Nuevo Liberalismo: Crónica de una muerte anunciada

Los hermanos Galán enfrentan un escenario político complejo debido a que sus decisiones, algo desacertadas, han debilitado su propósito político

Por: Eliseo Garzón
junio 22, 2022
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Nuevo Liberalismo: Crónica de una muerte anunciada
Foto: Leonel Cordero

La expectativa que generaba resucitar el partido Nuevo Liberalismo, creado por el inmolado Luis Carlos Galán Sarmiento como mecanismo reivindicador de los principios que defendía para aplicarlos en nuestro tiempo, se ha venido difuminando con cada una de las acciones que han tomado sus hijos y la dirigencia que les acompaña.

Una cadena de errores que demuestran una evidente prepotencia y falta de táctica política tienen al partido renaciente al borde de convertirse en un ejemplo frustrante de una oportunidad que no pudo ser.

Varias situaciones contribuyen a esta lamentable situación. Primero, la decisión de los hermanos Galán de dividirse hace algunos años para militar y hacerse elegir en cargos públicos a través de partidos tradicionales diferentes, Juan Manuel en el Partido Liberal y Carlos Fernando en Cambio Radical.

Luego, acariciar la Alcaldía de Bogotá donde faltó el centavo para el peso debido a diversos factores, entre otros, la falta de equipo y excesiva idolatría y confianza en el candidato a la Alcaldía, por si habilidoso, pero insuficiente con la significativa votación que tuvo en desmedro del deprimente número de concejales y apoyo que recibió el movimiento que lo avalaba.

Más tarde, cuando habiendo ganado un espacio valioso por descarte para efectuar oposición al gobierno distrital, Carlos Fernando Galán decide renunciar al Concejo de Bogotá pretendiendo fortalecer la lista al Senado del Nuevo Liberalismo. En la práctica también renunció a la tercera oportunidad de llegar al Palacio Liévano.

Le siguió el suicidio político resultado de pretender hacer competir electoralmente y de forma prematura en solitario al Nuevo Liberalismo contra partidos políticos consolidados en el territorio nacional y en unas elecciones parlamentarias cuya dinámica es muy distinta a una campaña a la Alcaldía de Bogotá. En conclusión, no aparecieron los votos, no se logró legitimar la personería jurídica y no se alcanzó la anhelada representación en el Senado.

Finalmente, pretender Juan Manuel Galán ser presidente cobijado por un partido que le falta mucho para ser partido y en una coalición a toda costa fallida y donde se depositó la esperanza, a pesar que ese fuera su nombre.

Acto seguido, haber apoyado al candidato vencido en el balotaje después de conocerse un acuerdo que despertó más dudas que entusiasmo y catapultado con un bochornoso resultado que le antecedió el apoyo desgastante brindado a Fajardo hasta último momento.

Hoy los hermanos Galán enfrentan un escenario político complejo debido a que sus decisiones, en cierto modo desacertadas, evidencian un debilitamiento de su propósito político cuando en el marco de una oportunidad partidista que parecía interesante para potencializar es confusa al cerrarse cada vez más su posibilidad de acceder al poder y, por este medio, defender con honor y fortaleza las ideas de su padre.

Comencemos por el principio. La cuestionada militancia en partidos tradicionales distintos de los hermanos Galán quienes llegaron triunfantes al mundo electoral y a la política para despertar emociones.

Debemos admitir que esta decisión los juzga de oportunistas e ingenuos a pesar que son los partidos quienes lo fueron cuando los acogieron aprovechándose de su juventud y el legado que representaba su apellido para fortalecer sus listas al congreso donde ambos ganaron y ocuparon sendas curules.

En el caso de Carlos Fernando Galán debe recordarse que llegó al ongreso después de haber conquistado la más alta votación en el Concejo de Bogotá y disputarse de forma infructuosa la alcaldía de la misma ciudad, mientras Juan Manuel Galán venía de apoyar a Pastrana, candidato conservador a la presidencia, quien luego lo nombró viceministro.

Quizás habría sido estratégico para los hermanos Galán haber permanecido unidos y apoyarse mutuamente, en lugar de evidenciar desde entonces sus diferencias tanto en la forma como en el modo de hacer y entender la política.  Su posterior retiro por separado de los partidos a los que pertenecían con argumentos controversiales y circunstanciales mereció fortalecer esa imagen de oportunismo electoral que profundizó a marcar su lamentable derrotero político. Era otro paso más que ponía en riesgo el legado de su padre.

Tiempo después, la abrumante votación de Carlos Fernando en su segundo intento por llegar a la Alcaldía de Bogotá al lograr más de 1 millón de votos y perder por poco más de 80.000 sufragios fue contundente y en cierto modo coyuntural. Toda una proeza para un candidato sin partido y en cuya campaña se valoró, sin duda alguna, una forma diferente de hacer política junto a un programa serio y no populista que terminó calando en una buena parte de la ciudadanía que terminó siendo insuficiente.

¿Qué faltó entonces? Haber fortalecido el equipo, lo que se evitó en pro de garantizar independencia de políticos tradicionales que les habría sumado los pocos votos que los llevaron a la derrota.

Esta debilidad estratégica en la política no solo le costó la alcaldía a Carlos Fernando, sino que se vio reflejada en la paupérrima representación que el mismo movimiento logró en el Concejo con apenas dos curules, mientras su contrincante y vencedora alcanzó 12 escaños en la corporación.

Carlos Fernando Galán, resignado por la derrota aceptó su posición en el Concejo de Bogotá y demostró en el primer año su talante estadista. Su liderazgo fue clave para sacar avante el accidentado Plan Distrital de Desarrollo y el primer presupuesto de la administración de Claudia López, sumado a otras gestiones propias del cargo de presidente de la corporación.

Carlos Fernando, en su calidad de Concejal, no se vendió a la administración distrital, todo lo contrario, fue independiente y crítico de la gestión de su adversaria ahora investida de alcaldesa y sabiendo representar a ese millón de electores que lo apoyó gracias a la comodidad que le generaba la ley de equilibrio de poderes.

No obstante, la emoción del reconocimiento de la personería jurídica del Nuevo Liberalismo que le otorgó la Corte Constitucional después de una larga lucha jurídica, incidió en su controvertible astucia política.

Le llevó abruptamente a renunciar al camino certero que estaba construyendo con a la Alcaldía de Bogotá en 2023 confiado en que el millón de votos que le había respaldado hace dos años, o al menos una buena parte, le sería fiel y clave para lograr la legitimación electoral del partido resucitado de su papá. Los escenarios eran distintos.

Falla estratégica de los hermanos Galán al creer que la opinión y respaldo electoral logrado en la campaña a la Alcaldía de Bogotá liderado por Carlos Fernando Galán se mantendría y le bastaría para alcanzar una representación interesante en el Senado sabiendo que han pasado más de 30 años del momento en que el Nuevo Liberalismo y, por ende, el Galanismo, era una contundente fuerza política que, con su líder inmolado, logró incluso poner presidente en cuerpo ajeno y fortalecer partidos y políticos que alcanzaron posiciones en el gobierno por varios periodos.

Se olvidaron que 30 años no pasan en vano, y toda fuerza política caduca, más aún, cuando nuevos liderazgos emergieron transmutándose en partidos que hoy, con sus bondades y defectos, tienen representación, estructura electoral y vocación de poder. El Nuevo Liberalismo es un bebé que está aprendiendo a caminar en un escenario donde existen partidos "maduros" que son sendos corredores. Prepotencia o falta de sagacidad política o ambos sería parte de la explicación.

El resultado estaba cantado. Apenas un respaldo minoritario de la opinión en Bogotá brindó apoyo al Nuevo Liberalismo en una contienda donde las estructuras políticas regionales son indolentes de las ideas, las propuestas o los nobles intereses que dicen defender.  Una curul en la Cámara de Representantes de Bogotá fue el lánguido triunfo en una disputa de tigres, representada por los partidos actuales, frente a un corderito resucitado e ingenuo que despertaba de un coma de 30 años, el Nuevo Liberalismo.

La conformación de la lista al Senado con candidatos sin votos pero cuya apuesta era llamar la opinión que no se tradujo en respaldo electoral y con un mensaje partidista que a toda costa resultó anticuado y nada convincente hicieron de las suyas despojando al partido de una oportunidad sin precedente para haber alcanzado al menos dos curules en el Senado si hubiera valorado y entendido que en estos tiempos las alianzas son necesarias.

Carlos Fernando Galán no solo perdió su curul en el Concejo que le estaba acercando a la Alcaldía de Bogotá gracias a la controvertible gestión de la actual administración, sino que evidenció su debilidad política al no contribuir su nombre en la lista a empujar con desidia el reto que imponía legitimar con votos la decisión de resucitar el partido de su padre.

Algo estaba claro: una cosa es el Nuevo Liberalismo en la década de los 80 y otra, muy distinta, es ponerlo en la escena electoral de estos tiempos donde se necesita todavía mucha gasolina y chispa para que arranque y tenga protagonismo.

Con las cenizas todavía ardientes por la derrota en las elecciones al congreso y la consulta presidencial donde un novato Juan Manuel Galán pretendía llegar a la Casa de Nariño con un partido en construcción, una nueva decisión contribuye a encender el fuego y es la osadía de apoyar al candidato Rodolfo Hernández en segunda vuelta.

Esta apuesta arriesgada aparece luego de un camino escabroso y sin éxito que recorre el Nuevo Liberalismo cuya lista se fue desmembrando como parte de un esfuerzo infructuoso en la denominada coalición Centro Esperanza.

¿Resultaba necesario arriesgarse a tal nivel apoyando a un candidato a la presidencia cuyo estilo está claramente alejado de los principios y forma de hacer política del mismo Luis Carlos Galán Sarmiento y, peor aún, después de tan estrepitosos resultados electorales en Senado y la consulta presidencial? Todo indica que la lección sigue sin ser aprendida, aquella que exige prudencia en la política cuando se está resurgiendo y, más aún, luego de haber lanzado el partido a los lobos y quedar prácticamente moribundo.

¿Qué le resta a este golpeado partido que hoy está en cuidados intensivos? Luchar por no morir en un escenario político adverso que vendrá con las elecciones locales de octubre del próximo año , y luego en cuatro años con los comicios presidenciales y parlamentarios según el devenir que le imprima el nuevo gobierno que se acaba de elegir en el mediano plazo.

Urge un congreso interno del partido con los militantes que tenga que sea serio y decidido para abrir los ojos y reorientar la cuestionable dirección que se le ha dado. Se recuerda que el legado está en riesgo de desaparecer.

Ya no hay lugar a más errores de estrategia, o se busca la vocación de poder con inteligencia, prudencia y coherencia ideológica o el partido podría recibir el próximo año una estocada final que le llevaría a su fin arrastrando, además, la dinastía Galán en la política. Sin duda deberán recoger y potencializar lo poco que tienen, pero esta vez sin prepotencia, sed de poder desbocado y falta de estrategia. Múltiples opciones están a la mesa.

Sin embargo, debe recordarse algo en política y es que nada está dicho porque en este escenario los muertos resucitan y el más vivo puede caer fácilmente. Suerte y estrategia son necesarias pensando en un legado que vale la pena reivindicar y no enterrarlo infructuosamente.

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