Opinión

Pequeñas barbaridades cotidianas

Por:
julio 18, 2014
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De unas lunas para acá me he tomado la tarea y el atrevimiento de saludar a muchos de los amigos y amigas reales y virtuales con una simple (y compleja) pregunta: “¿Cuándo se deja oler?”. Imagínense las caras de asombro cuando el saludo es posterior a un tropezón en la calle atiborrada de vendedores ambulantes, en el odioso y amado centro comercial y en una esquina de semáforo; ahora imagine que el saludo es virtual, tecleado desde la selva de bits en la que vivimos por medio de una fría y distante red social: aparecen caritas intentando explicar el asombro (emoticones dicen ahora — fea palabra—) y la estupidez se toma por asalto al rostro frente a la pantalla o del otro lado de la delgada línea de la vida digital.

¿Cuándo te dejas oler?

No estamos acostumbrados a que los sentidos (secundarios) diferentes a la vista sean los que dominen nuestra compleja manera de relacionarnos con los demás erectos del planeta. Pensar que el ¿Cuándo nos vemos? O el “déjate ver” o quizás el “déjate saludar” (tocar) en algunos casos, estuviesen amenazados en su amplia zona de confort es una mera ilusión.

Usar el sentido del olfato para establecer un nuevo paradigma de relaciones sociales quizás sería mucho más gratificante y relevaría de su eterno papel al “todo entra por los ojos” y a cambio se impondría el “olor despierta a los demás sentidos”.

No somos una cultura desarrollada alrededor del sentido del olfato, somos más visuales y de tacto, por ello, nos estamos perdiendo de todo un mundo de imaginación y traducción nasal formidable.

Los emuntorios con los que la evolución nos dotó son la precisa muestra que el olfato debería ser reivindicado dentro de las relaciones sociales actuales: el sentido de la vista solo se limita a dos cuencas avizoras en la cabeza y no del todo funcionan bien a veces; en cambio, emuntorios tenemos por doquier e infinitos si empezamos por la piel, el hígado, los riñones, los intestinos y los pulmones.

Que decir de lo maravilloso que resulta el autorreconocimiento que hacemos por vía de sobacos, ingles y detrás de las orejas. Niños exploradores de su propio territorio de secretos y tesoros corporales que se recorren mejor por vía del olfato. Travesuras bien gastadas a las normas de protocolo y etiqueta que nos satisfacen en demasía —a pesar del reproche en público— cuando las compartimos en soledad odorífera y excitante.

Para nada nos pueden acusar de sucios, cochinos, puercos, degenerados y mal educados. Si el olfato se convirtiera en el regente de las relaciones sociales actuales, la convivencia sería mucho más placentera porque la imaginación se cubriría de mejores dotes y ya no solo seríamos esclavos de lo que vemos sino amos de lo que olemos.

Una aproximación puntual a los designios del olfato, seguramente tendrían que provocar modificaciones en la cotidianidad como las siguientes:

Se propondría un cambio en el documento de identidad, en vez de señales particulares, debería decirse: olores particulares.

En vez de “me encanta verte”, diríamos con extremo orgullo y agarrándonos la nariz: “me encanta olerte”. El “hace tiempo que no te veía” por el “hace rato que no te olía”. El “te ves bien” por el “hueles muy bien”.

En público se vería supremamente bien y con decoro occidental pasarse los dedos por las axilas o detrás de las orejas, para luego llevárselos a la nariz y cantar victoria en silencio porque ahí seguimos demarcando nuestro territorio de pequeña bestia de la cotidianidad.

El carácter y la personalidad serían ajustados a los humores y olores despedidos en cada instante de emoción y reacción. Fuertes para los olores penetrables y filosos. Débiles para los olores finos y pasajeros como el viento del tiempo. Tímido para aquellas personas que casi ni se sienten en su odorífero mundo de emuntorios silenciosos.

Los piropos de los enamorados estarían cargados de símiles de olores de cocina en abundancia, salitre de mar por la mañana, pantano dormido en medio de la luna llena, ciénaga en gozo por la creciente y silencio de tiempo que la libélula rompe con sus alas de no me toques.

Se vería y olería bien ante todos, que emergiera la flamante expulsión de gases reprimidos a lo largo y ancho de la geografía de ácidos y metanos de los cuerpos humanos en cualquier escenario social compartido: posar de fétidos y nauseabundos serían adjetivos encumbrados en los pedestales de la urbanidad olfativa; para expresar inconformidad y desacuerdos con ciertas barbaridades cotidianas que amenazan a nuestra integridad fisiológica amputada a veces por las convenciones y condenada a la más cobarde de las soledades: la de tragarse para sí solo toda una fabulosa creación gaseosa y toda una gloria efímera del cuerpo miserable por una simple mezquindad impuesta a la fuerza por el peso de la concreta cotidianidad.

Coda: Empecemos a olernos más y a vernos menos. A veces el diablo de los ojos es travieso y juguetón. En cambio el Hada de la nariz siempre espera que lo que encuentre te transporte al reino de la olorosa santidad. ¿Cuándo nos olemos?

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