Opinión

Petro: ¿el Robespierre criollo?

El examen del episodio del video-billete es ineludible para discernir la estatura ética de quienes se arropan en el monopolio de la moralidad para solicitar el favor del electorado

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Diciembre 06, 2018
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Petro: ¿el Robespierre criollo?
“La vanidad y el fundamentalismo arrogante son comunes denominadores entre Robespierre y Petro”. Fotos: Leonel Cordero /Las2Orillas y Wikipedia

“La gente alardea de lo que no tiene”, le oí decir a mi padre en más de una ocasión. El viejo complementaba la frase recomendando dudar de quienes se auto elogian; desconfiar de quienes se autoproclaman los buenos y honestos, o alegan superioridad moral sobre los demás. Pues bien, pensé en este antecedente cuando supe que Petro impulsaba una lista propia para el Congreso y la había denominado de “los decentes”. Al auspiciar un movimiento con tal rótulo el exalcalde pretendía ser reconocido como adalid exclusivo de la pulcritud política.

En realidad una contradicción abierta con su estilo y sus ejecutorias, porque el autor de la creatura, o de la lista que sacó varios congresistas, era y sigue siendo un individuo acusado de múltiples indecencias por cuenta de su oscuro pasado guerrillero, su peculiar ejercicio de las relaciones humanas, y su tormentosos desempeño frente a los destinos de la capital.

No voy a repetir la larga relación de hechos repudiables en los que aparece vinculado el personaje, baste con recordar que sobre él pesa una multa multimillonaria por sus actuaciones arbitrarias y caóticas como alcalde; baste con decir que mientras se declara defensor de la paz social  y enemigo de la guerra fratricida, no ha parado ni un instante en el propósito de instigar la lucha de clases y el enfrentamiento entre los colombianos.

La creación de confianza con los socios, amigos o conciudadanos tiene un presupuesto esencial que es la coherencia, la cual consiste en obrar de acuerdo con lo que se predica. Esta característica implica la posibilidad de prever los andares y reacciones de quien se pretende merecedor de credibilidad. Petro quiere encabezar el ejecutivo para solucionar los problemas de nuestra gestión pública, pero fue un pésimo administrador de los intereses ciudadanos. Quiere ser el paradigma de la ética y las buenas maneras en la política; el gran fiscal de empresas y  empresarios, pero no puede ocultar su frondoso rabo de paja.  Exige a los demás lo que él mismo no practica.

 

 

Petro se escuda en que su conducta no fue ilegítima ni ilegal,
pero Colombia sabe que el tráfico de efectivo es práctica usual de las mafias,
contratistas podridos, políticos compravotos y evasores de impuestos

 

Petro se escuda ahora en que su conducta no fue ilegítima ni ilegal, pero en Colombia se sabe de tiempo atrás, que el tráfico de efectivo es una practica usual de las mafias, los contratistas podridos, los políticos compra votos y los evasores de impuestos.  Que un abanderado de la pureza de costumbres reciba dinero en efectivo, sin declarar su origen y destino, resulta a todas luces inaceptable. Y para peor, el protagonista de los hechos es un individuo que lleva años tramando al electorado con un discurso maniqueo y engañosamente moralizante, lanzando descalificaciones para todo el que no siga a pie juntillas sus orientaciones; alguien que al mejor estilo de Laureano Gómez tiene dividido al país entre el oro y la escoria.

Ni el contenido de la videodeclaración de Petro el lunes, ni su rueda de prensa del martes sorprenden. Acudió de nuevo a una treta ya probada, la cual consiste en apelar a la solidaridad de los incautos para luego declararse perseguido. Sus explicaciones son contradictorias y acaso contraevidentes, pero eso lo tiene sin cuidado. Su estratagema es cerrar el capítulo proclamándose blanco de un montaje tramado por la derecha paramilitar y asesina, a la que se sumaría un fiscal que además de estar al servicio del gran capital es su enemigo personal.

Los colombianos tenemos derecho a conocer en toda su extensión y ramificaciones lo que pasó con Odebrecht. Quiénes están comprometidos, cuáles fueron los determinadores de las conductas delincuenciales y sus cómplices, son asuntos que deben quedar esclarecidos. Y es de esperar que con el nombramiento del fiscal ad hoc se pueda conocer la verdad “verdadera” sobre el entuerto. Sin embargo, causa hilaridad la queja petrista en el sentido de que el video sacado por Paloma Valencia es una cortina de humo para entrabar el avance de la indagación.  El examen del aquel episodio de fajos y chuspas es ineludible, porque el país debe estar seguro de la estatura ética de quienes se arropan en el monopolio de la moralidad para solicitar el favor del electorado.

El caso de Petro trae a la memoria el de Robespierre, también conocido como el “incorruptible”, un revolucionario francés que fuera ejecutado el 28 de julio de 1794.  Su prepotencia y arrogancia; su tendencia a sentirse por encima de toda norma y su verbo apasionado cargado de fantasiosas promesas, llevaron a que se le diera el tratamiento de “Heraldo de los Últimos días y profeta del Nuevo Amanecer”. Al final la falta del sentido de los límites lo llevaría a impulsar una legislación según la cual para condenar a un sospechoso las pruebas morales valían tanto como la evidencia material. Como era de esperarse tal esperpento terminó por llenar de aprensiones a sus antiguos compañeros de revuelta, quienes ordenaron separarle la cabeza del cuerpo mediante el uso  de una herramienta recién inventada.

Usted convendrá amigo lector que la vanidad y el fundamentalismo arrogante son comunes denominadores entre Robespierre y Petro, aunque la coincidencia en aquello de la incorruptibilidad está por verse. Pero tranquilícese, para fortuna de todos en Colombia no hay guillotina.

 

 

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