas.

En Colombia unos quieres seguir manteniendo todo igual, con la riqueza concentrada en manos de unos pocos. Otros quieren patear el tablero y empezar de cero para acabar de tajo con tanta desigualdad e inequidad. Otros quieren un país justo y equitativo, pero sin desbaratar el tablero ni sacar jugadores; es decir, en el mismo tablero, pero mejorando las reglas de juego y haciéndolas cumplir. Esos terceros, los que no sienten (y ahí me incluyo) que pertenecen ni a la izquierda ni a la derecha, los que creen que la opción de centro no solo existe, sino que además debe crecer y fortalecerse, son invisibles para los puristas defensores de “o eres blanco o eres negro”.

Supongo que para ellos tampoco existe Noruega…

@NanyPardo

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