Opinión

Nada es mentira

Noticias de la otra orilla

Por:
octubre 27, 2018
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Nada es mentira

La semana pasada vino a Barranquilla, invitado por la Universidad del Norte y El Heraldo el periodista Daniel Coronell, para hablar de periodismo. Y le hizo un sentido reconocimiento a quien fuera su primer jefe en ese oficio, el barranquillero que según Coronell le “desbarató con sus conocimientos” sus primeras cuartillas. Hablaba de Heriberto Fiorillo.

Esa referencia coincidió con un encuentro accidental en mi biblioteca con un libro de “Fiori” titulado Nada es mentira. Y volví a leerlo.

 

 

Es un libro sobre el cual el reconocido periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez prácticamente agotó el repertorio de los elogios permitidos para referirse a Heriberto Fiorillo y a su trabajo en el prólogo que escribió para esta compilación de crónicas, entrevistas  y reportajes, acerca del que queda bastante difícil decir alguna otra cosa que no resulte redundante, cuando noinconveniente.

En algún aparte de ese texto, el referido escritor  llama al autor de Nada es Mentira, “Cronista mayor de una generación de grandes cronistas - y agrega, - Fiorillo es el único de todos ellos que incurre en dos admirables virtudes: es fiel al legado de sus ancestros y, a la vez, tiene la osadía de apoyarse en ellos para volar hacia otros horizontes”.  Yo creo que  de las distintas cosas, válidas por lo demás, que están dichas en el mencionado prólogo, ese aparte es en realidad una anotación veraz al momento de intentar definir cuál es en esencia el asunto periodístico y literario de Fiorillo.

Y lo que autoriza esa mencionada osadía  que lo diferencia de los otros cronistas de su tiempo es, a mi juicio, el indiscutible talento de escritor de Heriberto Fiorillo, que mucho más allá de las virtudes de su olfato, de su experiencia y de su  destreza de periodista tiene, ante todo, el vuelo del verdadero escritor, del profesional del lenguaje, que hace que una anécdota en apariencia insignificante, un personaje cualquiera, o la falta de anécdota inclusive, o bien la carencia absoluta de tema; así como, al contrario, el gran acontecimiento o el personaje célebre, queda a merced de su pluma para armar una historia redonda, para conformar un evento al mismo tiempo sometido al trajín de la imaginación y la palabra, lanzado hacia otras dimensiones de la realidad periodística y literaria, gracias desde luego al talento de este barranquillero que se nutre de la literatura, del periodismo, del cine y de la experiencia audiovisual en general, de otros lenguajes que sin duda uno ve filtrados, cruzados y procesados en sus  textos, en estos textos que conforman el volumen de Todo es Mentira.  Fiorillo sabe manejar todo ese bagaje de información y de cultura transformándolo en un efectivo instrumental que le sirve para sorprender, principalmente en sus crónicas, con ese  arsenal de recursos  imaginativos y formales con los que envenena y transforma los asuntos de la realidad.

 

Porque todo ello es logrado a pulso fundamentalmente con su tino de escritor. Y digo tino porque la escritura, por no utilizar la palabra literatura, como cualquier otro ejercicio de precisión, es un problema de saber dar en el blanco. Con la diferencia de que quien escribe, tiene ante sí un blanco extramadamente móvil que tiene, como agravante, una terrible complicación: una doble diana; es decir, el corazón y el intelecto de quien resulta jugando, por quién sabe qué azar borgesiano, el papel de lector. Y el desafío  es entonces darle a esas dos dianas al mismo tiempo y con un solo disparo. Y yo creo que Fiorillo, pese  al desnivel estrábico de su mirada, o precisamente por ello, es de ese tipo de cazadores.

Como lector de sus textos muchas veces podría ocurrirnos que algunos de los temas que elige parece que no tuvieran el suficiente atractivo para retener la atención o la intención de su lectura. Pero es  su abordaje de escritor el que, súbita o paulatinamente, va fundando un  territorio de encantamiento en el que finalmente, y para seguir jugando con la metáfora propuesta, su presa  queda definitivamente atrapada esperando solamente la magia del disparo.

Así, textos como la crónica fabulada de un polluelo de Ñandú que nace en un taco de basura en el Zoológico de Barranquilla; o la crónica extemporánea, desconcertante y extraña, del último viaje de Colón; o la pequeña crónica sobre el piropo que resulta ser  una aguda estampa sociológica de un mediodía barranquillero; o la crónica sobre aquellas selecciones musicales de Discos Fuentes llamadas 14 Cañonazos bailables, son,  ante todo, textos que, desde su aparente poca importancia, se crecen con la pericia narrativa y la inteligencia de Fiorillo, para codearse en este libro con  trabajos de estatura literaria y periodística sorprendente como la crónica de los flagelantes de Santo Tomás, los magníficos reportajes a Rulfo, Borges y García Márquez; o la extraordinaria dimensión humana de los conmovedores textos  sobre  el accidente aéreo en el que murieron Angel Rama, Marta Traba, Manuel Scorza y Jorge Ibarguengoitia, cuando viajaban de Madrid a Bogotá; o la historia del preso novelista que fue finalista en un concurso de novela de Plaza y Janés.

Qué bueno ha sido reencontrarme con este libro después de tantos años. Gracias a Coronell y al azar objetivo.

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