Payasos de circo y payasos electorales

Los payasos, los 'clowns' de caras pálidas y sonrisas exageradas, han ido decayendo. Sin embargo, en el escenario político son imbatibles

Por: Juan Carlos Camacho Castellanos
enero 20, 2022
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Payasos de circo y payasos electorales
Foto: Pixabay

El circo sigue mientras haya quien aplauda a los payasos”: Anónimo

Un circo era una fiesta cuando llegaba a un poblado, iba acompañado de ruidosos y estridentes acordes musicales, junto a un desfile de atracciones variadas que incluían malabaristas, trapecistas, magos, domadores y, por supuesto, los inevitables payasos, con su cara blanca, exageradas sonrisas de intenso carmesí y coloridas vestimentas; eran los que, en medio del talento y la gracia, sacaban una carcajada al público que vivía, por un módico precio de entrada, un poco más de hora y media de fantasía y asombro.

Aún existen circos, itinerantes en medio del incesante ir y venir de la ciudad bulliciosa y estresante; se instalan en cualquier terreno despejado, parquean sus polvorientos vehículos, levantan su descolorida carpa y atraen, como pueden, a aquellos que con nostalgia o por aburrimiento desean ingresar a ese solaz de esparcimiento adobado con gaseosas y palomitas de maíz.

Los circos, por otra parte, han cambiado; basta con ver la maravilla que representa el Circo del Sol o la búsqueda de otros espacios circenses para tratar de atraer a un público cada vez más alejado por culpa de los espectáculos generados por los medios digitales o por espacios que buscan asombrar de otras formas a un público ávido de experiencias con una mayor carga sensorial.

Pero, los payasos, los que recibían el pastelazo en la cara, el golpe con el mazo multicolor en sus cabezas o abordaban un microvehículo para ver cuantos podían embutirse en el antes de colapsar, los clowns de caras pálidas y sonrisas exageradas han ido decayendo, se han vuelto espanto de niños y carne de cañón para que aterroricen al público en las salas de cine. Nuestros pagliaccis, ese tradicional clown que hacía reír a los abuelos hoy en día es tan solo un disfraz de día de brujas para espantar a los niños y distraer a los adultos que identifican esas figuras como seres siniestros y no como esos antiguos distribuidores de risas.

Pero hay otros payasos que no dan risa, que son macabros en sus palabras y actuaciones. Existen otros bufones que declaran a la prensa, que tuitean barbaridades, que se lanzan pastelazos argumentales sin gracia unos a otros, que se desternillan de risa en nuestra cara, que mienten descaradamente mientras los públicos ingenuos se tragan sus falsedades sonriendo bobaliconamente. Estos caricatos aparecen cada vez que se abren los corrales políticos para que salgan a hacer campaña; se pintan la cara con sonrisas, se decantan por abrazar niños(as) y adultos mayores, se lanzan a insultarse unos a otros en noticieros y debates, se carcajean de nosotros mientras arman el circo de tres pistas electoral para llegar a algún puesto de poder donde posaran sus traseros cómodamente por los próximos años disfrutando de groseros privilegios.

Tal vez algunos políticos sean serios y responsables en sus propuestas (no podemos generalizar), pero, desafortunadamente, el pueblo desea escuchar al payaso, se cree los cuentos del bufón, los admira por su “carisma”, les creen sus mentiras, que no pasan de ser más que malos chistes para los que escuchamos con calma y atención, los que por lógica no nos tragamos sus cuentos y acciones grotescas y sin gracia.

Nos sobran payasos y nos faltan gerentes, tenemos cuenta chistes en abundancia y nos faltan individuos veraces, hay sobreabundancia de pícaros chistosos y faltan estadistas y oradores de calidad. Llegamos a temporada de payasada electoral; se abre el circo de tres pistas donde los payasos se toman el mando y en medio de risas, de idioteces, de nimiedades, de promesas vacías, de millonarios gastos en propaganda alucinante que empapela y ensucia nuestras calles con los rostros inconsecuentes de esos bufones. Esos payasos sin gracia de los que acertamos a reírnos una temporada mientras ellos terminan riéndose, al final, de nosotros por mucho, mucho tiempo.

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