No dejemos que nos moldeen la consciencia

"La corrupción y su costo sobre el erario público y los nexos de la clase política atrapada en sus tentáculos, es el novelón del momento"

Por: Leandro Lopez Mendez
febrero 13, 2017
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No dejemos que nos moldeen la consciencia
Foto: Archivo elheraldo.com

Finalizado el año 2016 con su polémica sobre los acuerdos con las FARC, la victoria del NO en el plebiscito y la ulterior “refrendación” de los mismos por parte del congreso, el 2017 inicia con una mojigata virulencia sobre el tema de la corrupción por el caso Odebretch y la financiación de las campañas políticas. Baste solo con ver como todo ello se ha transformado en la comidilla diaria de los informativos radiales y televisivos. El relato sobre la corrupción y su costo sobre el erario público, los nexos de la dirigencia política atrapada en sus tentáculos, los nuevos indicios y pruebas y demás han encabezado toda la oferta de noticias en el país durante enero y lo que va de febrero, es el novelón del momento y como tal se lo trata, porque en Colombia los relatos que hemos consumido hasta la saciedad siguen sembrando en los medios y en la gente los mismos asombros inútiles y curiosidades cómplices que derivan en el habitual tratamiento mediático-judicial, así per secula seculorum. Con todo y eso, sigue ocurriendo y nos sigue “impresionando”, como la prehistórica primera vez, de ahí que lo que se lee y escucha todos los días sea tan mojigato.

No obstante, toda mala película tiene un subtexto y tal vez por ello uno sigue las noticias y los chismorroteos radio-judiciales de la mayoría de nuestras emisoras. En uno de esos, en la W con Vicky Dávila, invitaron a Armando Benedetti y José Obdulio Gaviria, dentro de todo lo predecible salió de la tertulia una frase que a la periodista le escribieron: “como vamos, los honestos van a terminar siendo los de las FARC”, a lo que el senador del CD respondió “una exageración” y el de la U sugirió que significaba que si entre el Santismo y el Uribismo no se hace un caldo pues mejor irse con el populismo (Claudia López dijo lo mismo en otro medio). Confieso que yo también he pensado (temido) lo mismo que Benedetti, que el hartazgo con el tema de la corrupción y con los despropósitos de nuestra política tradicional llevasen al pueblo a equipar a los asesinos de las FARC con los corruptos y a pensar que votar por unos u otros da igual, que hasta un cambio no caería mal; no más por percibir el parecido con la situación de Venezuela en los 90´s y su posterior futuro me dieron ganas de escribir este artículo.

La cuestión no es tan banal como aparentemente nos la presentan, tampoco amerita solo decir que es “una exageración”, hay dos caminos que pueden conducirnos a la pesadilla que mencionó Benedetti. Del lado de un buen imperativo moral y dado que la corrupción se ha normalizado en el país, una actitud vergonzante debe llegar, creo que ese momento tiene un horizonte cercano, el problema sería entonces que las nuevas generaciones al asumir esa tarea lleven al país a tomar un camino como el de Venezuela, así ocurrió allá. Del lado del no-imperativo moral, cabe mencionar que una de las características de las sociedades mojigatas como la nuestra es esa suerte de furtiva  flexibilidad moral, por ello la normalización de aquello que es atroz, de ahí su banalización, así que el temor que genera esta ola de desprestigio adicional a la de por sí desprestigiada clase política colombiana está plenamente justificado, esa moral derivada del mal ejemplo nos puede llevar como sociedad hasta los niveles de igualar la corrupción con el terrorismo y el comunismo. Es probable que  una conjunción de ambas situaciones sea lo que la izquierda radical colombiana espera para que se cumpla su deplorable designio en el otrora “País del Sagrado Corazón”. Aún en medio de la pésima situación de nuestra política  hay que serenarse y entender de qué se trata todo este bombardeo mediático con el tema de la corrupción, debe observarse el decurso completo de lo que se nos impone por doquier y no solo en estos meses, pues en esa negligencia radican las posibilidades para que se imponga un régimen marxista como el venezolano en Colombia.

Lo anterior no significa que no se deba informar sobre la corrupción, ni mucho menos que nos conformemos con las tradicionales corruptelas que despilfarran nuestros recursos y/o pactan prebendas con privados, es decir, aquí no se está escogiendo como camino el adagio de que “es mejor malo conocido que bueno por conocer”, de eso tampoco se trata. Sin embargo, cuando se analiza la súbita aparición del tema de la corrupción como si fuera algo nuevo, invadiendo por todos lados la agenda noticiosa, removiendo de la centralidad el estricto seguimiento a la ya problemática implementación de los acuerdos con las FARC, a uno le queda un sinsabor. El hecho de mayor relevancia nacional durante la década han sido las negociaciones con las FARC, ya que el eje central del gobierno de esta década ha sido ese, la mayor parte de su energía se ha invertido ahí, no se entiende entonces que luego de la agitación política del 2016, cuando el pueblo rechazó los acuerdos y/o ni siquiera se sintió convocado a expresarse sobre los mismos, el tema de la implementación pase a un segundo plano. Pareciera como si a algunos les interesara mucho darle un giro a la campaña del 2018 e imponer la máxima de que el tema de las guerrillas no debe estar presente en las elecciones del año próximo, que no podemos invertir otros cuatro años haciendo de la guerrilla nuestro centro de gravedad político porque los acuerdos lo convertirían en etapa superada. Que ello ocurra y que algunos medios por acción u omisión se presten a este juego, sería una bofetada a las mayorías que democráticamente se expresaron el 2 de octubre y a aquellos que con claridad ven como la matriz de los acuerdos rechazados democráticamente se conserva en lo que el congreso refrendó.

Cuando el hermano de Santos comenzó a dialogar en secreto con las FARC y ello era  impopular casi por unanimidad, unos pocos lo advirtieron, luego procedieron a abrirle espacio a esas negociaciones en la opinión pública hasta que instalado el tema nos dividieron utilizando el pueril eslogan de Guerra o Paz; Hoy en día ya hay una parte de la población que justifica el alzamiento en armas de las FARC y sus atrocidades por razones políticas, vaya flexibilidad moral, vaya facilidad para imponernos agendas a las que nos debemos oponer. La corrupción y la moral asociada a ella es uno y solo uno de nuestros tantos problemas, se debe decir que con todo y sus deplorables implicaciones sigue sin ser el peor, de otro lado el tema de las guerrillas y el rechazo a las causas del marxismo cultural siguen presentes y latentes en nuestra sociedad, lo demuestran el triunfo del NO y las marchas en contra de la ideología de género.

Que no moldeen nuestra maleable conciencia moral es pues una tarea propia y de nadie más.

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